domingo, 15 febrero 2026

Pusieron a prueba a una IA en una crisis emocional… y pasó algo inesperado

- La IA puede orientar y calmar un poco, pero la alianza terapéutica sigue marcando la diferencia en la ansiedad.

A veces, una crisis emocional revela quién —o qué— puede sostenernos de verdad. El experimento partía de una pregunta que cada vez más gente se hace en voz baja: ¿puede una inteligencia artificial ayudar cuando la mente se llena de ansiedad y pensamientos obsesivos? Para averiguarlo, se puso frente a frente a una IA —bautizada con humor como “Callabocas”— y a un psicólogo real, Marcos. El presentador simulaba estar atravesando un momento de obsesión y angustia. Primero hablaba con la máquina. Después, con una persona.

El resultado no fue una batalla tecnológica ni una derrota humana. Fue algo más matizado. Un espejo bastante claro de lo que la tecnología puede hacer… y de lo que todavía no puede tocar.

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Lo que la IA hace bien (y sorprende)

crisis emocional
La IA da herramientas, pero no reemplaza la presencia humana. Fuente: IA

Al empezar la simulación, la IA responde de manera bastante correcta. Reconoce la angustia, valida lo que la persona siente y propone algo tan básico —y tan útil— como observar los pensamientos sin juzgarlos. Sugiere respiraciones, pequeñas pausas, ejercicios para bajar la intensidad de la obsesión. Nada estridente. Nada fuera de lugar.

De hecho, el propio psicólogo que observa la escena admite que las herramientas que ofrece son “bastante buenas”. Y hay algo que se agradece: la IA mantiene límites claros. Recuerda que no es una terapia real, advierte de que se trata de un juego y sugiere buscar ayuda profesional si la situación se vuelve peligrosa o impulsiva. No promete milagros. No se pone en un lugar que no le corresponde.

En ese sentido, funciona. Acompaña. Da estructura. A veces, incluso, puede servir de primer apoyo cuando alguien no sabe por dónde empezar.

La distancia que se nota aunque no se vea

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La alianza terapéutica es el “pegamento” que sostiene el proceso. Fuente: IA

Pero hay un momento en el que algo se percibe. No es una frase concreta ni un fallo técnico. Es una sensación. La IA suena correcta… pero también fría. Responde bien, sí, pero desde un lugar muy racional. Y ahí aparece el matiz importante.

Para muchas personas con ansiedad u obsesiones, el problema no es que les falten ideas lógicas. Les sobran. Lo que falta es conexión emocional. Calidez. Presencia.
Marcos lo explica con claridad: la IA no puede transmitir esa energía que se produce cuando alguien te mira, cuando su tono de voz cambia al escucharte, cuando hay un silencio compartido que también acompaña. Puede sonar intangible, pero quien ha estado en terapia lo reconoce al instante.

Hay cosas que no pasan por las palabras. Y en ese terreno, la tecnología todavía se queda corta.

El vínculo que no se puede programar

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La ansiedad baja cuando el cuerpo entra en la conversación. Fuente: IA

En psicología se habla mucho de la alianza terapéutica. Es ese vínculo de confianza que se crea entre terapeuta y paciente. No es solo aplicar técnicas. Es la sensación de que alguien está contigo, de verdad. Que no te está analizando desde fuera, sino acompañando desde dentro.

La IA puede ofrecer estrategias. Puede normalizar lo que sientes. Puede incluso ser un buen recordatorio de que no estás solo. Pero no puede construir un vínculo humano real. No puede generar esa sensación de “esta persona me está viendo”.

Y, en terapia, eso importa más de lo que parece.

Cuando el cuerpo entra en la conversación

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La diferencia se hace más evidente cuando el psicólogo interviene directamente. En lugar de ofrecer consejos rápidos, hace algo distinto: pregunta.
“¿A dónde te llevaría hacer eso?”
“¿Qué sientes en el cuerpo cuando aparece esa urgencia?”

No busca respuestas inmediatas. Busca que la persona se escuche. Le pide cerrar los ojos, localizar la sensación en el cuerpo, notar dónde se instala la ansiedad. Puede parecer sencillo, pero no lo es. Porque la ansiedad no solo vive en la cabeza. También en el pecho, en el estómago, en la respiración.

Ahí es donde el enfoque humano marca una diferencia. No solo se trata de entender lo que ocurre. Se trata de sentirlo, procesarlo, integrarlo.


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