Con el avance de la tecnología y la búsqueda constante de la productividad, la gestión del tiempo se ha convertido en una de las grandes obsesiones de estudiantes, opositores y emprendedores. Entre todas las estrategias disponibles, la técnica Pomodoro sigue siendo una de las más populares para mejorar la concentración y ordenar la jornada de estudio.
Sin embargo, el especialista en técnicas de estudio Joan López introduce un matiz relevante. A su juicio, no existe un método universal que funcione para todos. Y, sobre todo, advierte de un enemigo común que sabotea cualquier planificación: el móvil.
La técnica de estudio Pomodoro funciona, pero no para todos
La técnica de estudio Pomodoro se basa en bloques de trabajo de 25 minutos seguidos de pausas breves. Su objetivo es mantener la atención y evitar la fatiga mental. No obstante, López sostiene que su aplicación rígida puede ser contraproducente en determinados perfiles.
Según explica, la evidencia científica muestra que la capacidad de concentración suele mantenerse hasta unos 50 minutos, con variaciones según el entrenamiento cognitivo de cada persona. A partir de ese punto, la atención comienza a descender.
Por eso, interrumpir a alguien muy entrenado a los 25 minutos puede romper el estado de flujo. En palabras del experto, quien está habituado a estudiar durante horas siente que “recién está arrancando” cuando llega ese corte.
La clave, insiste, es la personalización de esta técnica de estudio. Para personas con baja capacidad atencional, empezar con bloques de 25 minutos puede ser óptimo. Pero quienes ya tienen resistencia cognitiva deberían ampliar los ciclos a 50 minutos con pausas de 10, o incluso estructurar bloques iniciales más largos y luego ir reduciendo. Este enfoque flexible evita la frustración y permite que la técnica Pomodoro se adapte al usuario y no al revés. En el fondo, se trata de entender que la productividad es un proceso individual y progresivo.
El móvil, el gran saboteador de la concentración y el estudio

Más allá de la técnica Pomodoro, Joan López pone el foco en lo que considera el verdadero problema contemporáneo. “La distracción externa más jodida de sacar es el móvil”, afirma con contundencia. El especialista sostiene que muchas pausas pierden su función reparadora porque el descanso se contamina con el uso del móvil. En lugar de despejar la mente, el usuario termina con más estímulos y más carga cognitiva.
Por eso recomienda que, durante los descansos, el móvil no forme parte de la ecuación. Incluso sugiere separar físicamente los espacios. Si la silla de estudio se asocia al trabajo, el móvil debería consultarse en otro lugar para evitar confundir hábitos y reforzar el llamado neuroanclaje.
Esta distinción espacial es clave. Cuando una persona utiliza el móvil en el mismo sitio donde estudia, el cerebro mezcla señales y la concentración se vuelve más frágil. El experto también subraya otro error frecuente: avanzar sin consolidar. Propone que cada nuevo bloque comience con un breve repaso del anterior. De lo contrario, el estudiante puede tener la sensación de progreso sin haber fijado realmente la información.
Para López, la lucha contra la procrastinación no se resuelve solo con herramientas. Requiere un cambio mental. “Motivación no es estar alegre”, explica. Lo esencial es tener claro el motivo del esfuerzo. Cuando el objetivo está difuso, la tentación de mirar el móvil o posponer tareas aumenta. En cambio, un propósito bien definido actúa como ancla conductual.
Entre las estrategias prácticas, destaca la cuenta atrás 5-4-3-2-1 para iniciar tareas. El método busca reducir la fricción del primer paso, que suele ser el más difícil. También recomienda el time blocking, una planificación horaria detallada que aporta claridad operativa. En paralelo, aconseja cuidar el entorno sonoro. La música con letras puede competir por la atención, mientras que determinadas frecuencias sin voz favorecen estados de concentración más estables.



