Marian Rojas Estapé, una de las psicólogas más importantes de nuestro país, explica como se origina una buena parte del malestar contemporáneo. La especialista en salud mental sostiene que el problema no es solo qué consumimos, sino cómo vivimos y que hacemos. En este sentido, asegura que ha habido un gran cambio en el consumo de la sociedad y que “la droga ya no entra por la boca; ahora entra por los ojos”.
La autora más vendida en España en divulgación psicológica puso el foco en la hiperestimulación digital y en la aceleración cotidiana. Según su análisis, el cerebro humano no está preparado para el ritmo actual, y eso tiene consecuencias directas en la atención, la ansiedad y la búsqueda compulsiva de placer.
Vivir en modo rápido: cuando la dopamina toma el mando
Para Marian Rojas Estapé, el gran cambio de época no es tecnológico, sino neurobiológico. La psiquiatra advierte que hoy vivimos “en modo aceleración permanente”, un contexto en el que incluso los audios y pódcast se consumen a velocidad 1,5 o por dos. Ese detalle, aparentemente menor, revela un patrón más profundo.
Cuando la vida se acelera de forma crónica, explica, disminuye la capacidad de contemplar, reflexionar y dar sentido a lo que ocurre. En ese vacío aparece la dopamina, el neurotransmisor del placer, que históricamente se activaba con la comida o el sexo para garantizar la supervivencia. El problema es que ese circuito ha sido intervenido.
Durante décadas, la droga se introducía por vías físicas: boca, nariz o venas. Hoy, sostiene la especialista, la droga puede ser visual y estar diseñada para capturar la atención de forma masiva. Plataformas, videojuegos o contenidos hiperestimulantes funcionan como microdosis de droga digital que el cerebro aprende a repetir.
“El cerebro recuerda lo que le calma, lo que le excita y lo que le da placer”, resume. Por eso la exposición continua a estímulos intensos eleva el umbral de satisfacción y empuja a buscar más. No se trata de demonizar la tecnología, matiza, sino de entender que el mecanismo es el mismo que opera en cualquier droga: repetición, tolerancia y necesidad creciente.
Ante este escenario, la psiquiatra propone una medida sencilla pero poco habitual: frenar de forma deliberada. Recomienda dedicar al menos quince minutos diarios a no hacer nada sin el móvil, un gesto que permite al sistema nervioso recuperar equilibrio y reducir la dependencia de la droga dopaminérgica.
Sentido de vida frente a la nueva droga visual

Más allá del diagnóstico, Marian Rojas Estapé insiste en que el problema de fondo es existencial. A su juicio, muchas personas confunden la pérdida de la chispa inicial en el amor con el fin del vínculo, cuando en realidad se trata de la transición natural entre enamoramiento y apego estable.
Ese mismo error se replica en otros ámbitos. Cuando la vida pierde sentido, explica, la mente busca sustitutos rápidos. Ahí aparecen el alcohol, la comida compulsiva, las redes sociales, la pornografía o los videojuegos. No todos son negativos en sí mismos, pero pueden convertirse en droga emocional cuando se usan para llenar un vacío persistente.
“La felicidad es conectar con el presente y darle sentido a la propia vida”, sostiene. Desde su perspectiva clínica, quienes no encuentran propósito tienden a refugiarse en sensaciones intensas. El riesgo es que la droga del estímulo inmediato ofrece alivio breve pero aumenta el vacío a medio plazo.
Por eso la especialista defiende la regulación del entorno digital infantil. En el caso de TikTok, se muestra partidaria de limitar o incluso prohibir su uso en menores de 12 años, al considerar que el cerebro en desarrollo es especialmente vulnerable a esta nueva droga visual diseñada para maximizar la permanencia en pantalla.
Su experiencia clínica respalda la preocupación. Rojas Estapé reconoce que implicarse emocionalmente con los pacientes tiene un coste personal, sobre todo cuando hay recaídas en adicciones o conductas autodestructivas. Aun así, defiende un enfoque humanista de la psiquiatría, centrado en acompañar y comprender el sufrimiento.






