El discurso sobre longevidad y obesidad está cambiando con rapidez. Lo que hace apenas una década parecía ciencia ficción —rejuvenecer células, frenar el envejecimiento o tratar la obesidad como enfermedad— hoy ocupa el centro del debate biomédico. En ese contexto, el neurocirujano José Hernández asegura que la obesidad no es un problema estético, sino un factor de riesgo oncológico comparable al tabaco.
Su planteamiento sobre la obesidad y el envejecimiento se apoya en dos frentes que avanzan en paralelo: la revolución de la reprogramación celular y la irrupción de fármacos metabólicos como Ozempic o Mounjaro. Ambos, sostiene, pueden transformar la medicina preventiva en los próximos años si se utilizan con criterio clínico y no como soluciones rápidas.
La carrera científica por rejuvenecer las células
El punto de inflexión se remonta a 2012, cuando el japonés Shinya Yamanaka recibió el Premio Nobel de Medicina por identificar cuatro genes capaces de reprogramar células adultas y devolverlas a un estado similar al embrionario. A partir de ese hallazgo se abrió una hipótesis ambiciosa: si el envejecimiento implica pérdida de información celular, quizá podría revertirse restaurando esa información.
Durante la última década, los experimentos en animales han ofrecido señales prometedoras. La llamada reprogramación epigenética parcial ha conseguido rejuvenecer tejidos en modelos de laboratorio e incluso recuperar función visual en ratones. El salto más reciente ha llegado cuando la Food and Drug Administration autorizó los primeros ensayos en humanos para tratar ciertos tipos de ceguera mediante esta técnica.
Sin embargo, la propia comunidad científica insiste en la cautela. Se trata de estudios iniciales diseñados para comprobar seguridad y eficacia, no de terapias disponibles ni, mucho menos, de una vía demostrada para eliminar el envejecimiento.
En este sentido, Hernández adopta un tono optimista, aunque reconoce la incertidumbre. La teoría dominante —impulsada por investigadores como David Sinclair— plantea que el envejecimiento se parece en parte a un problema de software celular: con el tiempo, las células pierden acceso correcto a sus instrucciones genéticas.
Si esa hipótesis se confirma en humanos, muchas enfermedades asociadas a la edad podrían volverse más tratables. Pero los riesgos siguen sobre la mesa. Una reprogramación excesiva podría descontrolar el ciclo celular o favorecer la aparición de tumores, y todavía no existen datos de largo plazo en personas.
La obesidad, en el centro del problema sanitario

Mientras la longevidad acapara titulares, José Hernández pone el foco en un desafío mucho más inmediato: la obesidad. Su advertencia es clara. El exceso de grasa corporal, recuerda, se asocia a un aumento relevante del riesgo de varios tipos de cáncer, en gran medida por la inflamación crónica, las alteraciones hormonales y la resistencia a la insulina que genera.
Este enfoque está cambiando la conversación médica. Cada vez más especialistas insisten en que la obesidad debe abordarse como enfermedad metabólica compleja y no como una cuestión meramente estética o de voluntad individual.
En ese contexto han ganado protagonismo los agonistas de GLP-1. Fármacos como Ozempic y Mounjaro imitan hormonas intestinales que regulan el apetito y la saciedad, lo que facilita una reducción significativa de la ingesta calórica en muchos pacientes.
José Hernández subraya que, bien indicados, pueden ser herramientas clínicas muy útiles. El problema aparece cuando se utilizan sin estrategia nutricional ni entrenamiento de fuerza. La pérdida de peso rápida puede ir acompañada de una reducción importante de masa muscular, algo que empeora el metabolismo a medio plazo y favorece la recuperación posterior de la grasa.
Por otro lado, una línea de investigación emergente explora si algunos fármacos metabólicos podrían tener efectos llamados geroprotectores, es decir, capacidad para modular procesos biológicos del envejecimiento. Existen señales preliminares en estudios observacionales, pero la evidencia definitiva todavía no está establecida y requerirá años de seguimiento.
La convergencia entre reprogramación celular, medicina metabólica y biotecnología está redefiniendo el horizonte de la medicina moderna. Aun así, el propio campo pide prudencia. No existe hoy ninguna terapia aprobada capaz de revertir el envejecimiento humano, y los tratamientos contra la obesidad, aunque eficaces, no sustituyen hábitos de vida saludables.
El mensaje de fondo que deja Hernández es menos futurista de lo que algunos titulares sugieren, pero igualmente relevante. La medicina dispone por primera vez de herramientas que podrían modificar procesos biológicos profundos. El alcance real de esa transformación dependerá, como siempre en ciencia, de la evidencia que se acumule en los próximos años.





