A veces, la adicción no empieza con una sustancia, sino con una forma de intentar sobrevivir al malestar. Oihan Iturbide no suena a experto de laboratorio encerrado entre gráficos y teorías. Suena a alguien que ha estado ahí. Biólogo clínico, divulgador científico… y también adicto recuperado. Su historia tiene ese giro que no se olvida: después de salir de un proceso de desintoxicación, a los 33 años, decidió estudiar Biología para entender qué había pasado en su propio cerebro. No por curiosidad académica, sino por necesidad. Por supervivencia, casi.

Esa mezcla de vivencia y ciencia es lo que marca su discurso. En proyectos como Yonki Books o Yonki Podcast, habla sin rodeos. A veces incomoda. Pero también alivia. Porque cuando alguien explica la adicción sin moralina y sin eufemismos, algo encaja de otra manera. Se respira menos juicio y más comprensión. Y eso, en un tema tan cargado de estigma, se agradece.
¿Enfermedad cerebral o adaptación del cerebro?

Uno de los puntos que más debate genera es su visión sobre la adicción. No compra del todo la etiqueta clásica de “enfermedad cerebral”. Reconoce que puede servir al principio —quitar culpa, bajar el volumen del reproche—, pero cree que no explica bien lo que ocurre.
“La adicción es un fenómeno suficientemente complejo para que no haya respuestas sencillas”, dice. Y remata: “No hay un daño estructural irreversible; hay una neuroadaptación.”
Dicho en palabras más de calle: el cerebro se adapta. A veces mal. Aprende a sobrevivir como puede. Si una sustancia o una conducta alivia el malestar, el cerebro toma nota. Repite. Refuerza. Y, con el tiempo, se desajusta. Pero esa adaptación no es una condena eterna. Puede revertirse. Con terapia. Con tiempo. Con dejar de consumir. No es fácil, claro. Pero es posible. Y esa idea cambia el enfoque: de “estás roto” a “te has adaptado de forma que ahora necesitas reaprender”.
Los boletos de la lotería y la dopamina mal entendida

Para explicar por qué unas personas desarrollan adicciones y otras no, Iturbide usa una imagen que cualquiera entiende: los boletos de lotería. La genética sería uno de ellos. No el único.
“La predisposición genética es uno de los boletos… en la mayoría de los adictos hay predisposición”, comenta. Pero el entorno pesa. Mucho. Crecer donde el consumo es normal —piensa en el alcohol en España, por ejemplo— baja la guardia. Si además hay estrés, violencia o poca contención emocional, el cerebro busca salidas rápidas. A veces, demasiado rápidas.
También desmonta un mito muy repetido: el de la dopamina como “hormona del placer”. No exactamente. “La dopamina no tiene que ver con el placer, sino con la motivación”, explica. Es la que empuja a buscar, a repetir, a anticipar. El problema es que, cuando se asocia a sustancias o conductas adictivas, ese empujón se vuelve difícil de frenar. Y ahí empieza el bucle.
Me hizo pensar en algo muy cotidiano: ese impulso de mirar el móvil sin motivo. No por placer puro, sino por la expectativa. Por la recompensa posible. No es lo mismo… pero se parece más de lo que creemos.
El estigma, las palabras y la conversación pendiente

Otro punto clave en su discurso es el lenguaje. Muchas personas con adicciones tardan en reconocerse porque siempre encuentran a alguien “peor”. Esa comparación crea una ilusión de control. Y el silencio lo empeora todo.
“Cualquier dificultad, si se habla y se comparte, es más fácil de afrontar”, insiste. Por eso no rehúye palabras incómodas como “yonki”. Las usa para romper el tabú, para quitar solemnidad y abrir conversación. A veces, nombrar las cosas sin rodeos es el primer paso para entenderlas.
Su camino en la divulgación también incluye la editorial Next Door Publishers, que dirigió durante diez años. Cerró, sí. Por la presión de los grandes grupos. Pero su cierre vino acompañado de una campaña de liquidación con un éxito inesperado. De esos finales agridulces que dejan huella (y aprendizaje).
Hoy sigue activo con su newsletter y su podcast, donde analiza algo que muchos sentimos sin saber ponerle nombre: el malestar contemporáneo. Ritmo acelerado. Pantallas. Exigencias constantes. No solo hay adicciones a sustancias; también a móviles, juegos, comida, validación. El cerebro busca alivio donde puede.





