En la primavera de 2020, mientras España se detenía por completo y millones de personas veían cómo su vida laboral se congelaba de un día para otro, el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE) se convirtió en una tabla de salvación… y, al mismo tiempo, en una fuente constante de frustración.
ERTEs masivos, oficinas cerradas, teléfonos que no respondían y expedientes que se acumulaban sin control. En medio de ese escenario, miles de historias personales quedaron atrapadas en un sistema que no estaba preparado para una crisis de semejante magnitud. La de Laura Hidalgo, 41 años, es una de ellas. Una anécdota concreta, aparentemente menor, que resume como pocas el caos administrativo que se vivió durante aquellos meses.
Una prestación aprobada… que nunca llegaba
Laura trabajaba en el sector de la hostelería en Madrid. Cuando se decretó el estado de alarma, su empresa aplicó un ERTE casi de inmediato. El mensaje fue claro: cobraría la prestación por desempleo en unas semanas, como el resto de compañeros. Sin papeleos, sin trámites adicionales. Todo, en teoría, estaba automatizado.
Pero las semanas pasaron. El dinero no llegó.
Al principio pensó que era normal. “Hay muchísima gente en mi situación”, se repetía. Pero al cumplirse el segundo mes sin cobrar, decidió intentar contactar con el SEPE. Fue entonces cuando empezó el verdadero problema.
Los teléfonos comunicaban a cualquier hora. Las citas presenciales eran imposibles. La web se colgaba o devolvía mensajes genéricos. Cuando por fin consiguió acceder a su expediente online, la sorpresa fue mayúscula: figuraba como beneficiaria aprobada, pero con un dato bancario incorrecto.
El número de cuenta no era suyo.

El error que nadie sabía cómo arreglar
Laura intentó subsanar el fallo por la vía oficial. Envío de formularios, correos electrónicos, intentos de registro electrónico. Todo sin respuesta. Durante semanas, su expediente permaneció en un limbo administrativo: aprobado, pero sin posibilidad real de cobro.
“Era desesperante”, explica. “Sabías que el dinero estaba ahí, que te correspondía, pero no había forma humana de hablar con nadie”.
El error, según pudo averiguar más tarde, se había producido durante la carga masiva de datos enviada por la empresa. Un simple número mal introducido bastó para bloquear la prestación durante meses. Y lo más grave: no existía un canal ágil para corregirlo.
Mientras tanto, las facturas seguían llegando. Alquiler, suministros, comida. Laura tuvo que recurrir a ahorros y ayuda familiar para sobrevivir. Como ella, miles de personas quedaron atrapadas en errores administrativos que nadie parecía capaz de resolver.
Un sistema desbordado y sin respuestas
El caso de Laura no fue una excepción. En 2020, el SEPE tuvo que gestionar en semanas un volumen de expedientes equivalente a varios años de trabajo. El organismo, ya tensionado antes de la crisis sanitaria, colapsó.
Faltaban medios técnicos, personal y protocolos claros para situaciones excepcionales. Las oficinas cerraron sin que existiera una alternativa digital plenamente operativa. Los trabajadores del propio SEPE también estaban desbordados, con herramientas obsoletas y procedimientos pensados para otro contexto.
La consecuencia fue un aluvión de errores: pagos duplicados, prestaciones que no llegaban, reclamaciones que tardaban meses en resolverse y ciudadanos completamente desinformados. La sensación generalizada era de abandono.
“Lo peor no era no cobrar”, recuerda Laura. “Era no saber nada. No tener a quién preguntar”.
El cobro tardío y una cicatriz que permanece
Laura terminó cobrando su prestación casi cuatro meses después de lo previsto. Recibió los atrasos de golpe, sin explicación, sin disculpa y sin ninguna comunicación oficial que aclarase qué había ocurrido.
Para entonces, el daño ya estaba hecho. Endeudamiento, ansiedad y una profunda desconfianza en la administración. Una experiencia que, según ella, cambió su forma de ver la relación entre el ciudadano y el Estado.
Cinco años después, su historia sigue resonando porque no fue un caso aislado. Fue el reflejo de un sistema que no supo responder cuando más se le necesitaba. La pandemia dejó muchas lecciones, pero una de las más claras fue esta: la administración no puede permitirse fallar cuando se convierte en el último sostén de millones de personas.
La anécdota de Laura Hidalgo no es solo un recuerdo incómodo de 2020. Es un aviso. Porque las crisis llegan sin avisar, y cuando lo hacen, el caos administrativo no es un error menor: es un problema social de primer orden.





