Para muchas familias, la hora de la comida es rutina. Para otras, es tensión. Silencios largos. Negociaciones. Miradas de cansancio. Cuando hay autismo de por medio, sentarse a la mesa puede sentirse como entrar en un terreno minado. Y no, no tiene que ver con caprichos ni con falta de límites. Tiene que ver con algo mucho más profundo: cómo el cerebro percibe el mundo a través de los sentidos.
Más del 90% de los niños dentro del espectro presentan diferencias en el procesamiento sensorial. Dicho de forma sencilla: lo que para unos es normal, para otros puede resultar abrumador. Una textura con grumos, una mezcla inesperada, un olor fuerte… todo eso puede sentirse como un pequeño caos dentro de la boca. No exagero. Para algunos niños, un plato de comida puede parecer una experiencia invasiva, casi amenazante. Y claro, el cuerpo responde rechazándolo.
El plato también puede ser un campo sensorial

Hay algo que se repite mucho: la preferencia por alimentos “seguros”. Pan, galletas, patatas, cosas beige. Alimentos que siempre saben igual, que no sorprenden. ¿Por qué? Porque ofrecen previsibilidad. Y la previsibilidad da calma. Una fresa puede ser dulce hoy y ácida mañana. Un puré puede tener grumos inesperados. Para un cerebro sensible, esa incertidumbre genera ansiedad.
A veces también hay historia detrás. Un atragantamiento, un episodio de vómito, una mala experiencia. El cuerpo recuerda. Y cuando hay debilidad en la musculatura oral —algo bastante común— el acto de comer puede resultar agotador o inseguro. Así que el rechazo no es terquedad. Es protección.
He escuchado a más de una madre decir: “Solo quiero que coma tranquilo”. Y ahí está la clave. Tranquilo. No obligado. Porque forzar nunca construye confianza.
Menos presión, más comprensión

Durante años se ha recurrido a estrategias que, con buena intención, acababan empeorando la situación. “No te levantas hasta que comas”. “Un bocado más”. Pero la evidencia es clara: la coerción aumenta la ansiedad y refuerza el rechazo. Lo que se propone ahora es otra mirada. Más lenta. Más respetuosa.
Tres pilares suelen marcar la diferencia. El primero es la integración sensorial: jugar con texturas, explorar sin presión, dejar que las manos y el cuerpo se acostumbren antes de que la comida llegue a la boca. Arena, plastilina, espuma… parece juego, y lo es, pero también es preparación.
El segundo es el trabajo orofacial. Soplar burbujas, usar mordedores, fortalecer labios y lengua. Si la boca se siente más segura, comer deja de ser una amenaza.
Y luego está el enfoque gradual, el famoso método SOS. Aquí comer es el último paso. Antes viene mirar el alimento, tolerarlo cerca, tocarlo, olerlo. Parece lento (lo es), pero construye algo fundamental: confianza.
Ni dietas milagro ni barra libre

En medio de todo esto aparecen las dietas de exclusión. Gluten fuera. Lácteos fuera. A veces funcionan, sí. Pero no siempre por lo que se cree. La evidencia científica no respalda que eliminar estos alimentos mejore el autismo en sí. Cuando hay mejora, suele deberse a que se estaba tratando una alergia o intolerancia que causaba dolor.
Además, restringir sin supervisión puede traer otros problemas: falta de nutrientes, más gastos, aislamiento social. Y el extremo contrario tampoco ayuda. Vivir solo de alimentos procesados puede llenar el estómago, pero no nutrir el cuerpo. Es lo que algunos llaman “hambre oculta”: calorías de sobra, vitaminas y minerales en falta.
Entonces, ¿qué se hace? Buscar el punto medio. Expandir, no prohibir. A partir de un alimento aceptado, introducir pequeñas variaciones. Cambiar la forma, el color, la marca. Paso a paso. Sin prisa. Sin guerra.









