Las células guardan la memoria de nuestra juventud… y quizá también la llave para recuperarla. Hay algo que, reconozco, me sigue sorprendiendo cada vez que leo sobre ello: la idea de que el envejecimiento podría no ser una sentencia inevitable, sino un proceso que algún día se pueda ajustar, limpiar o incluso ralentizar. No detener el tiempo —eso sigue siendo cosa de novelas—, pero sí entender mejor por qué nos desgastamos. Y en ese terreno, la ciencia acaba de dar un paso que hace unos años parecía impensable.
Se ha iniciado la primera aplicación de reprogramación epigenética parcial en humanos tras la aprobación de la FDA. Detrás de este nombre tan técnico hay un concepto casi poético: rejuvenecer las células recordándoles quiénes eran cuando funcionaban mejor. Todo se basa en los llamados factores de Yamanaka, cuatro genes capaces de devolver una célula a un estado más joven. Cuando se descubrieron, en 2012, valieron un Nobel. Hoy, empiezan a asomarse al mundo real.
Al principio hubo miedo. En los experimentos con ratones, una reprogramación total podía provocar tumores (demasiado rejuvenecimiento, por decirlo de forma simple). Pero la versión parcial ha demostrado algo fascinante: se pueden “refrescar” tejidos sin generar efectos adversos graves. El primer ensayo en humanos busca revertir la ceguera con una inyección en la retina. Suena enorme. Lo es. La ambición final, aunque todavía lejana, sería aplicar estas técnicas al cuerpo entero y cambiar la manera en que envejecemos.
El cuerpo como un libro que se va ensuciando

Una de las teorías más repetidas en este campo es la llamada “teoría de la información del envejecimiento”. Me gusta porque se entiende rápido. Imagina que cada célula tiene un manual de instrucciones perfecto, como un libro recién impreso. Con los años, ese libro se mancha, pierde letras, se arruga. No desaparece, pero cuesta leerlo. Y cuando cuesta leerlo, el cuerpo empieza a fallar.
La reprogramación epigenética actuaría como quien limpia esas páginas con cuidado. No viaja al pasado, pero devuelve claridad al presente. Las células no se convierten en bebés, pero sí recuperan parte de su eficiencia. Y eso, si lo pensamos bien, podría cambiar muchas cosas.
Fármacos, péptidos y promesas… con cautela

Mientras tanto, la farmacología vive su propia revolución. Seguro que has oído hablar de Ozempic o Mounjaro. Se diseñaron para la diabetes, pero hoy se usan para controlar el peso porque regulan el hambre y la ansiedad. Funcionan, sí. Pero también tienen letra pequeña. Sin proteína suficiente y sin entrenamiento de fuerza, pueden llevarse por delante la masa muscular. Y perder músculo no es una buena idea a largo plazo.
Luego están los péptidos, esas pequeñas proteínas que actúan como mensajeros del cuerpo. Algunos se investigan para acelerar la recuperación de lesiones, otros para regular hormonas o deseo sexual. El problema es que han empezado a circular en mercados no regulados. Y ahí, como suele pasar, lo prometedor se mezcla con lo peligroso.
También se habla mucho de la rapamicina, un fármaco que en estudios con animales ha logrado aumentar la esperanza de vida al combinarse con otros compuestos. Suena impresionante. Pero aún estamos en fase de comprender bien sus efectos en humanos. La ciencia avanza, sí, pero conviene caminar sin prisas.
Lo básico sigue siendo lo más poderoso

Y aquí llega la parte menos futurista, pero más real. Porque, por muy avanzadas que sean las terapias, los expertos repiten una idea casi aburrida de tan conocida: lo esencial sigue siendo lo esencial.
Entrenamiento de fuerza. Proteína suficiente. Dormir bien. Gestionar el estrés. Tener un motivo para levantarse por la mañana. Puede que no suene tan revolucionario como reprogramar células, pero es lo que más impacto tiene en la vida diaria. De hecho, se estima que estos hábitos explican la mayor parte del beneficio en longevidad.









