viernes, 27 febrero 2026

Andrés Rodríguez (60), periodista: “Lo que da más estatus es ser millonario y que nadie te conozca”

El periodista Andrés Rodríguez sostiene que el mayor estatus económico ya no pasa por exhibir riqueza, sino por acumularla en silencio, una lógica que choca con la cultura de sobreexposición dominante en redes sociales.

Las redes sociales han transformado la forma de ver y compartir el mundo. En una era dominada por la exhibición constante del éxito y los excesos públicos, el periodista Andrés Rodríguez introduce una idea que rompe con el imaginario habitual del lujo. Para él, el verdadero estatus de un millonario no pasa por mostrar riqueza, sino por poder permitirse no exhibirla.

Su reflexión llega tras la reciente adquisición de la revista Náutica y Yates, un movimiento que refuerza su histórica apuesta por el papel en plena era digital. Desde esa operación empresarial, Rodríguez abre un debate más amplio sobre qué significa hoy ser millonario y cómo se mide realmente el prestigio económico.

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La discreción como nuevo símbolo de estatus en la era de la sobreexposición

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Rodríguez lo resume con una frase que condensa su visión: el mayor símbolo de estatus es ser millonario sin notoriedad pública. A su juicio, la verdadera élite económica valora la discreción por encima del escaparate. No se trata solo de tener patrimonio, sino de moverse con naturalidad fuera del foco mediático.

El periodista explica que, aunque resulte difícil, todavía existen figuras del mundo financiero capaces de caminar por la calle sin ser reconocidas. Ese perfil, sostiene, representa el ideal del millonario clásico. Un millonario que posee recursos, pero no necesita validación social permanente.

Ahora bien, Rodríguez reconoce que hay símbolos de poder que siguen funcionando. Entre ellos destaca el avión privado como la máxima expresión de haber llegado a la cúspide económica. Frente a ello, contrapone una imagen mucho más cotidiana: pasar los controles de seguridad de un aeropuerto comercial. Para el periodista, ese contraste ilustra mejor que ningún estudio las jerarquías del lujo contemporáneo.

La lectura de fondo es clara. El millonario tradicional busca eficiencia, comodidad y anonimato. El millonario emergente, en cambio, suele priorizar la visibilidad. Esa diferencia, según Rodríguez, marca hoy una frontera cultural dentro de las grandes fortunas.

La brecha entre millonarios tradicionales y nuevos ricos en tiempos de redes sociales

La brecha entre millonarios tradicionales y nuevos ricos en tiempos de redes sociales
Fuente: agencias

Uno de los puntos más incisivos del análisis aparece cuando Andrés Rodríguez aborda el choque entre el dinero heredado y el dinero de reciente creación. Asegura que el millonario de nueva generación tiende a ser más exhibicionista, mientras que el patrimonio histórico mantiene códigos de discreción mucho más estrictos.

En su opinión, este fenómeno se ha intensificado con las redes sociales. Plataformas diseñadas para mostrar estilos de vida han amplificado la necesidad de aparentar éxito. Rodríguez advierte que muchas veces lo que se ve online no refleja la realidad económica de quien publica, sino una versión aspiracional cuidadosamente construida.

El periodista ilustra esta idea con un ejemplo revelador: en ciudades como Miami ya existen escenarios que simulan yates donde usuarios pagan por hacerse fotos y proyectar una imagen de riqueza. Para Rodríguez, este tipo de prácticas confirma hasta qué punto el imaginario del millonario se ha teatralizado.

Sin embargo, introduce un matiz relevante. Ganar mucho dinero no garantiza la entrada automática en los círculos tradicionales del poder económico. Existe, afirma, un cierto clasismo interno incluso entre grandes patrimonios. El origen del capital, el apellido y la capacidad de hacer crecer una fortuna siguen pesando.

Como ejemplo menciona a Rafael del Pino, a quien reconoce el mérito de haber multiplicado el valor de Ferrovial tras heredarlo. Para Rodríguez, este tipo de trayectorias sí logran reconocimiento dentro de la élite, porque combinan herencia y gestión.

El análisis se extiende también al comportamiento de algunos magnates tecnológicos. El periodista observa que varios multimillonarios han optado por comprar medios de comunicación o realizar eventos de alto perfil para reforzar su pedigrí. Cita el caso de Jeff Bezos y la adquisición de The Washington Post como parte de esa búsqueda de legitimidad simbólica.

Aun así, Rodríguez es escéptico. Considera que estas operaciones pueden mejorar la percepción pública, pero no siempre garantizan la plena aceptación por parte de la vieja élite económica. El millonario tecnológico puede comprar activos prestigiosos, pero el reconocimiento social profundo tarda más en consolidarse.

En paralelo, su apuesta empresarial por las revistas en papel refuerza otra de sus tesis: no todo lo tradicional está en retirada. Pese al avance digital, sostiene que existe un público fiel que sigue valorando la experiencia física de lectura, especialmente en publicaciones de nicho como las vinculadas al mundo náutico.

En conclusión, la reflexión de Rodríguez dibuja un mapa del poder económico mucho más complejo de lo que suele mostrarse. Ser millonario continúa siendo un objetivo aspiracional para muchos, pero dentro de ese universo existen jerarquías invisibles, códigos no escritos y una batalla constante entre discreción y exhibición. Según el periodista, entender esa diferencia es clave para comprender cómo funciona hoy el verdadero estatus.


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