Hay frases que deberían estar en todas las consultas, en todos los institutos, en todas las conversaciones entre madres e hijas. “La regla no debería doler… y si duele, algo estamos pasando por alto”, insiste Francisco Carmona. Y cuanto más lo pienso, más evidente parece.
Porque, ¿en qué momento aceptamos que doblarse en dos cada mes era “normal”? ¿Cuándo decidimos que vomitar de dolor, faltar al trabajo o cancelar planes formaba parte del calendario femenino? Lo hemos heredado. Lo hemos repetido. Y lo hemos callado.
Cuando el cuerpo habla y nadie escucha

La endometriosis tiene algo perverso: es invisible durante mucho tiempo. No deja moratones. No siempre altera una analítica básica. Pero duele. Y duele de verdad.
El tejido que debería estar dentro del útero aparece fuera, como si alguien hubiera desordenado el mapa interno del cuerpo. Se comporta igual que si estuviera en su sitio: cada mes se prepara para un embarazo, cada mes sangra. Solo que esa sangre no sale. Se queda dentro. Inflama. Irrita. Aprieta por dentro como un nudo que no se deshace.
Y lo más frustrante es que, mientras tanto, muchas mujeres oyen lo mismo: “Es normal”. “A mí también me dolía”. “Aguanta”.
No. No es normal vivir con dolor incapacitante cada mes.
El peso de los años perdidos

Uno de los datos que más impacta es el retraso diagnóstico: ocho, diez años de media. Diez años son muchas reglas. Muchos días en la cama. Muchas dudas. Mucha culpa.
Porque cuando nadie te da una explicación clara, empiezas a cuestionarte a ti misma. ¿Seré exagerada? ¿Tendré menos tolerancia? ¿Será psicológico? Y mientras tanto, el dolor se instala. Se hace crónico. El sistema nervioso aprende a vivir en alerta, como una alarma que ya no distingue peligro real de recuerdo del peligro.
Carmona habla de sensibilización central, pero más allá del término técnico, la imagen es sencilla: el cerebro se acostumbra a doler.
Y eso cambia todo.
Creer es el primer tratamiento

Hay algo profundamente humano en lo que propone el doctor: escuchar. Creer.
“Si dice que le duele, será que le duele”.
Tan simple. Tan poderoso.
A veces el inicio del tratamiento no es una ecografía avanzada ni una resonancia. Es una frase en consulta: “Te creo”. Ese momento en el que la paciente deja de sentirse exagerada y empieza a sentirse acompañada.
La tecnología ayuda, claro. Hoy se pueden detectar lesiones con mucha más precisión que hace años. Pero ninguna máquina sustituye a la escucha.
El mito que hizo daño
Durante décadas se repitió una recomendación casi automática: “Quédate embarazada y se te pasará”. Como si traer un hijo al mundo fuera un analgésico.
Carmona lo dice sin rodeos: eso no es tratamiento. Es una salida simplista y, en muchos casos, injusta.
El abordaje real es más complejo y más honesto. Medicación para frenar el ciclo hormonal. Fisioterapia especializada. Apoyo psicológico. A veces cirugía, sí, pero no como única respuesta. Porque la endometriosis no afecta solo a un órgano. Se mete en la pareja, en el trabajo, en la autoestima. En la forma de habitar el propio cuerpo.
Un cambio que empieza a abrirse paso
Y aun así —y esto me parece importante decirlo— hay motivos para la esperanza. Se investiga más. Se habla más. Las asociaciones de pacientes han dejado de susurrar y ahora alzan la voz. Y cuando algo se nombra, empieza a existir en el debate público.
Carmona se declara optimista. Y no es optimismo ingenuo. Es el optimismo de quien ve avances reales.
Quizá el gran giro está en dejar de romantizar el sufrimiento. En entender que el dolor menstrual incapacitante no es una prueba de resistencia ni un rito de paso. No es normal. No es exageración. No es debilidad.



