Antonio Pampliega lleva más de dos décadas contando conflictos armados desde el propio terreno. A sus 44 años, el reportero español ha visto de cerca la cara menos épica de la guerra, esa que rara vez aparece en los discursos oficiales.
Lejos del relato heroico, el periodista describe un escenario dominado por olores, silencios incómodos y decisiones morales complejas. Su experiencia obliga a replantear qué significa realmente informar desde una guerra y hasta dónde debe llegar la crudeza de las imágenes.
El olor de la guerra que no aparece en las crónicas

Para Pampliega, la guerra no entra primero por los ojos sino por la nariz. La imagen romántica del frente se desvanece cuando se pisa una zona castigada por la artillería. Allí, explica, lo que predomina es el olor a basura acumulada en viviendas abandonadas, a comida descompuesta en neveras sin electricidad y, en muchos casos, a cadáveres.
En primera línea, la guerra también huele a pólvora. Pero el recuerdo más persistente es otro. En los hospitales de campaña, cuenta, el aire se impregna de un olor metálico a sangre que permanece incluso días después de abandonar el lugar. Para el periodista, se trata de una huella sensorial difícil de borrar.
Recuerda especialmente el hospital de Al Shaifa, en la ciudad de Alepo. Allí la falta de quirófanos obligaba a atender heridos en cualquier rincón. “Había tanta sangre que tenían que empujarla con fregonas”, rememora. Aquella escena marcó su manera de entender la guerra y sus límites narrativos.
El gran dilema: mostrar el horror sin caer en el morbo
Uno de los debates permanentes del periodismo de guerra es cuánto debe mostrarse. Antonio Pampliega asegura que la crudeza tiene un límite. En su archivo personal conserva imágenes que nunca publicará, como la de un médico exhibiendo piernas amputadas frente a la prensa.
Su postura parte de la experiencia personal. Tras haber sido secuestrado en Siria, el reportero comprendió el impacto que ciertas imágenes pueden tener en las familias de las víctimas. Por eso insiste en que la guerra debe contarse con rigor, pero evitando el gore gratuito que, a su juicio, no aporta contexto ni comprensión.
El periodista defiende que una buena fotografía debe contar una historia sin necesidad de mostrar la máxima violencia. Pone como ejemplo una imagen tomada tras la toma de una base de Bashar al-Assad en la que un combatiente muerto sostenía la foto de su familia. “Ahí ya entiendes todo”, resume.
Según su experiencia, la exposición constante a imágenes extremas tampoco genera mayor conciencia social. La guerra en Gaza, señala, volvió a demostrar que la sobreabundancia de contenido brutal termina produciendo indiferencia en parte del público.
Otro de los conflictos éticos aparece en el terreno: ¿hacer la foto o intervenir? Pampliega reconoce que el periodista es, ante todo, un observador. Sin embargo, insiste en que también es una persona.
En el hospital de Alepo vivió uno de esos momentos límite. Tras el ataque a un colegio, había tantos heridos que él y su equipo comenzaron a sujetar a niños mientras los médicos los cosían sin anestesia. Poco después, el jefe de cirugía les pidió que volvieran a fotografiar. Su argumento era contundente: sin esas imágenes, nadie denunciaría lo que estaba ocurriendo en la guerra.
La contradicción forma parte del oficio. En otra cobertura en Afganistán, el equipo entrevistó a un hombre de más de 50 años que se casaba con una menor. Sabían que la niña quedaba en una situación extrema, pero intervenir habría puesto en riesgo sus vidas y el reportaje. “No puedes salvar a todo el mundo”, admite.
Esa carga emocional se acumula con los años. Pampliega describe escenas difíciles de procesar incluso para profesionales curtidos: prisioneros maltratados, familias enteras sepultadas bajo escombros o padres que lo pierden todo en un bombardeo.
Con el tiempo, explica, el reportero aprende que la guerra no se parece a la idea que tenía al empezar. Muchos llegan pensando que su trabajo puede detener conflictos. La realidad suele ser más dura. Aun así, sostiene que documentar sigue siendo necesario.





