La obesidad no es solo una cuestión de voluntad. Cada vez que se habla de obesidad, la conversación suele girar en círculo. Comer menos. Moverse más. “Es cuestión de disciplina”. Y ahí se queda. Como si todo dependiera de apretar los dientes un poco más fuerte.
Pero, sinceramente, ¿de verdad creemos que millones de personas comparten el mismo “fallo de carácter”?
Cada vez más expertos lo dicen claro: reducir la obesidad a fuerza de voluntad no solo es simplista, es injusto. Porque detrás hay algo mucho más grande. Más incómodo. Más estructural.
En una reciente intervención, un especialista en salud pública puso el dedo en la llaga: el mito del cuerpo perfecto, la desigualdad y la desinformación pesan más de lo que estamos dispuestos a admitir. Y cuando lo escuchas, algo hace clic.
El espejismo del cuerpo perfecto

Vivimos rodeados de imágenes imposibles. Actores como Chris Hemsworth o Henry Cavill aparecen en portadas como si sus transformaciones físicas fueran el resultado exclusivo de disciplina y ensalada de pollo. Tres meses de entrenamiento y voilà.
Pero la realidad es bastante menos cinematográfica.
El experto recordó algo que rara vez se menciona en letras grandes: muchos de esos cambios rápidos incluyen “química”. Sustancias dopantes, anabolizantes… palabras que no suelen caber en los titulares motivacionales. Y claro, el problema no es solo la omisión. Es el riesgo.
Esterilidad. Impotencia. Problemas cardiovasculares. Incluso muerte prematura.
Mientras tanto, el mensaje que recibe un adolescente es otro: “Si quieres, puedes”. Y cuando no puede, se culpa. La comparación constante se convierte en una especie de espejo deformado que siempre devuelve la misma sensación: no es suficiente.
Y la frustración, ya sabemos, es mala consejera.
“Hacer dieta engorda”: la trampa silenciosa

La frase suena provocadora, pero tiene sentido cuando se entiende bien. No se refiere a aprender a comer mejor con acompañamiento profesional. Habla de esas dietas milagro que prometen bajar cinco kilos antes del verano.
Funcionan al principio. Claro que sí. Pero luego llega el rebote. Y con él, la culpa. Y después otra dieta. Es como intentar apagar un incendio con gasolina (sí, suena exagerado, pero muchas veces lo parece).
Además, vivimos en una contradicción constante. Un influencer te habla de hábitos saludables por la mañana y por la tarde promociona bollería industrial. El mensaje es confuso, especialmente para menores que aún están construyendo su relación con la comida.
Yo mismo he visto a padres debatirse entre la culpa y la desinformación. Quieren hacerlo bien, pero el ruido es ensordecedor.
Quizá la clave no esté en las soluciones extremas, sino en algo más aburrido —y más real—: constancia, educación y sentido común.
“Pobreidad”: cuando el entorno pesa más que la voluntad

Aquí aparece un concepto que lo cambia todo: “pobreidad”. Una mezcla de pobreza y obesidad que apunta directamente a la desigualdad.
No es pereza. Es contexto.
Si trabajas diez horas al día, ¿cuándo cocinas? Si el supermercado más cercano ofrece ultraprocesados más baratos que fruta fresca, ¿qué eliges cuando el presupuesto aprieta? Y si en tu barrio la publicidad de comida rápida está en cada esquina, el mensaje se repite hasta normalizarse.
En ciudades como Madrid, los barrios con menos renta duplican la exposición a anuncios de alimentos malsanos. Y en Barcelona, la diferencia en esperanza de vida entre barrios ricos y pobres puede alcanzar los 11 años.
Once años. Solo por el código postal.
Eso ya no es una cuestión individual. Es estructural.



