Hay películas que entretienen. Otras remueven. Y luego están las que, sin hacer ruido, te obligan a mirarte por dentro. “I Love You My Narcissist” (ILYMN) pertenece a ese último grupo. No es una historia sobre el encanto del narcisista ni sobre su misterio. Es, sobre todo, una historia sobre quienes se quedan atrapados en ese tipo de relaciones… y sobre cómo se sale de ellas.
El proyecto, producido por Stephanie Schmall y dirigido por Alli, mezcla ficción y realidad en un formato que a ratos parece documental y a ratos confesión íntima. El resultado no busca impresionar con grandes giros de guion. Busca algo más sencillo (y más difícil): que quien la vea se reconozca. O reconozca a alguien cercano.
Porque, si algo deja claro la película desde el principio, es esto: cualquiera puede caer en una relación narcisista. No importa lo inteligente que seas. Ni tu formación. Ni tu experiencia. Estas historias no empiezan mal. Empiezan perfectas. Demasiado perfectas, quizá.
Cuando todo parece ideal… es cuando empieza el enredo

Una de las cosas que más llama la atención de la película es cómo muestra ese inicio tan seductor. Atención constante. Halagos. Conexión intensa. Una especie de euforia emocional que te hace pensar que has encontrado a “la persona”. Y claro, cuando algo empieza así, cuesta mucho imaginar que pueda torcerse.
Ahí entra un concepto que atraviesa toda la historia: la confusión interna. El cuerpo detecta que algo no encaja. Pero la mente intenta justificarlo. Explicarlo. Arreglarlo. Y en ese intento de entender lo que pasa, muchas personas regresan a la relación una y otra vez. No por debilidad. Por desconcierto.
Es curioso (y un poco inquietante) cómo la película logra poner palabras a esa sensación de “sé que algo no está bien, pero no sé qué”. Creo que todos, en algún momento, hemos sentido algo parecido en alguna relación. No necesariamente extrema. Pero sí lo suficiente como para entender esa niebla mental.
Dos historias que podrían ser muchas más

El relato se apoya en dos tramas principales. La de Michael, un refugiado que poco a poco deja de reconocerse a sí mismo dentro de una relación que lo desorienta. Y la de Emily, una actriz que cree haber encontrado su oportunidad profesional… hasta que empieza a perder su voz, su estilo, su forma de ser.
Lo interesante es que ambas historias están basadas en testimonios reales. No en uno o dos. En quince. Eso le da a la película una sensación de verdad difícil de ignorar. No es dramatización gratuita. Es un espejo. A veces incómodo.
Me impactó especialmente el detalle del diario que deja de escribirse. Ese gesto pequeño que simboliza algo enorme: cuando dejas de contarte tu propia historia, alguien más empieza a escribirla por ti. Y ahí, poco a poco, te pierdes.
Entender lo que pasa mientras está pasando

Otro de los aciertos del proyecto es la aparición de expertas en narcisismo que van explicando, casi en tiempo real, lo que ocurre en pantalla. No de forma fría ni académica. Más bien como quien te susurra al oído: “esto tiene un nombre”.
El bombardeo de amor. El gaslighting. El vínculo traumático. Palabras que, cuando se entienden, ordenan el caos. Y esa parte educativa se agradece. Porque muchas veces el problema no es solo salir de la relación, sino entender qué ha pasado realmente.
Hay algo liberador en ponerle nombre a lo vivido. Es como encender la luz en una habitación en la que llevabas tiempo a oscuras.






