Friedrich Nietzsche, filósofo: “Uno debe tener caos dentro de sí… para crear algo que casi nadie se atreve a intentar”

- El filósofo alemán que convirtió el dolor, la ruptura y el caos en una invitación a crear nuevos valores.


Crear a veces empieza justo ahí donde todo parece romperse por dentro. Friedrich Nietzsche nació en 1844, en un pequeño pueblo alemán llamado Röcken. Su vida empezó con una herida. Primero murió su padre, un pastor luterano. Después, su hermano pequeño. Demasiado pronto. Demasiado seguido.

Cuando uno se encuentra con la pérdida a esa edad, la mirada cambia. Se vuelve más seria, más inquieta, más consciente de que todo puede romperse en cualquier momento. Y aunque es imposible saber hasta qué punto esos golpes marcaron su pensamiento, cuesta no ver ahí el origen de muchas de sus preguntas. Sobre el sentido. Sobre el dolor. Sobre lo que significa estar vivo.

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Un cerebro brillante en un cuerpo frágil

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El joven Nietzsche comenzó a cuestionarlo todo desde muy temprano. Fuente: IA

Nietzsche no fue el típico pensador de vida cómoda y escritorio ordenado. Su salud era complicada: migrañas fuertes, problemas digestivos, visión deteriorada. A veces parece casi un milagro que pudiera trabajar como lo hizo. Y, sin embargo, trabajó. Muchísimo.

A los 24 años ya era profesor de filología clásica en la Universidad de Basilea. Veinticuatro. Una edad en la que la mayoría está aún probando caminos. Él ya estaba dentro de la academia, pero no se quedó ahí. Pronto empezó a cuestionar lo que estudiaba, lo que le rodeaba, lo que se daba por hecho.

Su mente era brillante, sí. Pero también incómoda. No se conformaba con repetir lo que ya estaba dicho. Quería desmontarlo. Revisarlo. Sacudirlo. Y eso, claro, no siempre le hizo popular.

Wagner, la admiración… y la ruptura

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La ruptura con Wagner marcó un antes y un después en su pensamiento. Fuente: IA

Durante esos años, entabló una relación intensa con el compositor Richard Wagner. Al principio lo admiraba profundamente. Lo veía como un maestro, casi como una figura que encarnaba lo que él buscaba. “Wagner es mi maestro hasta que me descubra a mí mismo”, llegó a escribir. Y esa frase ya deja ver algo importante: la necesidad de encontrarse.

Pero con el tiempo, esa admiración se fue transformando en distancia. Las ideas nacionalistas y religiosas de Wagner chocaban con el camino que Nietzsche estaba empezando a recorrer. Y separarse de alguien que has admirado nunca es fácil. Nunca es limpio. Siempre deja una especie de eco emocional.

Aquella ruptura fue dolorosa, pero también liberadora. Porque a partir de ahí, Nietzsche empezó a construir un pensamiento completamente propio.

El caos como punto de partida

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El caos interior fue, para él, el origen de toda creación auténtica. Fuente: IA

Nietzsche empezó a cuestionar los valores que sostenían la moral de su época. No porque quisiera provocar por provocar, sino porque sentía que muchos de esos valores limitaban la vida, la creatividad, la capacidad de cada persona para definir su propio camino.

Ahí aparece su idea del superhombre. No como un héroe de cómic ni como una caricatura de fuerza, sino como alguien capaz de crear sus propios valores. De no vivir según moldes heredados. De asumir la responsabilidad de su vida.

Y entonces llegó esa frase que, más de un siglo después, sigue circulando como un susurro incómodo:
“Uno debe albergar un caos en su interior para poder dar a luz una estrella danzante.”

Es difícil no detenerse ahí. Porque todos tenemos cierto caos dentro. Dudas, contradicciones, miedos. Y, sin embargo, Nietzsche lo veía como materia prima. Como el terreno fértil de donde nace algo nuevo. ¿Y si ese desorden que tanto incomoda fuera también una forma de impulso?

“Dios ha muerto” y el vacío que queda

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Cuando Nietzsche escribió “Dios ha muerto”, no estaba celebrando nada. Estaba señalando un cambio. Las viejas certezas se estaban desmoronando. Las estructuras que daban sentido a la vida para muchas personas empezaban a perder fuerza. Y eso dejaba un vacío.

Ese vacío es lo que él llamó nihilismo. Un momento peligroso, pero también lleno de posibilidades. Porque si los valores tradicionales se derrumban, alguien tendrá que crear otros nuevos. Y esa tarea no es colectiva, es personal. Incómoda. Exigente.


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