Hay consultas médicas en las que el síntoma aparece claro en una analítica. Y otras —cada vez más— en las que el cuerpo trae algo que no se ve tan fácilmente. La Dra. Lised Garzón lleva tiempo observando ese cruce silencioso entre lo físico y lo emocional en la salud de la mujer. Y su punto de partida es sencillo, casi de sentido común: no se puede entender el cuerpo femenino sin mirar también lo que siente.
Porque, seamos honestas, ¿cuántas veces hemos normalizado el dolor? ¿Cuántas veces nos han dicho que “es lo que toca”? Garzón insiste en que muchas dolencias ginecológicas no nacen solo de un desajuste físico. A veces son historias no resueltas que el cuerpo acaba contando a su manera. Dolores pélvicos que se alargan, ciclos que se desordenan, flujos persistentes… no siempre hay una causa visible en las pruebas, pero eso no significa que no exista.
“Creo que las mujeres somos emoción sobre pensamientos”, dice. Y la frase, aunque suene sencilla, tiene mucha miga. Porque si el mundo emocional se mueve, el cuerpo también lo hace. Es casi como una marea.
Hormonas, estrés y ese cansancio que no se va

Uno de los puntos en los que la doctora pone más énfasis es el estrés. No el puntual, ese de una semana complicada. El crónico. El que se instala y se queda a vivir dentro. Cuando la ansiedad se prolonga, el cortisol sube. Y cuando el cortisol sube durante demasiado tiempo, el cuerpo empieza a desordenarse por dentro.
Ahí aparecen problemas que muchas mujeres conocen de cerca: ciclos irregulares, síndrome de ovario poliquístico, dificultades para quedarse embarazadas. Incluso en diagnósticos complejos como la endometriosis, explica, no basta con tratar el cuerpo sin atender también al estado emocional. La meditación, el descanso real o el mindfulness no son un “extra espiritual”, sino una parte del tratamiento.
Puede sonar extraño al principio. Pero cuando el sistema nervioso se calma, el cuerpo responde. Y eso se nota.
Conocerse para no normalizar el malestar

Hay algo que Garzón repite con bastante firmeza: no deberíamos acostumbrarnos al dolor como si fuera inevitable. Sin embargo, muchas lo hemos hecho. Lo hemos integrado en la rutina. Lo hemos silenciado.
Por eso insiste en el autoconocimiento. En observar el ciclo. En anotar cambios. En escuchar lo que el cuerpo dice en voz baja antes de que tenga que gritar. Recomienda incluso herramientas tan prácticas como la copa menstrual, no solo por higiene, sino porque permite ver con claridad cuánto se sangra realmente. (Un dato que sorprende: más de 80 ml por ciclo ya no se considera normal).
La idea no es obsesionarse, sino reconectar con el propio cuerpo. Volver a sentirlo como un aliado, no como un misterio que solo se mira en la consulta médica.
Sexualidad, historia personal y etapas que cambian

Otra parte delicada —y muy real— tiene que ver con la sexualidad. El dolor en las relaciones íntimas, explica la doctora, muchas veces no es solo físico. Puede estar relacionado con tensiones musculares inconscientes, aprendizajes emocionales o experiencias pasadas que el cuerpo no ha olvidado. En esos casos, el enfoque debe ser más amplio. Más humano. Más acompañado.
Y luego está la menopausia. Esa etapa de la que tanto se habla… y tan poco se comprende. Garzón propone mirarla de otra manera. No como un final, sino como una etapa de plenitud posible. Una edad en la que la mujer puede seguir disfrutando de su cuerpo y su sexualidad si recibe información, tratamiento y apoyo adecuados.
“No se tiene que vivir con resignación”, dice. Y quizá ahí está la clave: no resignarse.









