Cuando pensamos en grasa corporal, casi todos hacemos lo mismo: mirarnos al espejo. Ajustamos la camiseta, nos pellizcamos el abdomen, suspiramos. “Tengo que cuidarme más”, pensamos. Pero hay algo incómodo que casi nadie nos explica con claridad: la grasa que realmente puede poner en riesgo tu salud no siempre se ve.
Y esto, cuando lo entiendes, te cambia un poco la perspectiva.
Recuerdo a un conocido —atlético, disciplinado, de esos que no perdonan el gimnasio— que en una revisión médica salió con cara de desconcierto. Por fuera parecía un anuncio de ropa deportiva. Por dentro, sin embargo, su metabolismo no estaba tan contento. Ahí fue cuando escuché por primera vez hablar en serio de la grasa visceral.
La grasa visible no es la gran villana

La grasa periférica es la que todos identificamos. La que está justo debajo de la piel. La que se puede pellizcar (sí, esa misma que tanto nos obsesiona). Cumple funciones útiles: almacena energía, protege, incluso ayuda a mantener la temperatura corporal.
¿Es molesta desde el punto de vista estético? Para muchos, sí.
¿Es la más peligrosa? No necesariamente.
Y aquí es donde la conversación se vuelve interesante. Porque durante años hemos puesto el foco en lo visible, cuando el verdadero riesgo puede estar actuando en silencio.
La grasa que se infiltra sin avisar

La grasa visceral —también llamada ectópica— es diferente. No la ves. No la tocas. No la sientes. Pero puede estar ahí, acumulándose alrededor de órganos vitales como el hígado o el páncreas.
El doctor Kiernan la compara con algo muy gráfico: un embarazo ectópico. Algo que está fuera de su lugar y que, precisamente por eso, genera problemas. Esa grasa no solo ocupa espacio. Se infiltra. Se mezcla con los tejidos. Interfiere. Es como polvo fino que se cuela en los engranajes de una máquina.
Lo más inquietante es que puede hacerlo durante años sin dar señales claras. Estudios en el Reino Unido han mostrado que incluso puede afectar a nivel celular, debilitando el sistema inmunológico. Es decir, el cuerpo empieza a desajustarse por dentro… mientras por fuera todo parece estar “bien”.
Y esa es la trampa.
Cuando parecer sano no es lo mismo que estarlo

Hay un mito bastante arraigado: si estás delgado, estás sano. Ojalá fuera tan sencillo. La grasa visceral no se detecta a simple vista. Puedes tener abdominales marcados y aun así acumular grasa interna suficiente como para alterar tu metabolismo.
Eso explica por qué la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2 o las enfermedades cardiovasculares suelen agruparse. No aparecen de la nada. Suelen compartir un mismo trasfondo: un metabolismo que lleva tiempo luchando en silencio.
Cuando esta grasa se infiltra en el hígado, por ejemplo, puede provocar lo que se conoce como hígado graso metabólico. Y muchas personas lo descubren por casualidad, en una analítica rutinaria, cuando el médico dice: “Hay algo que deberíamos revisar”. Ese momento, créeme, hace que todo cobre otra dimensión.
Detectar lo invisible
Aquí surge la pregunta lógica: si no se ve, ¿cómo se sabe? La resonancia magnética es precisa, pero cara y poco práctica para controles habituales. El escáner DEXA se ha convertido en una herramienta bastante fiable para medir la grasa interna con una radiación mínima.
En casa, las básculas que prometen medir grasa visceral pueden orientar, pero no son exactas. Sirven para observar tendencias, no para sentenciar diagnósticos. Es como mirar el cielo para saber si lloverá: a veces aciertas, otras no tanto.
Y luego está la genética. Algunas personas tienen más predisposición que otras a acumular grasa visceral. No siempre es cuestión de fuerza de voluntad. A veces es biología pura.





