El desarrollo personal empieza cuando dejas de repetir frases bonitas y decides mirarte de verdad. El experto en desarrollo personal Sergio Fernández no se anda con rodeos. Su mensaje incomoda un poco (y quizá por eso funciona): pensar en positivo no basta. No es cuestión de repetir afirmaciones frente al espejo ni de llenar la agenda de frases motivadoras. Lo que de verdad cambia una vida, dice, es algo menos vistoso y mucho más exigente: claridad.
Claridad para decidir qué quieres.
Claridad para escribirlo.
Claridad para mirarlo sin maquillarlo.
“Pensar en positivo no te garantiza nada. Lo que sí que te garantiza algo es pensar en negativo”, afirma. Y cuando lo escuchas, te obliga a frenar. Porque desmonta esa idea tan extendida de que basta con desear algo intensamente para que el universo se alinee. Para Fernández, el problema es más simple —y más profundo—: la mayoría de las personas no logra lo que quiere porque ni siquiera ha definido qué quiere de verdad.
Y eso, si somos honestos, nos ha pasado a todos alguna vez.
Claridad antes que entusiasmo

Hay algo que me parece clave en su planteamiento: antes de emocionarte con un objetivo, tienes que saber cuál es. No lo que esperan tus padres. No lo que brilla en redes. No lo que “queda bien”. Lo que realmente encaja contigo.
¿Te has preguntado alguna vez qué deseas sin pensar en la opinión de nadie? No es tan fácil como parece.
Fernández insiste en que el optimismo puede ayudar, claro. Pero no sustituye al compromiso. Sin objetivos concretos y revisados, el esfuerzo se dispersa como arena entre los dedos. Trabajas mucho… pero no necesariamente avanzas.
Y ahí está la diferencia entre moverse y progresar.
La responsabilidad que nadie puede asumir por ti

Vivimos en una época con más información que nunca. Libros, cursos, vídeos, mentorías… El conocimiento está a un clic. Entonces, ¿por qué tanta gente sigue estancada?
“El problema no es la falta de información, sino la falta de acción”.
“Nadie puede hacer los deberes por ti”, recuerda. Y esa frase pesa. Porque, en el fondo, todos hemos esperado alguna vez que alguien nos empuje, nos rescate o nos marque el camino perfecto.
Pero no funciona así.
“Mucha gente quiere diseñar su vida, pero sigue creyendo íntimamente que alguien ahí fuera le tiene que solucionar la vida”.
Es incómodo asumirlo, pero liberador también. Porque si nadie puede hacer el trabajo por ti… tampoco nadie puede quitártelo cuando lo haces.
Las creencias que nos sabotean en silencio

Uno de los conceptos que desarrolla es el de la “indefensión aprendida”. Ese momento en que, tras varios intentos fallidos, decides —sin darte cuenta— que no merece la pena volver a intentarlo. Aunque la puerta esté abierta.
Es como si la mente bajara la persiana antes de comprobar si hay luz fuera.
A eso se suman las “creencias parásitas”. Ideas que se instalan sin pedir permiso. Que el dinero es malo. Que el éxito es sospechoso. Que tener pareja complica la vida. Y, claro, si crees que algo es negativo, tu comportamiento termina confirmándolo.
“Si tienes una creencia de que el dinero es malo, tú no lo vas a tener”.
Puede sonar extremo, pero tiene lógica. Actuamos en coherencia con lo que creemos, incluso cuando esas creencias nos perjudican. Cambiar resultados implica revisar lo que damos por hecho.
Y eso exige valentía.



