La salud a veces deja pistas silenciosas que solo aprendemos a ver cuando empezamos a mirarnos de verdad. Hay historias que empiezan con un golpe. No en el ring, sino en la vida. La de Terence Cruel es una de esas. Fue campeón de boxeo en Francia, estaba en plena forma, con una carrera prometedora… y, de pronto, a los 21 años, su cuerpo empezó a fallar. Dolor articular constante. Agotamiento. Diagnóstico: fibromialgia. De un día para otro, alguien que vivía del movimiento apenas podía levantar un vaso de agua.
Cuando lo cuenta, no suena a discurso épico. Suena más bien a desconcierto. A esa sensación de “¿y ahora qué?” que llega cuando nada de lo que te funcionaba sirve. Recorrió Europa buscando respuestas médicas. Probó tratamientos. Esperó mejoras. Pero el alivio no llegaba. Y entonces empezó otra búsqueda, más silenciosa y más interior.
Un encuentro espiritual y un ayuno de diez días marcaron el inicio de un cambio que, según explica, redujo gran parte de su dolor. No fue magia instantánea ni una historia de película. Fue, más bien, un punto de inflexión. El momento en que decidió entender qué estaba pasando en su cuerpo… y en su vida.
Tres caminos para entender la salud de otra forma

Hoy su enfoque mezcla tres disciplinas que, en su visión, se complementan. La primera es la naturopatía. Suena técnica, pero la idea es bastante simple: volver a lo básico. Agua, aire, sol, tierra. Ritmos naturales. Escuchar el cuerpo antes de intervenir de forma agresiva. “Primero no hacer daño”, repite como principio. Y algo más: que la persona entienda qué le ocurre y por qué. No solo que reciba una solución rápida.
Luego está la iridología. No como medicina, aclara, sino como herramienta de observación. Según esta disciplina, el iris refleja tensiones, debilidades o sobrecargas del organismo. Hay quien lo ve con escepticismo, hay quien lo integra en su proceso. Él lo utiliza como una especie de mapa orientativo. Una forma de mirar el cuerpo desde otra perspectiva.
El tercer pilar es la fitoterapia. Plantas medicinales. Algo tan antiguo que, a veces, olvidamos que sigue ahí. Muchas moléculas que hoy encontramos en fármacos nacieron en plantas. La idea no es rechazar la medicina moderna, sino recordar que la naturaleza también tiene recursos.
Cuando la mente y el cuerpo hablan el mismo idioma

Una de las bases de su planteamiento es la conexión entre lo que pensamos, sentimos y cómo se manifiesta el cuerpo. No lo plantea como una culpa ni como una simplificación, sino como una relación. Si vivimos en tensión constante, en miedo, en enfado, el organismo lo nota. Si hay calma, también.
Habla de lo que llama “conflictos biológicos”: situaciones emocionales no resueltas que se quedan atrapadas y se expresan de otras maneras. No siempre es evidente. No siempre es fácil. Pero, según él, entender ese origen puede cambiar la forma de sanar. No solo tratar el síntoma, sino mirar el contexto.
Y aquí aparece algo que repite a menudo: la aceptación. No resignarse. No rendirse. Aceptar como paso previo para avanzar. Porque, dice, luchar constantemente contra lo que ya es consume más energía de la que imaginamos.
Espiritualidad, servicio y propósito

Para Cruel, la salud no se limita al cuerpo físico. Habla de espiritualidad sin grandilocuencias. Más bien como una forma de conexión. De sentido. De servicio. Cree que el propósito de lo que hacemos —en el trabajo, en la vida diaria— debería tener algo de contribución a otros.
Menciona el Karma Yoga, esa idea de actuar sin apego al resultado. Hacer lo que toca, con intención, pero sin obsesionarse con el final. Suena sencillo. No lo es tanto en la práctica. Pero tiene algo liberador.





