El agotamiento a veces no es debilidad, sino un mensaje del cuerpo. Vivimos en una época en la que la salud parece reducirse a números: analíticas, marcadores, diagnósticos cada vez más precisos. Todo medido. Todo cuantificado. Y, sin embargo, algo se nos escapa.
Néstor Sánchez, experto en salud y fisiología, propone frenar un momento y mirar el cuadro completo. No se trata de negar la biología, sino de ampliarla. De entender que el cuerpo no es solo carne y química, sino historia evolutiva, emociones y entorno.

Su idea central es tan simple como incómoda: “muchas veces los síntomas de una enfermedad no es más que la nostalgia de tu cuerpo de lo que espera de ti”. Cuando lo leí por primera vez, me hizo detenerme. ¿Y si el malestar no fuera un fallo? ¿Y si fuera un mensaje?
Según Sánchez, el cuerpo no se equivoca. Comunica. Y lo hace en un idioma que hemos ido olvidando.
La mitocondria: mucho más que energía

Uno de los puntos más llamativos de su planteamiento es la forma en que habla de la mitocondria. Nos enseñaron que era la “central energética” de la célula. Punto. Pero él va más allá.
La define como una antena. Una especie de centro de inteligencia que capta información del entorno y decide cómo deben comportarse las células. No solo genera energía: interpreta el mundo.
Desde ahí, propone algo casi revolucionario: enfermedades tan distintas como la depresión, el Parkinson o la esquizofrenia podrían compartir un mismo trasfondo biológico, una alteración en esa maquinaria interna que traduce el entorno en respuestas celulares.
Y entonces introduce un concepto que me parece clave: la salutogénesis. Frente a la medicina que busca qué se ha roto, él plantea preguntarse qué mantiene la salud. No solo “¿qué falla?”, sino “¿qué sostiene?”. Cambia el foco. Cambia la conversación.
Luz, agua y amor

Puede sonar poético, pero su propuesta se resume en tres pilares: luz, agua y amor.
La luz natural, porque regula nuestros ritmos internos como si fuera el metrónomo del cuerpo. El agua, como medio básico de vida. Y el amor, entendido no como romanticismo, sino como conexión real.
Sánchez sostiene que la conexión humana auténtica genera coherencia cardíaca, un indicador fisiológico de bienestar. Y lanza una afirmación que desmonta el discurso individualista: “lo que por naturaleza nos surge como especie es ser cooperativos”.
Sin embargo, vivimos rodeados de pantallas, de luz artificial a medianoche, de interacciones virtuales que parecen llenar el vacío… pero no lo hacen. Él habla de la “generación del fantasma”: jóvenes que añoran una conexión profunda que apenas han experimentado. Buscan dopamina rápida, scroll infinito, productividad aparente. Pero el cuerpo sigue esperando otra cosa.
A veces pienso que estamos hiperconectados y profundamente solos. Y eso también se siente en el cuerpo.
Hablar: la cuarta respuesta al estrés

Cuando se habla de estrés, siempre mencionamos la lucha, la huida o la parálisis. Pero Sánchez añade una cuarta respuesta, la única genuinamente humana: hablar.
Hablar para regular. Hablar para sentir seguridad. Hablar para ordenar el caos interno.
Según explica, el estrés no surge solo por lo que ocurre, sino por no saber cómo responder. La incertidumbre desregula. Y la comunicación —cuando es honesta y segura— devuelve equilibrio al sistema nervioso.
Es curioso: algo tan sencillo como una conversación puede ser fisiológicamente terapéutico. No es solo psicología. Es biología.



