El cambio físico real empieza mucho antes de lo que se ve en el espejo. Hay algo que se repite cada año. Enero llega, y con él, la promesa de “ahora sí”. Comer mejor. Cuidarse más. Empezar de cero. Y durante unos días —a veces semanas— todo parece ir bien. Hasta que la motivación se diluye, la rutina vuelve a imponerse y uno se queda pensando: ¿por qué es tan difícil mantener algo que, en teoría, sabemos hacer?
Gerardo Reina, especialista en cambio de hábitos, lo resume de una forma que a mí me hizo parar un segundo: el problema no suele estar en la dieta, sino en la mente que intenta seguirla. Porque sí, los planes nutricionales se entienden rápido. Lo complicado es sostenerlos cuando la vida real aparece con estrés, cansancio, emociones y automatismos.
Él insiste en algo que suena simple pero no lo es tanto: el cambio físico empieza por dentro. Por la forma en que te percibes. Por cómo gestionas lo que sientes. Por esa conversación interna que tienes contigo cuando nadie te oye.
El piloto automático que dirige más de lo que creemos

La mayoría de nosotros funcionamos en modo automático gran parte del día. Comemos sin pensar demasiado. Repetimos rutinas. Reaccionamos a emociones. Y cuando ese piloto automático no se revisa, es fácil volver a lo de siempre en cuanto la motivación baja.
¿Te ha pasado alguna vez empezar con energía y, al cabo de unos días, sentir que todo pesa el doble? No es falta de voluntad. Es que no se han tocado las raíces.
Cambiar la alimentación no es solo saber qué comer. Es entender por qué comes como comes.
A veces es estrés. O cansancio. O simplemente costumbre. Y si no se mira ahí, el plan más perfecto termina desinflándose.
Me hizo gracia una vez que alguien me dijo: “No es que no sepa qué hacer, es que no sé cómo sostenerlo”. Ahí está la clave.
Persistir sin agotarse

Uno de los errores más habituales es querer hacerlo todo de golpe. Dietas estrictas. Rutinas intensas. Cambios radicales que duran poco porque son imposibles de sostener.
Reina propone lo contrario: menos intensidad y más persistencia.
Pequeños pasos. Repetidos. Realistas.
Porque no es lo mismo sacrificarse que sufrir. El sacrificio es elegir algo con sentido. El sufrimiento, en cambio, es sentir que te estás castigando. Y cuando una persona vive el cambio como castigo, lo abandona. Antes o después.
A mí esta diferencia me parece muy reveladora. Porque muchas veces creemos que para mejorar hay que apretar más, cuando en realidad lo que hace falta es sostener mejor.
La identidad que sostiene el cambio

Otro punto interesante es el de la identidad. No se trata solo de “estar a dieta”. Se trata de empezar a verse como alguien que se cuida. Suena sutil, pero cambia mucho.
Cuando la identidad cambia, los hábitos dejan de ser una lucha constante.
Lo que antes costaba, empieza a encajar de forma más natural. No porque sea fácil, sino porque tiene sentido.
El entorno también influye. Si todo a tu alrededor invita a repetir viejos hábitos, el cerebro va a elegir lo conocido. Por eso se habla de pequeños ajustes: organizar la cocina, dejar a mano lo que ayuda, poner recordatorios. Nada heroico. Pero sí útil.
Paz mental para avanzar

El estrés es otro actor silencioso en todo esto. Cuando el cuerpo está en tensión constante, busca alivio rápido. Y muchas veces lo encuentra en la comida.
Reina lo plantea con claridad: la paz mental no es un lujo, es parte del proceso.
También cuestiona esa idea tan repetida de que un hábito se crea en 21 días. Para él, el cambio empieza en el momento en que tomas conciencia. Desde el día uno. Luego viene el trabajo de sostenerlo, claro. Paso a paso. Sin perfeccionismo extremo.






