domingo, 1 marzo 2026

Brais Moure (39), ingeniero, sobre la inteligencia artificial: “Estamos ante un cambio de paradigma y algo tenemos que hacer”

El ingeniero de software Brais Moure advierte que la inteligencia artificial marca un cambio estructural acelerado: quienes integren estas herramientas como copiloto profesional ganarán ventaja frente a quienes ignoren una transformación ya en marcha.

La irrupción de la inteligencia artificial ha llegado a nuestras vidas como un tsunami implacable. En muy poco tiempo, esta tecnología ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una realidad tangible que ya impacta en el mercado laboral. Para Brais Moure, ingeniero de software y uno de los divulgadores tecnológicos más seguidos en español, el momento actual exige algo más que curiosidad: requiere reacción.

“Estamos ante un cambio de paradigma y algo tenemos que hacer”, advierte. No lo plantea desde el alarmismo, sino desde la experiencia de quien lleva más de dos décadas vinculado al desarrollo tecnológico y ha empezado a percibir un cambio de ritmo que, en su opinión, no tiene precedentes.

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Inteligencia artificial: Del entusiasmo al realismo

Inteligencia artificial: Del entusiasmo al realismo
Fuente: agencias

Durante años, la tecnología se percibía como una herramienta que ampliaba capacidades humanas sin cuestionar el empleo de forma inmediata. Sin embargo, Brais Moure reconoce que su percepción empezó a cambiar cuando observó el salto cualitativo de la inteligencia artificial generativa.

“Yo lo empecé a ver como un sí”, admite al referirse a la posibilidad de que ciertos trabajos desaparezcan o se transformen profundamente. El matiz es importante: no habla de una sustitución total e inmediata, sino de una presión creciente sobre quienes no se adapten.

A su juicio, el verdadero riesgo no es la tecnología en sí, sino la velocidad del cambio. Mientras revoluciones anteriores —como la industrial o la expansión de internet— dieron décadas de margen para la adaptación, la inteligencia avanza en ciclos de meses.

Uno de los mensajes centrales del ingeniero es conceptual: la inteligencia artificial debe entenderse como “copiloto”. “La IA tiene que ser nuestro copiloto. Si la IA está al mando, ¿yo qué soy?”, plantea.

La metáfora resume su preocupación: las herramientas actuales permiten automatizar tareas cada vez más complejas, pero el criterio humano sigue siendo el factor que determina la calidad del resultado. Sin esa capa de supervisión, el usuario se convierte —en sus propias palabras— en un simple mecanógrafo.

Programar, el nuevo idioma funcional

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Brais Moure sostiene que la programación ya no es solo una salida profesional técnica, sino una forma de alfabetización del siglo XXI. No se trata de que todos deban ser ingenieros de software, sino de entender la lógica que gobierna los sistemas digitales.

“Podríamos decir que la programación es el lenguaje del siglo XXI”, explica, aunque matiza que la interacción en lenguaje natural con la IA está rebajando la barrera de entrada. Su crítica apunta al sistema educativo: considera que, sin desplazar materias tradicionales, debería incorporarse la programación como competencia básica, del mismo modo que el inglés se volvió imprescindible en los años noventa.

Parte de la inquietud actual proviene de nuevas herramientas que van más allá del clásico chatbot. Moure describe la evolución hacia agentes de IA capaces de operar dentro del propio ordenador del usuario, acceder a archivos, gestionar correos o ejecutar tareas encadenadas.

Este salto —que ejemplifica con proyectos experimentales de código abierto— reduce la fricción entre humano y máquina y multiplica la productividad en tareas repetitivas. Pero también abre interrogantes sobre seguridad, dependencia tecnológica y pérdida de habilidades.

Por otro lado, el ingeniero observa señales tempranas en el mercado laboral tecnológico: profesionales que integran IA en su flujo de trabajo están aumentando su productividad y, en algunos casos, sus salarios. En paralelo, quienes ignoran estas herramientas empiezan a quedarse atrás.

Para él, el patrón recuerda a otras transiciones tecnológicas, pero con un ritmo mucho más agresivo. La consecuencia previsible es una nueva brecha digital, no solo entre generaciones, sino dentro de la misma cohorte profesional.

Pese al tono de advertencia, Moure se declara “superoptimista”. Cree que la IA puede democratizar capacidades antes reservadas a grandes empresas y abrir oportunidades para perfiles muy diversos, desde programadores hasta pequeños negocios.

Quien entienda este momento como una oportunidad y empiece a experimentar con las herramientas actuales —aunque sea de forma básica— puede mirar atrás en cinco o diez años y ver un punto de inflexión positivo en su carrera.


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