El vecino que no paga y aun así opina de todo: el conflicto eterno en las comunidades

En casi todas las comunidades hay una figura que genera más tensión que las goteras o los ruidos nocturnos: el vecino moroso que no paga las cuotas, pero no pierde ninguna oportunidad de opinar, exigir y protestar como si estuviera al día.

No falla. Falta dinero en la cuenta común, se retrasan reparaciones y la comunidad empieza a hacer malabares para cubrir gastos. Pero en las juntas, el más combativo suele ser precisamente quien debe meses —o años— de cuotas.

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Y ahí empieza el conflicto.

Deuda acumulada, voz intacta

La situación suele repetirse siempre igual. La comunidad aprueba una derrama. El vecino moroso no paga. Se plantea cambiar el ascensor, arreglar la fachada o contratar un nuevo servicio de limpieza. Falta dinero. Todos miran al mismo sitio.

Pero cuando llega la reunión, el moroso levanta la mano. Pregunta, critica, cuestiona presupuestos y acusa a la comunidad de mala gestión. A veces incluso amenaza con denunciar.

Muchos vecinos se preguntan cómo es posible que alguien que no cumple con su parte pueda seguir participando como si nada. La respuesta suele sorprender.

Puede estar, pero no decidir sobre lo que sucede en las comunidades

La ley es clara en un punto que pocos conocen bien: el vecino moroso puede asistir a las juntas, pero no puede votar mientras no esté al corriente de pago o no haya consignado judicialmente la deuda.

El problema es que esta diferencia no siempre se aplica correctamente. En muchas comunidades, por desconocimiento o por evitar conflictos, se permite votar al moroso “para no liarla”. Y ese pequeño gesto tiene consecuencias.

Decisiones impugnables, acuerdos débiles y una sensación de injusticia permanente entre quienes sí cumplen y que no entienden por qué su voz vale exactamente igual que la de alguien que no tiene respeto por los demás.

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En todas las comunidades de vecinos hay personajes especialmente conflictivos

El desgaste silencioso de los que pagan

Lo más dañino de esta situación no es solo el dinero que falta. Es el desgaste emocional. Los vecinos cumplidores sienten que pagan dos veces: con su cuota y con su paciencia.

Se generan comentarios en los rellanos, bandos en las juntas y un clima de desconfianza constante. Cada decisión económica se convierte en una batalla porque siempre hay alguien que protesta sin aportar.

Y mientras tanto, la deuda crece. Intereses, recargos, costes legales. Dinero que sale del bolsillo común, pero que no todos pagan por igual.

Cuando nadie quiere dar el paso

Muchas comunidades retrasan durante años la reclamación formal por miedo, por pena o por no “romper la convivencia”. Se intenta negociar, se tolera, se mira hacia otro lado.

El resultado suele ser el contrario: la convivencia se deteriora aún más. El moroso se siente intocable. El resto se siente engañado.

Cuando finalmente se inicia la vía legal, el conflicto ya está enquistado y el ambiente es irrespirable.

Un problema más común de lo que parece

La morosidad vecinal no es una excepción. Es uno de los principales problemas económicos de las comunidades en España. Y no siempre responde a una situación de necesidad. En muchos casos, es pura dejadez o una forma de presión.

La paradoja es evidente: quien no paga condiciona la vida de quienes sí lo hacen.

Y hasta que la comunidad no actúa con firmeza y conocimiento, el mensaje es claro para todos: cumplir no compensa.

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Porque en una comunidad de vecinos, pagar no debería ser opcional. Pero callar tampoco. Y precisamente este tipo de situaciones es la que tensa la convivencia, hasta que los vecinos cumplidores poco a poco descubren que, efectivamente, hace mucho tiempo que deberían haber hablado para que la situación no se alargase tanto.


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