En los consultorios y en las entrevistas médicas psicológicas, son cada vez más las personas que sienten que llegan tarde a sus objetivos. En este sentido, la voz de Omar Enfedaque irrumpe con una idea transformadora. El músico y compositor reflexiona sobre el miedo, el cambio y la ilusión de control que domina buena parte de la vida moderna.
Su vida, marcada por dos episodios de muerte súbita, no busca dramatizar sino sacudir las certezas que sobre lo que significa estar vivo. A partir de su propia experiencia, plantea que el verdadero desafío no es evitar la incertidumbre, sino aprender a convivir con ella sin renunciar al movimiento personal.
Una experiencia límite que cambió su mirada
Omar Enfedaque habla desde un recorrido poco habitual. Asegura que murió clínicamente en dos ocasiones, a los 30 y a los 34 años. Aquellos episodios, lejos de convertirse en un relato épico, actuaron como un punto de inflexión profundo en su manera de entender la vida.
“Creemos que tenemos el control hasta que lo perdemos”, resume. Para el compositor, la vida contemporánea ha construido una sensación de seguridad que no siempre se corresponde con la realidad. Según explica, el exceso de comodidad puede adormecer la capacidad de reacción del ser humano.
Enfedaque sostiene que, desde un punto de vista biológico, la vida humana no está diseñada para la pasividad permanente. En su análisis, el entorno actual favorece una quietud que choca con la necesidad natural de resolver problemas y afrontar retos. Esa tensión, advierte, suele manifestarse en forma de miedo difuso.
No se trata únicamente de grandes crisis. En su trabajo con personas adultas —muchas de ellas mayores de 50 años— detecta un patrón repetido: la sensación de haber llegado tarde a la propia vida. Frente a esa percepción, su mensaje es directo. Para él, la vida no funciona en “punto muerto” y quien lo crea terminará encontrándose con un cambio inesperado.
El miedo silencioso que atraviesa la vida adulta

Uno de los aspectos que más llama la atención al músico es la presencia constante del miedo, incluso en perfiles aparentemente exitosos. Relata el caso de un empresario con alto nivel económico y buena condición física que, tras una ruptura sentimental, reconoció sentirse profundamente desorientado en su vida.
Para Omar Enfedaque, este tipo de situaciones revela una fractura entre la imagen externa y la experiencia interna. Muchas personas, explica, construyen armaduras sociales que terminan ocultando inseguridades que vienen desde etapas tempranas de la vida.
En su propio recorrido identifica ese origen. Recuerda una infancia marcada por la admiración hacia un padre fuerte pero ausente por motivos laborales. Con el tiempo, afirma haber soltado la culpa y reinterpretado aquella etapa como parte de su aprendizaje vital.
Su enfoque sobre el llamado “despertar” también se aleja de los discursos más grandilocuentes. En lugar de prometer transformaciones inmediatas, propone algo más sobrio: observarse sin juicio. Desde su perspectiva, el crecimiento real en la vida comienza cuando la persona deja de señalar únicamente hacia fuera y empieza a revisar su propio papel en los conflictos.
La música aparece en este proceso como un eje estructural. Aunque no sabe leer partituras, desarrolló desde niño una relación intuitiva con los instrumentos. Esa forma autodidacta de aprendizaje reforzó su visión multidisciplinar de la vida, donde lo físico, lo artístico y lo emocional forman parte de un mismo sistema.
Hoy, Enfedaque insiste en que el movimiento personal no depende tanto de la edad como de la disposición interna. Su discurso apunta especialmente a quienes sienten que han perdido margen de maniobra en la vida. Frente a esa idea, propone revisar los miedos en lugar de evitarlos.
“Aquello que te duela o te dé miedo, míralo”, repite como una de sus frases de cabecera. No lo plantea como una fórmula mágica, sino como un ejercicio de honestidad progresiva.
En un escenario social cada vez más marcado por la incertidumbre, su reflexión conecta con una inquietud extendida. La vida, sugiere, rara vez sigue trayectorias rectas. Y, en muchos casos, entenderlo a tiempo puede marcar la diferencia entre la parálisis y la transformación.






