Vivimos deprisa. Demasiado. Entre horarios imposibles, trabajo, recados y pantallas que nunca se apagan, sentarse a comer en familia a veces parece un lujo. O algo que se hace “cuando se puede”. Pero, si lo piensas, ¿cuándo fue la última vez que comiste sin mirar el móvil o sin pensar en lo siguiente que tenías que hacer?
Jessica González lo tiene claro: la comida familiar es una pausa necesaria, casi un pequeño oasis en medio del día. “Las comidas familiares es un buen tiempo para convivir, tomar una pausa en nuestra rutina diaria… para platicar lo que hemos pasado en el día y fortalecer esa comunicación entre familias”, explica.
Y tiene sentido. Porque en la mesa no solo se comparten platos. Se comparten historias, silencios, risas, miradas cómplices. Es ese momento en el que alguien dice “pásame el pan” y, de paso, te cuenta algo que le pasó en el cole o en el trabajo. Parece poco. No lo es.
Comer mejor sin romper tradiciones

Ahora bien, la teoría suena bonita… pero la práctica ya es otra cosa. Falta de tiempo, cansancio, niños que no quieren verduras, adultos con dietas distintas, alergias, turnos de trabajo. La vida real no siempre deja margen para menús perfectos.
Jessica lo reconoce. Y por eso no propone empezar de cero ni cambiar radicalmente lo que ya existe en casa. Al contrario. “Hay que comenzar con las recetas que conocemos y que disfruta la familia y adaptar alguna para incluir a lo mejor una verdura o una fruta más… siempre respetando nuestras tradiciones culturales”, dice.
Es decir: no se trata de borrar la cocina de siempre. Se trata de hacer pequeños ajustes. Un puñado de verduras más en el arroz. Una salsa donde se “escondan” hortalizas para quienes fruncen el ceño con ciertas texturas (todos conocemos a alguien así). Detalles que no alteran la esencia del plato, pero sí suman.
Al final, los cambios grandes suelen empezar con gestos pequeños. Y con paciencia. Mucha.
Niños que participan, niños que comen

Hay algo que Jessica repite mucho: los niños no solo deben sentarse a la mesa, también deberían formar parte del proceso. Elegir recetas, ayudar a preparar ingredientes, lavar verduras o cortar algo sencillo la noche anterior.
“Es importante involucrar a nuestra familia, involucrar a los niños en la planeación… porque van a pensar: ‘Esta receta ya la escogí y la hicimos juntos’”, explica.
Tiene lógica. Cuando alguien participa, se siente parte. Y cuando se siente parte, la comida deja de ser una imposición y se vuelve algo propio. Recuerdo una vez que un niño me dijo orgulloso: “Esto lo hice yo” mientras señalaba una ensalada torpemente cortada. Se la comió entera. Casualidad… o no.
Además, cocinar juntos enseña algo que a veces olvidamos: la comida lleva tiempo, cuidado y cariño. No aparece por arte de magia.
Sin pantallas, con conversación

Otro punto clave: el ambiente. Porque no basta con poner comida saludable en el plato si la atención está en otro lado. Jessica lo dice sin rodeos: fuera pantallas durante la comida.
“Hay que apagar o no tener distracciones… los teléfonos, los celulares hay que apagarlos… nos estamos dedicando nuestro tiempo, nuestra atención a ellos”, insiste.
Puede parecer una norma sencilla. Pero no siempre lo es. Estamos tan acostumbrados a comer con el móvil cerca que dejarlo a un lado se siente raro (sí, incluso incómodo al principio). Sin embargo, cuando desaparece el ruido de fondo, aparecen las conversaciones de verdad. Las de “¿cómo te fue hoy?”. Las de “no sabía que te pasaba eso”. Las que conectan.
Y eso también es salud. Aunque no venga en forma de nutrientes.





