La quinta edición del Benidorm Fest, celebrada este sábado en el Palau d’Esports L’Illa de Benidorm, confirmó algo que ya no admite discusión incluso para las mentes menos eurovisivas: el certamen es uno de los formatos televisivos necesarios de la industria audiovisual española.
En apenas cinco años, el Benidorm Fest ha pasado de ser una apuesta coyuntural vinculada a Eurovisión a consolidarse como una marca propia. Paradójicamente, esta primera edición desligada del billete europeo ha sido la que más ha puesto a prueba su autonomía.
Los datos invitan a una lectura matizada. La final fue líder de su franja con un 12,1% y 1.085.000 espectadores, pero perdió cinco puntos de cuota y casi un millón de seguidores respecto a 2025. Es la menos vista de las cinco ediciones.
Las semifinales, emitidas martes y jueves, se movieron en torno al 11% de share. El promedio de las tres galas se situó en un 11,5% y 945.000 espectadores, con más de ocho millones de contactos acumulados. En consumo social, el festival superó los 25 millones de visualizaciones y 508.000 interacciones en las redes de RTVE.
Son cifras competitivas en el contexto actual, aunque evidencian el peso específico que tenía el ‘factor Eurovisión’ como incentivo adicional. Aun así, la brillante decisión de RTVE de bajarse de un festival que incluye a Israel tras su genocidio en Palestina no merece siquiera discusión, y sí guiños cómplices como el que le lanzó el sábado Nebulossa.
En conducción, la combinación de Jesús Vázquez, Javier Ambrossi e Inés Hernand —con la incorporación puntual de Lalachus— funcionó con naturalidad. Especialmente destacable fue la química entre Vázquez y Ambrossi: ritmo y mucha complicidad, lo cual es digno de elogio especialmente para alguien menos experimentado como el segundo.
El guion optó por un tono celebratorio, con guiños a la historia reciente del certamen y a los 70 años de Televisión Española, sin caer en el exceso de autorreferencialidad. La puesta en escena volvió a ser uno de los puntos fuertes. Realización ágil, un sonido notable en la mayoría de actuaciones e iluminación algo más discutible.
Fue una noche de ambiente intenso, con los espectadores entregados y con momentos de euforia colectiva en los números grupales y en el medley final que reunió a antiguos concursantes.
ESCAPARATE
El festival sigue siendo un gran escaparate para nombres casi anónimos que, de otro modo, difícilmente habrían accedido a un prime time de esta magnitud.
Esa es hoy su mayor virtud estructural: ofrecer promoción real a proyectos musicales emergentes en una TVE que, desde hace dos décadas, carece de un espacio musical estable que articule industria y audiencia, tal y como hace en otras disciplinas artísticas. En ese sentido, el Benidorm Fest suple una anomalía histórica.
Ahora bien, el nivel medio de las canciones no estuvo a la altura del evento. Hubo propuestas solventes —la teatralidad pop de Miranda! & bailamamá, el folclore estilizado de Rosalinda Galán, y la extraordinaria energía rock de KITAI—, pero escasearon los temas con potencial transversal y recorrido radiofónico inmediato.
La plana ganadora de pegadizo estribillo,‘T amaré’, de Tony Grox & Lucycalys, sumó 166 puntos y logró imponerse gracias a un equilibrio entre jurado (82 puntos), demoscópico (36) y televoto (48, con 11.100 apoyos).
El sistema de votación volvió a ofrecer lecturas interesantes. El jurado profesional otorgó su máxima puntuación a Asha (92 puntos), mientras que el voto demoscópico y el televoto mostraron preferencias más fragmentadas, con Rosalinda Galán e Izan Llunas bien posicionados.
Galán mereció mayor respaldo del jurado, al menos a tenor de la reacción del público, que silbó con claridad ante un atónito Roberto Santamaría, portavoz del mismo en la lectura de las puntuaciones. En sentido contrario, el segundo clasificado recibió, a juicio de quien firma, una puntuación sensiblemente superior a la que su propuesta justificaba.
BALANCE
En la rueda de prensa posterior al show, la omnipresente María Eizaguirre, directora de Comunicación y Participación de RTVE, definió el certamen como «el mayor festival de música del país» y aseguró que ha «afianzado su entidad propia y es capaz de mirar de tú a tú a cualquier otro festival del planeta.
Subrayó además la alianza del concurso con Spotify y Univisión como palanca para «dar un salto de calidad» y, en brillante metáfora, afirmó que RTVE como Corporación «actúa como el sol del universo mediático y, si ese sol no calienta, industrias como la música, el cine o la literatura, pasarían más frío».

Sergio Calderón, director de TVE, afirmó que «TVE se confirma como ‘La Casa de la Música’ con este festival, que es una marca con plena autonomía y solidez». La continuidad para 2027 parece garantizada. El reto será sostener la audiencia sin el arrastre eurovisivo si se mantiene Israel en el plantel y, al mismo tiempo, elevar la exigencia artística.
Si el Benidorm Fest aspira a ser algo más que un gran show televisivo —que ya lo es— deberá incentivar procesos de selección y desarrollo musical más ambiciosos. Cinco ediciones después, el balance es claramente positivo en términos industriales y televisivos. Pocos formatos recientes han articulado con tanta eficacia producción, promoción cultural y conversación social.
El Benidorm Fest ha demostrado que la música puede ocupar el prime time con solvencia. Y, tras analizar la quinta edición, necesita garantizar que la mayoría de las canciones estén a la altura del envoltorio.







