En una época marcada por la hiperconectividad y la inteligencia artificial, la soledad enciende las alarmas de los profesionales de la salud mental. El psicoanalista y escritor Gabriel Rolón advierte que, pese a los avances tecnológicos, hay pérdidas que ninguna herramienta puede suavizar.
Su mirada es especialmente crítica con la inteligencia artificial aplicada al duelo. Para el especialista, ciertas soluciones digitales no solo fallan en su objetivo, sino que pueden agravar el conflicto emocional de quien atraviesa una ausencia significativa.
La soledad, entre necesidad humana y herida inevitable
Para Rolón, la soledad es constitutiva de la experiencia humana. “Nacemos solos, amamos solos, vivimos solos y morimos solos”, resume. Sin embargo, aclara que no se trata de un fenómeno unívoco, sino de múltiples soledades que adoptan formas distintas según la historia de cada persona.
En su análisis, la soledad presenta una ambivalencia profunda. Puede ser un espacio buscado y necesario para la elaboración psíquica, pero también un territorio doloroso cuando la persona no está en sintonía con quien siente que debería ser. En esos casos, el vacío interno se vuelve más evidente y difícil de tolerar.
El psicólogo observa que muchos individuos intentan anestesiar esa falta con conductas compensatorias. Drogas, alcohol o aislamiento extremo aparecen como intentos fallidos de tapar una incomodidad estructural. El problema, señala, es que “no aprendiste a vivir con la falta”, y esa negación suele cronificar el malestar.
Desde esta perspectiva, la inteligencia artificial no puede sustituir el trabajo subjetivo que implica aceptar la incompletud. Para Rolón, cualquier promesa tecnológica que sugiera lo contrario parte de un diagnóstico equivocado sobre la naturaleza del sufrimiento humano.
También introduce un matiz clínico relevante. No toda soledad es patológica. Existe la soledad necesaria, la elegida y la padecida. Confundirlas —advierte— conduce a intervenciones ineficaces, especialmente cuando se intenta resolver con inteligencia artificial lo que en realidad requiere elaboración emocional y tiempo psíquico.
Duelo y tecnología: por qué la inteligencia artificial puede interferir

El punto más controvertido de su planteo aparece al abordar el uso de inteligencia artificial para recrear la voz, la imagen o las conversaciones de personas fallecidas. Estas herramientas, cada vez más presentes, prometen aliviar el dolor mediante simulaciones cada vez más verosímiles.
Gabriel Rolón es tajante. A su juicio, la inteligencia artificial aplicada de este modo puede volverse “peligrosamente psicotizante”. La razón es estructural: el duelo exige que la realidad de la ausencia termine imponiéndose sobre el deseo de que el otro siga presente.
En términos psicoanalíticos, el proceso implica transformar una presencia fantasmática en un recuerdo integrado. Cuando la inteligencia artificial mantiene una ilusión de continuidad —por ejemplo, permitiendo “hablar” con quien murió— ese trabajo se obstaculiza.
El especialista explica que si la mente encuentra estímulos que confirman la fantasía de presencia, la aceptación de la pérdida se posterga. En lugar de elaborar el duelo, la persona puede quedar fijada a una negación más o menos sofisticada.
No se trata, subraya, de demonizar la tecnología. La inteligencia artificial tiene aplicaciones valiosas en múltiples campos. El problema surge cuando se la presenta como un atajo emocional frente a experiencias que, por su propia naturaleza, requieren atravesar el dolor.
Rolón recuerda que incluso los recursos más simples —como audios o mensajes guardados— pueden prolongar la dificultad para despedirse. Con inteligencia artificial, advierte, el riesgo se amplifica por el nivel de realismo que ya están alcanzando estas herramientas.
El trasfondo de su crítica es existencial. “Hay pérdidas que tenemos que afrontar y que tenemos que sobrellevar. No queda otra. Esto es la vida, no un juego”, sostiene. Desde su mirada, intentar borrar la ausencia mediante inteligencia artificial no elimina el sufrimiento, sino que lo desplaza y lo complica.
Aun así, reconoce que cada persona transita el duelo con los recursos que tiene disponibles. Haber atravesado pérdidas previas, cuando fueron elaboradas de manera saludable, puede ofrecer herramientas internas para futuras ausencias. No reduce el dolor, pero sí demuestra que es posible volver a ponerse de pie.
En conclusión, el planteo de Rolón introduce un límite claro en el entusiasmo tecnológico. La inteligencia artificial puede optimizar procesos, automatizar tareas y ampliar capacidades humanas. Pero, en el terreno del duelo, insiste, el desafío sigue siendo profundamente humano: aceptar la falta, alojar el recuerdo y aprender a vivir con aquello que ya no está.



