“Yo soy así”. Lo hemos dicho todos alguna vez. Como si fuera una sentencia firme. Como si la personalidad viniera con instrucciones cerradas y sin opción a cambios.
Pero Joaquim Valls, doctor y experto en neurociencia, plantea algo que sacude esa creencia de raíz: no estamos condenados a ser siempre los mismos.

Según explica, hay una parte de nosotros que sí es estable. “Hay un 40% de nuestra personalidad que es incambiable, podemos llamarle temperamento. El temperamento es genético y por lo tanto no se puede cambiar, pero la buena noticia es que hay un 60% de nuestra personalidad… carácter, que es educable”.
Cuando escuchas eso, algo se abre. No todo depende de la herencia. No todo está decidido. Hay margen. Y es amplio.
La neurociencia explica tu piloto automático

Valls habla mucho del inconsciente. Pero no en el sentido freudiano lleno de símbolos y sueños extraños. Se refiere a algo mucho más cotidiano: todo lo que hacemos sin pensar.
Reacciones. Hábitos. Maneras de hablar. De enfadarnos. De rendirnos.
“Cuando me refiero a inconsciente es aquellas cosas que hacemos sin pensar, todo aquello que hemos automatizado y no nos damos cuenta de que lo hacemos así”, explica.
Y aquí viene el dato que impresiona: hasta el 95% de nuestra manera de ser funciona en automático. Como un coche en modo crucero. El problema es que, si el rumbo está mal programado, repetimos el mismo trayecto una y otra vez.
¿Te ha pasado eso de tropezar siempre con el mismo tipo de problema? A mí sí. Y no es casualidad. Es automatismo.
Por eso, cambiar no es solo cuestión de fuerza de voluntad. Es cuestión de reeducar ese sistema automático.
Llevar el cerebro al gimnasio

En 2007, Valls creó la Programación Neurocaligráfica. El nombre suena técnico, pero la idea es sencilla: si el cerebro aprende por repetición, podemos entrenarlo de forma consciente.
Propone trabajar tres áreas clave.
La atención, para dejar de enfocarnos obsesivamente en lo negativo (porque el cerebro tiene tendencia a hacerlo, como un centinela paranoico).
Las creencias, esas frases internas que arrastramos desde hace años y que muchas veces ni cuestionamos.
Y los hábitos, que son los raíles por donde circula nuestra conducta diaria.
Aquí es donde entra la grafonomía. Valls defiende que la escritura refleja nuestro autoconcepto. Que la firma, por ejemplo, es como un retrato íntimo del inconsciente.
“Tu letra también cambia porque es un espejo… o puedes llevar tu letra al gimnasio y evolucionar hacia una versión tuya mejor”.
La metáfora me encanta. Llevar la letra al gimnasio. Como si cada trazo fuera una flexión neuronal. Puede sonar extraño al principio, pero tiene algo potente: si modificas el gesto, modificas el circuito.
Olvida los 21 días (el cambio no es una receta exprés)

Seguro que has oído eso de que se necesitan 21 días para cambiar un hábito. Es cómodo. Da sensación de control. Pero Valls lo desmonta.
Según la neurociencia actual, cambiar puede llevar entre 18 y 264 días. Y no, no es un error tipográfico. Depende del hábito. Y depende, sobre todo, de la persona.
No todos cambiamos al mismo ritmo. Hay personas “gasolina”, que reaccionan con intensidad ante un impacto emocional fuerte y dan un giro rápido. Y están las personas “diésel”, que necesitan repetición, constancia y pequeños pasos diarios.
Y te digo algo: ser diésel no es peor. Es otro motor.
Al final, la propuesta de Valls tiene algo profundamente liberador. El temperamento puede ser genético. Pero el carácter se entrena. Y el cerebro, como cualquier músculo, responde al ejercicio.
Quizá la próxima vez que digamos “yo soy así”, podamos añadir: “…por ahora”.



