A veces, las emociones que no escuchamos terminan hablando a través del cuerpo. Hay días en los que el peligro no está delante. No hay incendio, ni accidente, ni una amenaza real. Y aun así, el corazón se acelera, el estómago se encoge, la respiración se corta un poco. ¿Te suena? A Juan le gusta explicarlo con una imagen muy simple: vivimos como si tuviéramos un tigre enfrente… aunque el tigre solo esté en la cabeza.
Antes el peligro era concreto. Algo que podías ver, oler, tocar. Hoy, muchas veces, es imaginado. Pensamos en lo que podría pasar, en lo que tal vez ocurra, en ese “y si…” que no se calla nunca. El cerebro no distingue demasiado entre lo real y lo anticipado. Reacciona igual. Activa la alarma. Sube el cortisol. Se frena la digestión. El cuerpo se pone en modo supervivencia.
Y claro, luego pasa lo que pasa: personas que llegan a urgencias convencidas de que les está dando algo al corazón… y lo que tienen es ansiedad. El cuerpo cree que corre peligro, aunque no lo haya. Es agotador vivir así, como si el mundo estuviera a punto de caerse en cualquier momento.
Las emociones que nacen… y las que aprendimos

Uno de los puntos que más repite Juan es la diferencia entre lo que sentimos de forma natural y lo que hemos aprendido a sentir. Las emociones auténticas —miedo, tristeza, enfado— son parte de estar vivos. Sirven para adaptarnos, para reaccionar, para procesar lo que nos ocurre.
Pero luego están otras: culpa constante, vergüenza, sensación de no ser suficiente. Esas, dice, suelen venir de fuera. Se aprenden. Y con el tiempo se instalan.
Utiliza una metáfora que se queda rondando: la red emocional. Imagina que tu vida es una red por la que todo debería fluir. Si la red está llena de parches —culpa por aquí, miedo por allá, vergüenza en una esquina— llega un momento en el que algo se atasca. Y cuando se atasca… el cuerpo habla.
Dolores de cabeza. Tensión en el cuello. Barriga inflamada. No siempre es solo físico. A veces es la red pidiendo que la revises.
Escuchar el síntoma en lugar de taparlo

La propuesta que lanza no es mágica ni rápida. Pero sí interesante: volver al origen. Si un síntoma apareció en un momento concreto de la vida, quizá conviene mirar qué se sentía entonces. Qué emoción había debajo.
¿Era miedo? ¿Era orgullo herido? ¿Era una tristeza que no se pudo decir?
La idea no es analizarse sin fin. Es cambiar la emoción que se quedó atrapada por una más auténtica, más honesta. Darle al cuerpo la posibilidad de soltar lo que se quedó congelado.
Suena sencillo. No lo es tanto. Pero a veces basta con empezar a mirar hacia dentro en lugar de seguir corriendo hacia fuera.
Cuidar a todos… menos a uno mismo

En la conversación aparece algo muy cotidiano. Muchas personas —y especialmente muchas mujeres— viven pendientes de todo el mundo menos de sí mismas. Cuidan, sostienen, organizan, acompañan… y un día se dan cuenta de que están agotadas. Vacías.
No es raro que de ahí aparezcan la ansiedad o la depresión.
Juan insiste en algo que parece básico, pero no siempre lo hacemos: no vivir en la imaginación de lo que el otro piensa. Si necesitas algo, dilo. Si quieres saber algo, pregunta. Esperar que el otro adivine suele acabar en frustración.
Y aquí lanza una idea curiosa: los humanos podríamos aprender un poco de los perros. Ellos piden lo que quieren. Rechazan lo que no. Sin rodeos. Sin drama. Quizá no sería mala idea intentarlo de vez en cuando.







