miércoles, 18 febrero 2026

Nir Eyal (45), psicólogo de la atención: “No somos adictos a la tecnología; somos adictos a escapar del malestar”

El psicólogo Nir Eyal sostiene que la distracción digital no nace de la tecnología, sino del impulso humano de evitar el malestar, y propone aprender a gestionarlo para recuperar atención, intención y control sobre el tiempo propio.

Nir Eyal, psicólogo de la atención, lleva años estudiando por qué nos distraemos justo cuando más importa concentrarse. Su diagnóstico es sumamente difícil, pero liberador al mismo tiempo. No es que la tecnología nos haya convertido en adictos sin remedio; es que no sabemos gestionar el malestar que sentimos por dentro.

En su análisis, el problema no es el móvil ni las redes sociales. La raíz está en cómo respondemos al malestar. Cuando no planificamos nuestro día, alguien más lo hace por nosotros. Y en esa cesión constante del tiempo se gesta, casi sin darnos cuenta, el arrepentimiento.

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La raíz invisible de la distracción

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“Si no planificas tu día, alguien lo planificará por ti”, advierte Eyal. Jefes, hijos, correos electrónicos, notificaciones. El tiempo, a diferencia del dinero, lo entregamos sin demasiada resistencia. Sin embargo, la explicación no es una supuesta pereza estructural ni una falta de fuerza de voluntad.

El autor sostiene que la mayoría de las distracciones no nacen fuera, sino dentro. Los llamados disparadores externos —mensajes, alertas, pantallas— apenas explican una parte del fenómeno. El verdadero motor es el malestar: aburrimiento, ansiedad, soledad, incertidumbre. Estados incómodos que intentamos silenciar con cualquier estímulo disponible.

La tesis es clara. No somos adictos a la tecnología; somos adictos a escapar del malestar. Esa huida puede tomar la forma de redes sociales, comida, noticias o trabajo compulsivo. El objeto cambia, pero el mecanismo es el mismo. Se trata de evitar una sensación desagradable.

Eyal insiste en que no se trata de un defecto moral. Salvo en casos clínicos específicos, no estamos ante una patología. Lo que falta es una habilidad. Nadie nos enseñó a convivir con el malestar sin reaccionar de inmediato. Y mientras no aprendamos a gestionarlo, seguiremos buscando alivio en la distracción.

Una de las herramientas que propone es la regla de los diez minutos. Cuando aparece el impulso de abandonar una tarea, en lugar de ceder de inmediato, se pospone la decisión. El deseo crece como una ola y luego disminuye. El malestar no es permanente. Entender esa dinámica cambia la relación con la urgencia.

Gestión del tiempo es gestión del malestar

Gestión del tiempo es gestión del malestar
Fuente: agencias

Para Nir Eyal, toda motivación humana responde al intento de escapar del malestar. Incluso el deseo de placer encierra una incomodidad previa. El hambre, la ambición o el anhelo activan la acción porque resultan perturbadores. Desde esta perspectiva, gestionar el tiempo es gestionar el malestar.

El problema aparece cuando confundimos actividad con intención. Las listas de tareas, tan populares, suelen convertirse en un catálogo de resultados deseados. Pero no reservan el recurso esencial: tiempo y atención. Sin ese presupuesto previo, las prioridades se diluyen.

Por eso propone el “time boxing” o calendario por bloques. La lógica es simple. Primero se definen los valores, es decir, la clase de persona que uno quiere ser. Luego esos valores se traducen en horas concretas. Tiempo para el cuidado personal, para las relaciones y para el trabajo profundo. Lo demás es reactivo.

La diferencia entre tracción y distracción, afirma, es la intención. El tiempo que se planifica para descansar o incluso para perderse en una serie no es tiempo desperdiciado. El conflicto surge cuando el malestar dirige la conducta sin que medie una decisión consciente.

En su experiencia personal, el punto de inflexión llegó en un momento doméstico. Mientras compartía una actividad con su hija, interrumpió la conversación para revisar el teléfono. Cuando levantó la vista, ella ya se había ido. El malestar posterior fue más fuerte que cualquier notificación. Entendió que no era el dispositivo el problema, sino su incapacidad para tolerar la incomodidad de no responder al instante.

La promesa de este enfoque no es la perfección, sino la reducción del arrepentimiento. No se puede hacer todo al mismo tiempo. Pero sí se puede decidir con anticipación qué merece espacio. Cuando el malestar aparece —y aparecerá— la respuesta no tiene por qué ser automática.

Eyal sostiene que vivimos en una era de abundancia informativa. La tecnología no desaparecerá ni debería hacerlo. El desafío es adaptarnos, como en otras revoluciones históricas. Aprender a convivir con el malestar sin convertirlo en excusa.


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