«El veneno está en la dosis y en la frecuencia»: Carlos Jaramillo señala el azúcar, los aceites vegetales y el alcohol como bomba silenciosa para tu salud

No es “prohibir” comida, es entender la trampa de repetirla. El médico funcional Carlos Jaramillo insiste en una idea simple: azúcar, aceites y alcohol cambian de cara según dosis y frecuencia. Y en pleno febrero, con rutinas y excusas de vuelta, el mensaje vuelve a pegar donde duele.

Jaramillo no te habla de “alimentos buenos” y “alimentos malos”. Te habla de hábitos. Y ahí es donde duele: lo que hoy te parece inofensivo en tu despensa, mañana te pasa factura si lo repites sin pensar. ¿Cuánto aguanta tu cuerpo antes de decir basta?

Febrero de 2026 es el mes clásico del “me pongo en serio”: vuelven las rutinas, sube el cansancio y reaparecen los antojos de siempre. Por eso el nombre de Carlos Jaramillo está otra vez en conversaciones de cocina, gimnasio y consulta, justo cuando toca elegir.

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El qué: la trampa de la dosis

Curiosamente, el mensaje que mejor se entiende es el más antipático: no siempre es el “qué”, sino el cuánto y el “cada cuánto”. En su explicación, azúcar refinada, aceites vegetales y alcohol pueden parecer “normales” si aparecen de forma puntual, pero el problema llega cuando se vuelven rutina.

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En este punto conviene leerlo sin fanatismos: lo que propone es un marco mental, no una lista de pecados. La idea se conecta con su forma de mirar el cuerpo como un sistema que se adapta… hasta que deja de hacerlo.

Por eso no extraña que, en otros temas, también ponga el foco en el contexto: en una pieza reciente habla de cómo el estrés crónico puede “apagar” la digestión al frenar el nervio vago. Si tu día ya viene torcido, tu plato suele empeorar.

Por qué explota ahora: febrero y el piloto automático

Frente a este escenario, febrero es gasolina: menos vacaciones, más prisas y la nevera llenándose de “soluciones rápidas”. Ahí es donde el concepto de frecuencia se vuelve incómodo, porque no te habla de un atracón, sino de ese “poquito” diario que ni contabilizas.

  • 16 de enero de 2026: se publicó una explicación sobre estrés crónico, nervio vago y digestión.
  • 7 de julio de 2022: se difundió el episodio sobre dosis y frecuencia aplicado a azúcar, aceites y alcohol.
  • 21 de agosto de 2024: apareció una charla larga donde vuelve a insistir en el papel del azúcar y los hábitos.
  • 19 de octubre de 2025: se publicó un repaso con la postura de la Asociación Americana del Corazón sobre aceites de semillas.

Además, el debate se ha vuelto más bronco: hay gente que demoniza ingredientes y gente que los defiende como si fueran religión. En medio, el consumidor intenta cocinar y vivir sin volverse loco.

Cómo afecta: cuando lo “normal” te gana

Esta situación empeora cuando conviertes lo excepcional en cotidiano. No hace falta que “te pases” una noche: basta con encadenar decisiones pequeñas y repetidas que desplazan comida real, sueño y movimiento. El cuerpo lo nota, aunque tú lo disimules con café.

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Aquí hay un detalle que mucha gente se salta: el alcohol también entra en la conversación por el mismo motivo, porque tiene dosis y tiene contexto. En una conversación sobre azúcar, él usa precisamente esa comparación para explicar que la tolerancia no es igual para todo el mundo ni para todas las edades.

El impacto, al final, es práctico: si te acostumbras a endulzar todo, a freír con lo primero que pillas y a “relajarte” cada día con una copa, tu línea base cambia. Y lo que antes era un gusto, acaba siendo el suelo sobre el que construyes tu semana.

Qué implica: el veneno, la ciencia y la pelea eterna

Más allá del nombre propio, esto revela algo viejo como la medicina: la idea de que “la dosis hace el veneno” se asocia a Paracelso y está en la base de la toxicología moderna. Traducido al plato: no todo es blanco o negro, pero casi todo se puede torcer por exceso.

En este punto llega la parte incómoda: la ciencia no va siempre en bloque con lo que se viraliza. Por ejemplo, en el caso de los aceites de semillas, hay expertos que recuerdan que hay evidencia de beneficios de grasas insaturadas y que no hay base para “prohibirlos” de forma generalizada.

Aun así, el choque cultural ya está aquí, y la palabra veneno funciona como martillo: suena fuerte y se entiende rápido. El riesgo es usarla como eslogan y olvidarse de lo importante: mirar tu patrón semanal, no tu pecado puntual.

Disipando dudas que todos tenemos, por Carlos Jaramillo

Las dudas son lógicas, porque esto se mete en tu vida real: compras, cenas, cumpleaños y prisas. Si el mensaje se queda en “esto sí/esto no”, fracasa; si se queda en “depende”, también. Lo útil es bajarlo a decisiones concretas.

P: ¿Tengo que eliminar el azúcar? / R: No hace falta ir a cero; la clave es que no sea tu muleta diaria.
P: ¿Qué pasa con los aceites vegetales? / R: Fíjate en cuánto los usas y en qué tipo de cocina haces; no todo se juega en una etiqueta.
P: ¿Y el alcohol “solo por las noches”? / R: Si es cada noche, ya no es “solo”; ahí manda la frecuencia.
P: ¿Cómo sé si me estoy pasando? / R: Cuando te cuesta “no hacerlo” una semana, no es antojo: es hábito.

Qué pasará: menos dogmas y más control

Mirando adelante, lo que viene no es una guerra de ingredientes, sino una guerra de rutinas. El mensaje que más cala no es el dramático, sino el que te devuelve control: si cambias la frecuencia, cambias el resultado, aunque no seas perfecto.

Paralelamente, este tipo de discursos van a seguir chocando con dos realidades: la industria te lo pone fácil (barato, rápido, sabroso) y tu vida te empuja a lo mismo. Por eso el primer movimiento no suele ser “comer limpio”, sino dormir mejor y cocinar dos bases simples para la semana.

Mientras tanto, el mayor error es creer que la salud se decide en una cena. Se decide en lo que repites cuando nadie mira: el aceite que usas por costumbre, el postre que “siempre cae”, la copa que se volvió automática. Ahí está la partida.

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