¿Por qué hacer yoga? Estas son las 7 razones para iniciarte en esta práctica

Todo suele empezar igual. Te apuntas a tu primera clase de yoga con cierta duda, te colocas discretamente al final de la sala y piensas que será solo una hora para estirar un poco. Pero, casi sin darte cuenta, empiezas a respirar de una forma distinta —como realmente deberías—, a moverte despacio y a notar músculos que ni sabías que existían. Y entonces llega esa postura aparentemente sencilla que, sin saber muy bien por qué, te remueve por dentro.

Eso es el yoga. Vas con la idea de desconectar un rato y terminas dándote cuenta de que llevabas días tensando la mandíbula, respirando a medias y acumulando más de lo que imaginabas. Tu cuerpo habla, y cuando por fin lo escuchas, ya nada vuelve a ser igual.

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Muchas veces pensamos que el yoga es solo estirar, respirar y salir de clase un poco más relajada. Y sí, sabemos que mejora la flexibilidad, ayuda a calmar la mente y a encontrar cierto equilibrio. Pero la realidad es que va mucho más allá. Hay beneficios —muy reales y muy interesantes— que no siempre se ven en la típica foto perfecta de Instagram. Y merece la pena hablar de ellos. Estos son algunos efectos del yoga que probablemente no conocías y que pueden cambiar tu forma de practicarlo.

1. Tu abdomen también entrena (y mucho)
Posturas como la plancha, el barco o las torsiones no solo sirven para “marcar” el core. Trabajan en profundidad toda la zona abdominal y estimulan los órganos internos. Ese movimiento consciente activa el sistema linfático y puede ayudar a reducir la sensación de hinchazón.

La profesora de yoga Patricia Galatas lo resume así: «El yoga puede ser una herramienta muy poderosa para reducir la inflamación. Y todo ello, a través de la respiración consciente, el movimiento fluido y la activación del sistema parasimpático». Traducido: si te notas pesada o inflamada, quizá necesites más torsiones suaves y menos obsesión con el abdomen plano.

2. También puedes hacer yoga con la mirada
Puede sonar extraño, pero existe el yoga ocular y en países como India es de lo más habitual. Consiste en mover los ojos de forma consciente —sin desplazar la cabeza— o practicar técnicas como el palming, que consiste en cubrirlos con las manos para relajarlos.

Carlos Martínez, técnico optometrista, explica que estas técnicas «tienen como objetivo mejorar la circulación sanguínea alrededor de los ojos, relajar los músculos oculares tensos y reducir el cansancio visual provocado por actividades prolongadas, como el uso habitual de dispositivos electrónicos». En una era de pantallas constantes, quizá no sea tan mala idea probarlo.

3. Las caderas guardan más de lo que imaginas
Las aperturas de cadera, como la paloma o la mariposa, no solo alivian la rigidez de pasar horas sentadas. Según Paula González, profesora de yoga y fundadora de Blue Bamboo, «en yoga se dice que las caderas son una especie de almacén de emociones no expresadas».

No es casualidad que, después de una sesión intensa de apertura, muchas personas sientan una liberación profunda o incluso lloren. A veces no es solo el músculo el que se estira; es el cuerpo soltando tensión acumulada durante semanas.

4. El yoga también puede convertirse en una herramienta para sanar
Más allá de la parte física, existe una vertiente terapéutica conocida como Yoga Sensible al Trauma. Aquí no importa llegar a la postura perfecta ni forzar el cuerpo, sino volver a habitarlo desde un lugar seguro. María Macaya, autora del libro Yoga Sensible al Trauma (ed. Plataforma Editorial S.L.) y creadora de la Fundación Rādika, lo explica así: «El Yoga Sensible al Trauma me enseñó que el yoga podía adaptarse y convertirse en un espacio de sanación, un lugar donde esas heridas emocionales que son el trauma se pueden sanar si vivimos y conectamos de una manera diferente con nosotros mismos y con los demás».

Se trata de una práctica suave, sin ajustes físicos invasivos y donde la elección personal es clave. Tal y como añade la experta, «desde ahí podemos liberar tensiones y bloqueos físicos, restablecer el vínculo entre cuerpo y mente, recuperar la sensación de control y seguridad y mejorar la regulación emocional». Una forma de recuperar confianza y estabilidad poco a poco.

5. Un gran aliado en la menopausia
La menopausia y la perimenopausia traen consigo cambios físicos y emocionales que no siempre son fáciles de transitar. Aquí el yoga puede marcar la diferencia. Las posturas restaurativas ayudan a calmar sofocos, mejorar el descanso y equilibrar el sistema nervioso.

Xuan Lan lo resume de manera clara: «Se trata de una práctica transformadora que no solo trabaja a nivel físico, sino que impacta en todos los niveles del cuerpo. A partir de los 40, cuando los niveles hormonales empiezan a fluctuar, el yoga actúa como soporte integral al proporcionar herramientas para transitar esta etapa sin perder calidad de vida». Además, al ser una disciplina de bajo impacto, fortalece huesos y músculos sin necesidad de castigar el cuerpo.

6. Aprender a escucharte (de verdad)
Quizá el beneficio más profundo del yoga no se ve, pero se siente. Practicar implica prestar atención a la respiración, a las sensaciones y a lo que ocurre en el cuerpo sin juzgarlo. Esa presencia termina trasladándose fuera de la esterilla.

Tony Espigares, experto en meditación y transformación personal, lo explica así: «La meditación te invita a dejar atrás la vida en piloto automático, llena de ansiedad y ruido externo, y a vivir desde un estado de presencia, plenitud y grandeza, y además, te ayuda a vivir de dentro hacia fuera, en lugar de dejar que las circunstancias externas dicten tu estado interno».

Al final, el yoga no es cuestión de flexibilidad extrema ni de alcanzar una calma perfecta. Es un espacio para reconectar, soltar lo que pesa y sentirte un poco más en equilibrio cada día.


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