José Luis Marín (75), psiquiatra: “Hemos psiquiatrizado las emociones; el miedo lo convertimos en ansiedad”

El psiquiatra José Luis Marín cuestiona el uso indiscriminado del término ansiedad y propone volver al origen: identificar el miedo concreto detrás del malestar para comprender mejor las emociones y mejorar el enfoque terapéutico.

En los últimos años, el debate público sobre salud mental se ha intensificado de forma notable. Cada vez más personas aseguran sufrir ansiedad, pero no todos los especialistas coinciden en cómo debe entenderse este fenómeno creciente.

El psiquiatra José Luis Marín plantea una lectura incómoda que suele coincidir con la de sus colegas. Según sostiene, buena parte de lo que hoy se etiqueta como ansiedad responde, en realidad, a emociones básicas mal interpretadas. Su propuesta pasa por recuperar el significado original del miedo.

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Nombrar el miedo para entender la ansiedad

Nombrar el miedo para entender la ansiedad
Fuente: agencias

Para Marín, el primer paso terapéutico es tan simple como exigente: ponerle palabras precisas a lo que se siente. El especialista parte de una idea central. La ansiedad no siempre es el problema de fondo, sino el síntoma visible de que algo más profundo está ocurriendo.

En consulta, explica, muchos pacientes llegan convencidos de que padecen ansiedad. Sin embargo, cuando se indaga en detalle, emerge con frecuencia un miedo concreto. Miedo al fracaso, a la pérdida, al rechazo o a la incertidumbre vital. “La ansiedad es un síntoma de que algo está pasando”, resume.

Desde su perspectiva clínica, reconocer ese miedo cambia por completo el abordaje. Mientras la ansiedad se percibe como difusa e incontrolable, el miedo suele ser identificable y, por tanto, trabajable. El proceso terapéutico, señala, consiste en recorrer el camino inverso al que la cultura ha impulsado en las últimas décadas.

Marín sostiene que la psiquiatría contemporánea, en su versión más reduccionista, ha contribuido a lo que denomina una “psiquiatrización de las emociones”. En ese marco, emociones humanas básicas habrían sido reinterpretadas como trastornos. “El miedo lo hemos convertido en ansiedad; la tristeza, en depresión”, afirma.

Lejos de patologizarlo, el psiquiatra reivindica el miedo como una emoción saludable y adaptativa. De hecho, recuerda que el miedo cumple una función evolutiva esencial. Es el mecanismo que impide, por ejemplo, cruzar una avenida sin mirar. El problema, insiste, no es sentir miedo, sino no comprenderlo.

Fármacos, dependencia y una cultura que amplifica la ansiedad

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El análisis de José Luis Marín también apunta al papel de los psicofármacos en el tratamiento de la ansiedad. Sin negar su utilidad en cuadros graves, especialmente en crisis de pánico o agorafobia, advierte que su efecto principal es la sedación del sistema nervioso.

Según explica, las benzodiacepinas —los ansiolíticos más utilizados— reducen la activación cerebral y generan un estado mental más apagado. Esto puede aliviar el malestar inmediato, pero abre otro debate: la dependencia. “Todos los psicofármacos producen dependencia”, subraya.

El especialista considera llamativo que España figure entre los países europeos con mayor consumo de antidepresivos, ansiolíticos y pastillas para dormir. A su juicio, este dato apunta a una posible disfunción del sistema asistencial y a una tendencia social a medicalizar el malestar cotidiano.

En este punto, introduce un factor cultural clave. Marín cree que el entorno actual favorece la expansión de la ansiedad. Las exigencias sociales, la presión del rendimiento y el bombardeo informativo actúan como amplificadores del miedo. Incluso llega a definir a los telediarios como “una fábrica de miedo”.

La reflexión se extiende al diálogo interno. El psiquiatra advierte que las personas tienden a creer automáticamente lo que se dicen a sí mismas. Sin embargo, ese discurso interior puede estar distorsionado por aprendizajes culturales y por anticipaciones catastrofistas que alimentan la ansiedad.

Desde una mirada neurobiológica, añade otro matiz. El cerebro, entendido como órgano, no está diseñado para garantizar el bienestar emocional, sino para asegurar la supervivencia. Por eso, explica, tiende a sobrerreaccionar ante posibles amenazas, incluso cuando son improbables.

Frente a este escenario, la propuesta terapéutica de Marín vuelve al punto de partida. Ante la ansiedad, recomienda preguntar primero: ¿a qué tengo miedo exactamente? La respuesta, sostiene, suele estar más cerca de lo que el paciente imagina.

Recuperar la historia personal, observar el entorno vital y legitimar emociones básicas forman parte de ese enfoque. No se trata de negar la ansiedad ni de prescindir de tratamientos cuando son necesarios, sino de afinar el diagnóstico emocional.


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