miércoles, 18 febrero 2026

Kathy Magliato, cirujana cardiotorácica: «Hay una señal que podría cambiar cómo prevenimos los infartos»

- Medir la salud de los vasos antes de que fallen podría cambiar el destino de millones de corazones.

Muchos infartos no llegan de golpe: el cuerpo suele avisar antes. Hay profesiones que te cambian la forma de ver el mundo. Y luego está la de la Dra. Kathy Magliato. Cirujana cardiotorácica, especialista en trasplantes de corazón y pulmón, acostumbrada a operar cuando todo lo demás ya ha fallado. Ella no ve la enfermedad cardiovascular desde un despacho: la ve cuando el corazón está tan dañado que hay que reemplazarlo. Y quizá por eso su mensaje suena distinto. Más urgente. Más humano.

Lo dice sin rodeos: el futuro de la cardiología no está en salvar corazones al final del camino, sino en evitar que se rompan. Detectar antes. Medir antes. Actuar antes. Parece lógico, ¿verdad? Pero en la práctica no siempre ocurre así.

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Magliato repite una cifra que deja pensando: la enfermedad cardiovascular sigue siendo la principal causa de muerte en el mundo… y aun así, podría prevenirse en un 80 %. Ocho de cada diez casos. La paradoja es evidente. Intervenimos tarde. Muy tarde. Ella misma lo resume con una frase que impacta: suele ser la cirujana a la que llegas cuando el corazón ya está “diezmado”. Cuando no queda otra opción que cambiarlo por otro. No es precisamente el escenario ideal.

La señal silenciosa que puede anticipar infartos

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La salud vascular puede deteriorarse sin síntomas visibles. fuente: IA.

Aquí aparece uno de los puntos que más le inquietan. En consulta se controlan datos: glucosa, colesterol, tensión arterial. Números importantes, sí. Pero hay algo que casi nunca se mide directamente: el estado real de los vasos sanguíneos. Es como revisar la presión del agua sin mirar si las tuberías están deterioradas por dentro.

“Eso es un problema”, dice ella. Porque puedes bajar el colesterol o la glucosa y, aun así, no saber si el tratamiento está mejorando de verdad la salud vascular. Si los vasos siguen inflamados o dañados, el riesgo permanece. Silencioso. Esperando.

La sensación es un poco inquietante, la verdad. Crees que todo va bien porque los análisis salen “correctos”, pero nadie está mirando el terreno donde realmente se juega la partida.

El óxido nítrico: el mensajero silencioso

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Medir a tiempo cambia el rumbo de la enfermedad cardíaca. fuente: IA.

En el centro de todo esto hay una molécula que Magliato considera clave: el óxido nítrico. No suena muy poético, pero su función es vital. Cuando el óxido nítrico fluye bien, los vasos se dilatan, responden, se mantienen flexibles. Cuando no, empiezan los problemas. Es como el aceite que permite que el motor funcione sin fricción.

La doctora insiste en que hay que cambiar la forma en que se entiende esta molécula. No verla solo como un dato bioquímico más, sino como un indicador clínico fundamental. Un marcador temprano de lo que puede venir después. Antes del infarto. Antes del susto. Antes de la urgencia.

Y aquí entra otra idea que me parece clave: la medicina traslacional. Es decir, llevar lo que se descubre en el laboratorio a la vida real del paciente. Que una persona pueda saber si sus hábitos están funcionando o no. Si ese paseo diario, ese cambio en la dieta, ese intento de dormir mejor… está teniendo efecto en sus vasos sanguíneos. No dentro de diez años. Ahora.

Tecnología, ciencia… y un poco de entusiasmo nerd

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El pulso guarda más información de la que parece. fuente: IA.

Magliato también tiene su lado más humano (y bastante simpático). En una próxima reunión en Austin coincidirá con el Dr. Lou Ignaro, premio Nobel por descubrir el papel del óxido nítrico. Y lo cuenta entre risas: tiene un pequeño “flechazo nerd” por conocerlo. Esa mezcla de admiración científica y entusiasmo genuino.

Pero más allá de la anécdota, su mensaje es claro. La medicina del futuro no puede limitarse a reparar lo que ya está roto. Tiene que aprender a medir, prevenir y actuar antes. Antes de que el corazón llegue al punto de no retorno.

Quizá, en el fondo, se trate de algo muy simple: escuchar al cuerpo a tiempo. Y tener herramientas para hacerlo.

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