Hay algo que me fascina: pensamos en el cerebro como si fuera una herramienta más, algo que simplemente usamos. Pensar, decidir, recordar… y ya. Pero si te paras un momento —solo un momento—, te das cuenta de que todo lo que eres vive dentro de esa masa blanda que apenas pesa kilo y medio. Tus recuerdos de infancia. Esa canción que no te sacas de la cabeza. Las veces que te has equivocado y has aprendido. Todo.
Y lo curioso es que ese cerebro no apareció de repente. No se encendió un día y listo. Llegó hasta aquí después de millones de años de pequeños cambios. Pequeñísimos. Tan lentos que nadie los notó mientras ocurrían.
Hace unos siete millones de años, nuestros ancestros tenían un cerebro bastante parecido al de un chimpancé. Más pequeño, más simple. No había planes a largo plazo ni listas de la compra ni preocupaciones existenciales a las tres de la mañana. Solo supervivencia.
Pero, generación tras generación, ese cerebro fue creciendo. No solo en tamaño. En conexiones. En capacidad de adaptarse.
Como si la especie entera estuviera aprendiendo poco a poco. Ensayando. Probando cosas. Fallando también, claro.
No es que tengamos un cerebro grande… es que está muy bien conectado

Durante mucho tiempo se repitió que lo especial de los humanos es que tenemos un cerebro grande. Y sí, lo tenemos. Pero lo realmente interesante no es el volumen. Es la red de conexiones que hay dentro.
Las neuronas hablando entre ellas. Creando caminos. Borrando otros. Ajustándose cada vez que vivimos algo nuevo.
¿No te ha pasado que, después de una conversación importante, algo cambia por dentro? Como si hubieras recolocado ideas. Eso es el cerebro trabajando. Reconfigurándose.
Y lo más bonito es que no deja de hacerlo. No importa si tienes veinte años o sesenta. Sigue siendo flexible. Sigue aprendiendo. Sigue cambiando contigo.
A mí me tranquiliza pensarlo así, la verdad.
No fuimos los únicos (y eso dice mucho de nosotros)

Otra cosa que me parece increíble es que no éramos la única especie humana. Durante años se contó como si hubiéramos “ganado” una especie de competición evolutiva. Pero no fue tan simple.
Hubo mezcla. Hubo convivencia. Tenemos algo de neandertal dentro.
Literalmente.
Y aquí viene lo curioso: los neandertales tenían un cerebro igual o incluso un poco más grande que el nuestro. Así que no, el tamaño no lo explica todo.
La diferencia estuvo probablemente en otra parte. En cómo nos organizábamos. En cómo compartíamos información. En cómo construíamos cultura juntos.
Porque el cerebro humano, en el fondo, es profundamente social.
Aprender mirando a otros: una costumbre antigua

Siempre hemos pensado que la cultura es solo nuestra. Pero la naturaleza tiene un sentido del humor curioso.
Los chimpancés usan herramientas y enseñan a los jóvenes a utilizarlas.
Y hay una historia que siempre me hace sonreír: unos monos en Japón empezaron a lavar patatas antes de comerlas. Un gesto pequeño. Pero ese gesto se fue transmitiendo de unos a otros. Se convirtió en una costumbre del grupo. Un aprendizaje colectivo.
No es tan distinto a nosotros, ¿verdad?
Al final, todos aprendemos mirando. Probando. Imitando. Ajustando.
Un cerebro que no está terminado (ni tú tampoco)
Lo que más me gusta de toda esta historia es una idea sencilla: el cerebro no está terminado.
No es una pieza cerrada. No es algo fijo. Sigue cambiando cada día.
Cada experiencia deja una pequeña marca. Cada conversación abre un camino nuevo. Cada error enseña algo, aunque no queramos.
A veces pensamos que ya somos como somos y punto. Pero la evolución del cerebro cuenta otra cosa. Cuenta que llevamos millones de años adaptándonos.
Y que ese proceso no se detuvo. Sigue ocurriendo. Ahora mismo. Mientras lees esto.
Pensarlo así da un poco de vértigo. Pero también es reconfortante.
Porque significa que todavía podemos aprender. Todavía podemos cambiar.
Todavía podemos ser un poco distintos mañana.










