La inteligencia artificial ha dejado de ser una promesa futurista para convertirse en una fuerza que ya está reconfigurando el mercado laboral. Para Jordi Segura, máster en IA, el debate ya no gira en torno a si habrá cambios, sino a la velocidad con la que llegarán.
Su advertencia es mucho más que directa. El especialista predice que más del 60% de los empleos, tal como se conocen hoy, sufrirán transformaciones profundas antes de 2030. Ignorar esa tendencia que trae consigo la inteligencia artificial, sostiene, es “un error fatal”.
Inteligencia artificial: Una carrera que ya está en marcha

Segura describe el momento actual como una carrera tecnológica de gran escala en la que participan las principales potencias económicas y las grandes corporaciones. Según explica, las inversiones previstas en IA para 2026 —que cifra en cientos de miles de millones— reflejan que la decisión estratégica ya está tomada en los niveles más altos.
En su análisis, el margen para frenar el avance es prácticamente inexistente. “No se puede parar”, resume. La toggle (alternar entre dos estados), dice, no depende de la voluntad individual del trabajador, sino de dinámicas económicas, competitivas y geopolíticas.
El experto introduce además un elemento inquietante: la sensación de que un grupo reducido de actores globales está marcando el ritmo de esta transformación sin que la mayoría de la población sea plenamente consciente. No lo plantea como una teoría conspirativa, sino como una consecuencia lógica de cómo se concentra hoy el poder tecnológico.
Las previsiones que maneja Segura coinciden con múltiples informes internacionales que apuntan a una automatización creciente de tareas. En su lectura, el primer impacto se verá en los perfiles más junior y en los trabajos altamente estructurados y repetitivos. Después, advierte, la ola continuará ascendiendo en la pirámide laboral.
“Pensar que tu empleo no va a cambiar en tres o cuatro años es un error”, insiste. No significa —matiza— que todos los puestos vayan a desaparecer, sino que la mayoría se transformará en mayor o menor medida.
Para ilustrarlo, recurre a un ejemplo empresarial cada vez más frecuente: compañías que ya están reduciendo plantilla gracias al uso intensivo de sistemas de inteligencia artificial. En ese contexto lanza una pregunta incómoda: ¿esos empresarios son visionarios… o villanos?
Su respuesta es pragmática. En mercados altamente competitivos, explica, la presión por reducir costes y aumentar productividad empuja a adoptar estas tecnologías. Desde esa lógica económica, la automatización no es una opción moral, sino una decisión estratégica.
El auge de los agentes autónomos
Uno de los cambios que Jordi Segura considera más relevantes para el corto plazo es la aparición de los llamados agentes de inteligencia artificial: sistemas capaces no solo de generar texto, sino de ejecutar acciones de forma autónoma.
Para explicarlo, utiliza una metáfora sencilla: si los modelos conversacionales actuales son “un cerebro”, los agentes serían “un cerebro con manos y piernas”. Estos sistemas pueden, por ejemplo: revisar correos electrónicos; analizar documentos; generar informes y/o interactuar con distintas herramientas digitales.
Aquí introduce uno de los factores que más preocupa a los expertos: la diferencia de coste y disponibilidad respecto al trabajo humano. Mientras un empleado tiene límites horarios y salariales, un agente puede operar 24/7 con un coste marginal muy inferior. Por otro lado, el propio Segura reconoce que en torno a la inteligencia artificial existe también un componente de marketing y de discurso alarmista. No cree que 2030 sea un punto de colapso laboral generalizado ni un escenario de sustitución total de trabajadores.
Sin embargo, sí ve un riesgo claro para determinados perfiles, especialmente entre profesionales de entre 35 y 55 años que no incorporen competencias digitales vinculadas a la IA. “Van a tener muchos problemas para encontrar trabajo”, advierte. Su diagnóstico no apunta a una desaparición masiva inmediata, sino a una pérdida progresiva de competitividad profesional para quienes no se adapten.
Si hay una idea que Segura repite con insistencia es la urgencia temporal. A su juicio, la ventana óptima para empezar a formarse y experimentar con inteligencia artificial es ahora. “Tenemos unos 12 meses para ponernos las pilas”, afirma.
No plantea que quien empiece después quede automáticamente fuera del mercado, pero sí que la ventaja competitiva será para quienes se muevan antes. En un entorno de evolución exponencial, sostiene, llegar tarde penaliza cada vez más. Durante su trabajo formativo, Segura detecta un patrón recurrente: profesionales que prueban herramientas de inteligencia de forma superficial y concluyen que “no les sirve”.





