La constancia no se nota en un día, pero lo cambia todo con el paso del tiempo. Hay una idea que a muchos nos cuesta aceptar: la salud no se pierde de golpe con la edad ni se gana de golpe con un cambio de dieta. Se construye. Se negocia. Se entrena. Y, según defiende el especialista en rendimiento y longevidad Francis Holloway, siempre hay margen de mejora, tengas 20, 40 o 70 años.
Su planteamiento no va de obsesionarse con sumar años al calendario. Va de algo más interesante: llegar a esos años con autonomía, claridad mental y energía suficiente para disfrutarlos. Lo que él llama mejorar el health span, es decir, la calidad real de vida en la última etapa. Porque, seamos honestos, ¿de qué sirve vivir más si vivimos peor?
Holloway suele repetir una frase que suena sencilla pero pesa: siempre es momento para estar más saludable. Incluso cuando parece que ya vamos tarde.
Medir el cuerpo para dejar de pelear contra él

Una de las cosas que más insiste es en algo que a veces incomoda: necesitamos datos reales sobre nuestro cuerpo. No percepciones. No comparaciones con redes sociales. Datos.
La antropometría —esa palabra tan técnica— no es más que medir: masa muscular, grasa, proporciones. Saber desde dónde partimos. Y, sobre todo, dejar de perseguir objetivos que no encajan con nuestra genética o con nuestra estructura. Cuántas veces alguien se frustra por no parecerse a un ideal que, sencillamente, no le corresponde.
Cuando se tienen medidas objetivas, el enfoque cambia. Se ajustan expectativas. Se evita entrar en dietas extremas o entrenamientos que castigan más de lo que ayudan. Y se empieza a trabajar con el cuerpo, no contra él. (Yo, por ejemplo, recuerdo el día que entendí que mi constitución no era “floja”, sino distinta. Cambia mucho la mirada.)
Comer mejor… y, sobre todo, evitar lo que sobra

En nutrición, Holloway no se pierde en complicaciones. Constancia y sencillez. Ese es su resumen. Modelos como la dieta mediterránea o la japonesa funcionan, dice, porque son sostenibles. No porque sean mágicos.
Hay una frase suya que se queda dando vueltas: somos lo que comemos, sí… pero sobre todo somos lo que dejamos de comer. El exceso de ultraprocesados, alcohol o azúcar pesa más que la ausencia de un alimento concreto. Y ahí, más que sumar superalimentos, conviene restar ruido.
También se muestra escéptico con las modas nutricionales extremas. Veganos radicales, carnívoros radicales… todos apelan a una supuesta “dieta ancestral”. Pero la realidad es que nuestros antepasados comían según lo que tenían a mano. Y eso variaba muchísimo. No hay una única dieta original a la que volver.
Músculo, cerebro y el paso del tiempo

Otro punto clave en su enfoque es el entrenamiento de fuerza. No solo por estética. Ni siquiera solo por movilidad. Por salud cerebral.
Hay estudios que relacionan la masa muscular en las piernas con la función cognitiva en la vejez. Dicho de otra forma: mantener los músculos puede ayudar a mantener la cabeza. Y eso cambia la perspectiva del gimnasio, ¿verdad?
A la fuerza se suma el cardio. No hace falta convertir cada sesión en una tortura. Holloway habla de combinar ritmos moderados —esa famosa “zona 2”— con picos de intensidad ocasionales. El objetivo no es agotarse, sino mantener el sistema energético activo y eficiente.
Suplementos, genética y lo que sí depende de nosotros

En el terreno de los suplementos, su postura es bastante clara: pocos, pero con evidencia. La creatina, por ejemplo, no solo ayuda al músculo, también puede tener beneficios cognitivos. La vitamina D, el omega-3 de calidad… útiles en muchos casos. El magnesio, depende. Nada de soluciones universales.
Y luego está la genética. Holloway reconoce que hay personas con ventajas naturales. Atletas con predisposición. Pero también recuerda algo importante: la genética puede llevarte arriba, pero los hábitos te mantienen allí. Sin disciplina, sin descanso, sin constancia, el talento dura poco.





