Hay quien cree que las parejas funcionan por inercia. Que si hay amor, ya está. Que lo demás se irá arreglando solo. Pero la realidad es bastante menos romántica y mucho más humana: una relación sana se construye, se cuida y se revisa. Como una casa que habitas todos los días. O como una planta que, si no riegas, se marchita sin hacer ruido.
Eso es, más o menos, lo que plantea César Velasco cuando habla de pareja. Que no basta con quererse. Hay que sostener ese “quererse” en el tiempo, con espacio, con conversación, con momentos compartidos. Y también con intención (esa palabra que suena seria, pero que en realidad es muy cotidiana).
La regla del 222: pequeñas pausas que lo cambian todo

Una de las propuestas que más llama la atención es su famosa tesis del 222. Salir solos cada dos semanas. Un fin de semana a solas cada dos meses. Vacaciones de al menos diez días cada dos años.
¿Suena organizado? Sí. ¿Suena necesario? También.
La idea no es escaparse del mundo ni dramatizar la rutina. Es algo mucho más simple: crear experiencias nuevas juntos. Porque —y esto me parece muy cierto— las relaciones se alimentan de novedad. De momentos compartidos que rompen la inercia. De conversaciones que no se dan entre la lista de la compra y los mensajes del trabajo.
“Las relaciones se construyen de experiencias nuevas”, dice Velasco. Y cuando lo piensas… tiene sentido. Si no pasa nada nuevo entre dos personas, la conexión se vuelve plana. Previsible. Automática.
Discutir no es pelear (y esa diferencia importa)

Otro punto que me parece clave es la distinción entre discutir y pelear. Porque muchas veces lo metemos todo en el mismo saco.
Discutir es intercambiar ideas.
Pelear es querer ganar.
Y cuando el objetivo es ganar, alguien pierde. O los dos.
El resentimiento se cuela por la puerta trasera y luego cuesta mucho sacarlo.
Velasco propone una imagen curiosa: ver la relación como si fuera un hijo en común. Algo que ambos tienen que cuidar. Algo que no puede quedar en medio de una batalla de egos. Me gusta esa metáfora porque obliga a mirar más allá del “yo”. A pensar en el “nosotros” como algo vivo.
Hay una frase suya que se queda rondando: “El amor es yo hago todo lo necesario para que tú te quieras más a ti”.
No es controlar. No es convencer. Es acompañar al otro a crecer. Y eso, dicho así, suena sencillo. Pero en la práctica… requiere bastante generosidad.
La mesa que se tambalea

Velasco habla de la pareja como una mesa con varias patas: deseo, estabilidad económica, fidelidad, amistad.
Si una falla, la mesa cojea.
Si faltan varias… se cae.
Lo interesante es que ninguna pata sustituye a otra. No puedes compensar la falta de complicidad con dinero. Ni la falta de estabilidad con sexo. Todo suma. Todo importa. Y todo necesita cuidado.
A veces pensamos que hay un único factor decisivo. Pero no. La estabilidad de una relación es más bien un equilibrio delicado. Como esos platos que giran sobre un palo en los circos (sí, esa imagen un poco absurda… pero bastante realista).
Hablar de sexo sin convertirlo en drama

La parte de la sexualidad también aparece en su enfoque. Sin dramatismo. Sin moralina. Con bastante sentido común.
Hablar. Escuchar. Ajustar expectativas.
Y, sobre todo, no dejar que el silencio se convierta en distancia.
Me hizo gracia una de sus sugerencias: hablar de estos temas en el coche. Sin mirarse directamente. Como si eso bajara la tensión. Y la verdad… puede que funcione. A veces hablar de lo íntimo es más fácil cuando no estás cara a cara.
“Nada sustituye hablar”, insiste. Pero hablar no es reprochar. Ni culpar. Ni pelear.
Es explicar lo que pasa por dentro sin convertirlo en un juicio.






