lunes, 16 febrero 2026

Dr. John E. Lewis, experto en nutrición celular: “No todos los azúcares dañan… algunos hacen justo lo contrario”

- Del culturismo natural a la investigación: la historia de John Lewis y su revolución nutricional.

Los azúcares no siempre son el enemigo; a veces son parte de la solución. Hay trayectorias que no empiezan en un laboratorio ni en una consulta médica. La de John Lewis arranca entre pesas, espejos y disciplina, en el mundo del culturismo natural. Y, curiosamente, fue ahí donde cambió algo tan cotidiano como la forma de comer. Pasó de disfrutar la comida solo por el sabor a verla como una herramienta. Como gasolina. Como cuidado.

Él mismo lo resume con una frase que suena simple, pero que deja pensando: “El estadounidense promedio come por sabor, no por salud”. Y claro, cuando uno lo oye, inevitablemente se pregunta: ¿yo cómo como? ¿Por hambre real o por costumbre? (Confieso que todos tenemos días de sofá y antojo, así que tampoco se trata de vivir con culpa).

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Aquella etapa juvenil fue el punto de partida. Desde ahí, Lewis orientó su carrera hacia la investigación sobre nutrición, ejercicio y enfermedades crónicas. Más de treinta estudios después, su foco sigue siendo el mismo: entender cómo lo que comemos puede encender o apagar procesos del cuerpo. Inflamación, degeneración, metabolismo… todo ese engranaje invisible que funciona sin que lo notemos, hasta que deja de hacerlo.

Los polisacáridos: esos “azúcares” que no son el enemigo

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La comida como herramienta de salud real. Fuente: IA.

Uno de los temas que más repite en sus charlas tiene que ver con los famosos azúcares. O, mejor dicho, con la confusión que existe alrededor de ellos. No todos los azúcares son iguales, insiste. Y ahí entra su campo de investigación actual: los polisacáridos.

Suena técnico, lo sé. Pero la idea es sencilla: hay azúcares simples y otros mucho más complejos, con funciones que van más allá de endulzar. Los polisacáridos, presentes por ejemplo en el aloe vera o el salvado de arroz, actúan —según sus estudios— como piezas clave en la comunicación entre células. Algo así como mensajes internos que ayudan al cuerpo a repararse.

Lewis suele lanzar un mensaje directo: “Cuando alguien dice que todo el azúcar es malo, me gustaría que la gente lo cuestione”. Y tiene sentido. A veces simplificamos tanto los mensajes de salud que acabamos demonizando cosas que, en su contexto, no lo son.

Un estudio que levantó cejas (y esperanza)

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Los polisacáridos vuelven al centro del debate. Fuente: IA.

Uno de los momentos más llamativos de su carrera fue un estudio con pacientes de Alzheimer en fases moderadas y graves. Utilizaron una fórmula basada en estos polisacáridos y, según los datos recogidos, observaron mejoras cognitivas significativas. Mejoras que él mismo califica como “inauditas” en la literatura científica.

También se registraron cambios en el sistema inmunológico, reducción de inflamación y un aumento notable en la producción de células madre adultas. Son resultados que, por supuesto, necesitan más investigación y confirmación (la ciencia avanza así, paso a paso), pero que abren preguntas interesantes. Y, sobre todo, esperanza para quienes buscan nuevas vías de apoyo en enfermedades complejas.

Cuestionar modas nutricionales y volver al equilibrio

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Investigar el cuerpo es escuchar lo que necesita. Fuente: IA.

Lewis no se queda solo en el laboratorio. También levanta la mano cuando ve modas que, en su opinión, simplifican demasiado la nutrición. La dieta carnívora, la obsesión por la proteína… temas que hoy están en todas partes.

Su postura es clara: “Los humanos no somos carnívoros”. Lo dice mirando la biología, la dentadura, el sistema digestivo. Y recuerda algo que a veces se olvida: no vivimos una epidemia de falta de proteína, sino más bien lo contrario. El exceso, advierte, podría estar relacionado con distintos problemas de salud.

En el fondo, su filosofía es bastante intuitiva. No se trata solo de “tratar síntomas”, sino de ayudar al cuerpo a recuperar su equilibrio. Lo llama volver a la homeostasis. Darle al organismo los materiales que reconoce para funcionar mejor.

¿Su objetivo? Ambicioso, sí. Llegar a impactar la vida de un millón de personas a través de la educación nutricional. Y aunque suene grande, empieza por algo pequeño: cuestionar lo que creemos saber sobre la comida. Mirar el plato con más curiosidad. Y, quizá, con un poco más de conciencia. Porque al final —y esto es casi una reflexión personal— la salud no suele cambiar de golpe. Cambia en los detalles. En lo que repetimos cada día.

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