La energía del cuerpo no siempre se pierde: a veces está ocupada protegiéndote. Hay algo que Xevi Verdaguer repite con insistencia —y que, si lo piensas bien, tiene bastante sentido—: el cuerpo no funciona por piezas sueltas. No es un puzzle en el que arreglas una parte y listo. Es más bien como una orquesta. Si el violín desafina, la melodía entera se resiente. Y eso, en salud, pasa más a menudo de lo que creemos.
El especialista en psiconeuroinmunología defiende una mirada global: estilo de vida, microbiota, emociones… todo suma o resta energía. Porque sí, tenemos un “presupuesto energético” diario, aunque no lo veamos en una app ni en el extracto del banco. Y ese presupuesto se reparte entre pensar, trabajar, relacionarnos, movernos… incluso enamorarnos o tener deseo. Cuando algo se desajusta, lo notamos. A veces en forma de cansancio que no se explica. O de esa sensación rara de “no me apetece nada” sin motivo aparente. ¿Te ha pasado?
El día en que tu energía desaparece (pero no del todo)

Verdaguer habla de algo curioso: el sistema inmunológico puede “secuestrar” la energía. Suena dramático, pero la imagen es bastante gráfica. Si el cuerpo detecta una inflamación o una infección —aunque sea leve, silenciosa, de esas que ni notas—, activa el modo reparación. Y claro, eso consume recursos. La energía no desaparece: se redirige.
De repente estás más cansado, te apetece menos ver a gente, te notas sin chispa. Incluso la libido baja. Y uno piensa: “Estoy desmotivado”. Pero quizá no. Quizá tu sistema inmune está trabajando en segundo plano, a puerta cerrada, usando la energía para algo más urgente.
Me hizo gracia cuando le escuché decir: “Tal vez no te falta energía; la tienes secuestrada”. Porque, si lo piensas, cambia la perspectiva. Ya no es que estés fallando tú. Es que tu cuerpo está ocupado.
Señales que vemos… y otras que ignoramos

El cuerpo deja pistas. Siempre. Algunas son sutiles, otras no tanto. Labios pálidos, ojeras, pómulos sin color, párpados caídos… ese aspecto de “hoy no estoy” que todos hemos tenido alguna vez. Verdaguer lo llama estar “de facarica” (sí, suena coloquial, pero se entiende rápido). Son señales de que el sistema inmune está activo.
Y no solo cambia la cara. También cambia la conducta. Cuando estamos inflamados o agotados a nivel interno, buscamos refugio. Nos aislamos un poco. Queremos casa, sofá, alguien de confianza cerca. Es curioso: el cuerpo no solo se defiende por dentro, también modifica cómo nos relacionamos por fuera.
La salud intestinal entra aquí en escena. Y sí, toca hablar de algo que normalmente se evita en conversaciones elegantes: gases y heces. Pero es que dicen mucho. Más de lo que parece. Tener gases es normal; el olor, la frecuencia o la forma en que vamos al baño cuentan historias sobre nuestra microbiota. Historias que, si aprendiéramos a escuchar sin pudor, quizá nos ahorrarían preocupaciones. (O consultas innecesarias.)
El reloj interno: ese gran olvidado

Otro punto que Verdaguer repite es el de los ritmos. El cuerpo tiene un reloj interno muy preciso, pero vivimos como si no existiera. Nos levantamos y lo primero que hacemos es mirar el móvil. Desayunamos corriendo. Encendemos luces fuertes por la noche. Y luego nos preguntamos por qué dormimos mal.
La propuesta es sencilla, casi de sentido común: luz natural por la mañana, oscuridad por la noche. Esperar un poco antes de comer al despertar. Darle tiempo al organismo a “encenderse”. Y, por la noche, bajar revoluciones. Menos pantallas, más calma. Incluso algo tan simple como tener los pies calientes al dormir puede ayudar a que el cuerpo se relaje y entre en sueño profundo. Pequeños gestos. Grandes efectos.









