A veces, el cerebro aprende a sobrevivir mucho antes de poder sentirse a salvo. Hay temas que cuesta nombrar. El abuso sexual infantil es uno de ellos. No porque no exista —existe más de lo que nos gustaría admitir— sino porque duele mirarlo de frente. Pero entenderlo, aunque incomode, es una forma de cuidado. De protección. De reparación.
Cuando se habla de abuso sexual infantil (ASI) se hace referencia a cualquier situación en la que un menor es involucrado en dinámicas sexualizadas desde una relación de poder, confianza o autoridad. Suena técnico. Frío. Pero detrás de esa definición hay infancias que tuvieron que aprender demasiado pronto a sobrevivir.
Las cifras son difíciles de ignorar: una de cada cuatro niñas y uno de cada trece niños en el mundo han sufrido algún tipo de abuso. En algunos estudios, casi un tercio de los adultos reconoce haber vivido experiencias de este tipo durante su desarrollo. No son estadísticas lejanas. Son personas.

El especialista Fernando Bravo insiste en que el impacto no se queda solo en lo emocional. También deja huella en el cerebro. En la forma en la que el sistema nervioso se organiza. “El abuso sexual infantil no solo deja marcas psicológicas… altera la trayectoria del desarrollo cerebral”, explica. Y cuando uno se detiene en esa idea, algo encaja: el cuerpo también recuerda lo que la mente intenta olvidar.
Un sistema de alerta que no descansa

Imagina vivir en un estado de amenaza constante. No un susto puntual, sino una sensación sostenida de peligro. El cuerpo, que está diseñado para protegernos, activa su sistema de defensa. Libera cortisol, acelera la alerta. Eso es normal… por un rato.
El problema aparece cuando ese “por un rato” se convierte en años.
En contextos de abuso, el sistema de estrés no logra apagarse. Se queda encendido. Y con el tiempo se agota o se desregula. Ese exceso de cortisol sostenido afecta al cerebro, a las conexiones neuronales, incluso a la forma en la que las células envejecen. No es solo una cuestión emocional. Es biológica. Es física.
Puede que por fuera no se vea. Pero por dentro el organismo vive en tensión. Como si siempre estuviera esperando que algo malo vuelva a ocurrir.
El cerebro se adapta para sobrevivir

El cerebro infantil es increíblemente plástico. Se moldea según el entorno. Y cuando el entorno es inseguro, se adapta para sobrevivir.
La amígdala —la parte que detecta el peligro— se vuelve hipersensible. Todo parece una amenaza.
El hipocampo, que ayuda a organizar la memoria y a calmar la respuesta al estrés, se debilita.
La corteza prefrontal, esa que permite pensar con claridad y regular impulsos, pierde fuerza.
El resultado no es un niño “difícil”. Es un niño que ha aprendido a estar en alerta.
Fernando Bravo lo explica con claridad: un niño que vive abuso recurrente desarrolla un cerebro mucho más estresado, donde la respuesta de alarma se amplifica y se perpetúa.
A veces, al escuchar esto, recuerdo conversaciones con adultos que dicen: “No entiendo por qué reacciono así”. Y quizá la respuesta esté ahí. En un sistema nervioso que se entrenó para sobrevivir mucho antes de poder descansar.
Lo que ayudó a sobrevivir, luego pesa
Muchas de las respuestas que aparecen después —ansiedad, desconexión emocional, dificultad para confiar— no son caprichos ni debilidades. Fueron estrategias de supervivencia.
La disociación, por ejemplo, puede haber sido una forma de soportar lo insoportable. De “salir” mentalmente cuando el cuerpo no podía irse. En ese momento, funcionó. Protegió.
Pero el problema es que el cuerpo no siempre sabe que el peligro terminó. Y esas estrategias que salvaron en la infancia pueden volverse pesadas en la adultez. Se transforman en depresión, fatiga crónica, ansiedad persistente. No porque la persona quiera. Sino porque su sistema nervioso aprendió así.
Esto también cambia la mirada en la escuela, en la consulta, incluso en el ámbito legal. Un niño que cambia de conducta de repente, que se aísla o que somatiza, no siempre está “portándose mal”. A veces está pidiendo ayuda sin saber cómo.
Y un relato fragmentado o confuso no significa necesariamente que no sea real. El trauma altera la memoria. No la invalida.









