El equilibrio metabólico de un niño puede empezar a alterarse con hábitos que parecen totalmente normales. En España, el pan no es solo comida. Es costumbre. Es infancia. Está en la tostada de la mañana, en el bocadillo del recreo, en el plato que acompaña la cena. Para muchos niños, una comida sin pan es como una mesa sin mantel: algo falta.
Pero lo que parece un gesto inocente —“toma un poco más de pan”— empieza a preocupar a algunos especialistas. No por una barra puntual. Sino por la suma diaria, casi automática, de varias raciones de harina refinada que el cuerpo absorbe a toda velocidad.
Y aquí es donde la conversación se vuelve incómoda.
Lo que ocurre por dentro (aunque no se note)

Cuando un niño come pan blanco, el azúcar en sangre sube rápido. Muy rápido. El páncreas, que es como el guardián del equilibrio, responde liberando insulina para controlar esa subida. Hasta aquí, todo normal.
El problema aparece cuando ese “subidón” se repite día tras día. Las células empiezan a volverse menos sensibles a la insulina, como si dejaran de escucharla. Entonces el páncreas tiene que esforzarse más. Producir más. Casi gritar para que el mensaje llegue. Y eso, mantenido en el tiempo, agota el sistema.
Lo inquietante es que la resistencia a la insulina no duele, no avisa con sirenas ni con fiebre. Puede instalarse en silencio. Algunos especialistas ya la detectan en niños de entre 8 y 12 años, algo que hace unos años era mucho menos frecuente.
Recuerdo una conversación con una pediatra que me dijo algo que se me quedó grabado: “Muchos padres piensan que mientras el niño esté activo y no tenga sobrepeso, todo está bien”. Pero no siempre es así.
El pan de antes no es el pan de ahora

También conviene hacer una distinción importante. No todo el pan es igual.
El pan tradicional, el de fermentaciones largas y grano más completo, tenía más fibra, más cuerpo, más tiempo de elaboración. Era más denso, sí. Pero también más amable con el organismo.
En cambio, gran parte del pan industrial actual —el que encontramos fácilmente en supermercados— está hecho con harina blanca refinada, levaduras rápidas, a veces azúcares añadidos y otros ingredientes que lo mantienen blando durante días. Sube la glucosa como una montaña rusa y apenas aporta fibra que frene ese impacto.
No se trata de demonizar. Se trata de entender.
Señales que no conviene ignorar

Hay un detalle físico que puede servir de alerta: manchas oscuras en el cuello o en las axilas, conocidas como acantosis nigricans. No siempre aparecen, pero cuando lo hacen pueden indicar que el cuerpo está teniendo dificultades para manejar la insulina.
Y aquí viene otro dato que rompe esquemas: no solo afecta a niños con sobrepeso. Existe lo que algunos llaman “delgadez metabólicamente obesa”. Es decir, niños con peso normal que, por dentro, ya están luchando con un metabolismo alterado debido a la calidad de su alimentación.
Además, el tejido graso no es un simple almacén. Es activo. Produce sustancias que pueden generar inflamación y dificultar aún más el trabajo de la insulina. Un círculo que se retroalimenta.
No es prohibir, es transformar
La solución no pasa por eliminar el pan de golpe. Eso, además de poco realista, suele generar más rechazo que cambios reales. La clave está en transformar el hábito.
Cambiar el tipo de pan es un primer paso. Buscar pan integral auténtico —donde el primer ingrediente sea realmente “harina integral”— puede marcar una diferencia. Reducir la frecuencia también ayuda: que el pan no sea el protagonista de todas las comidas.
Un gesto sencillo es cambiar el orden del plato. Primero verduras y proteínas. Después, si se desea, el pan. Esa secuencia ralentiza la absorción del azúcar y suaviza la respuesta del cuerpo.
Y luego está el paladar. Sí, al principio el pan integral puede parecer más denso. Algunos niños lo rechazarán. Pero los gustos se educan. Con repetición, con ejemplo, con paciencia. (Y con algo de negociación, no nos engañemos.)





