domingo, 15 febrero 2026

José Luis Marín (75), psiquiatra: “La ansiedad dejó de ser un síntoma y se convirtió en un trastorno”

El psiquiatra José Luis Marín advierte que la ansiedad pasó de ser una señal humana a convertirse en diagnóstico, impulsando una medicalización del malestar que ignora causas emocionales y reduce problemas vitales a tratamientos farmacológicos.

Durante décadas la medicina miró al ser humano como un conjunto de órganos y funciones. Sin embargo, algo cambió en el camino. Según el psiquiatra y psicoterapeuta José Luis Marín, la práctica clínica fue perdiendo de vista a la persona para centrarse casi exclusivamente en la enfermedad. En ese proceso, la ansiedad dejó de entenderse como una señal de alarma y pasó a tratarse como un diagnóstico en sí mismo.

Marín, formado en la Universidad de Gante y con una extensa trayectoria profesional, sostiene que la psiquiatría moderna ha contribuido a medicalizar el malestar cotidiano. Para él, sufrir y tener ansiedad no son una patología, sino una condición humana inevitable. El problema surge cuando todo dolor emocional se traduce en etiquetas y fármacos, sin atender a la historia que hay detrás de cada paciente.

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Cuando la psiquiatría cambió de rumbo de la ansiedad

Cuando la psiquiatría cambió de rumbo de la ansiedad
Fuente: agencias

El especialista sitúa un punto de inflexión muy concreto: el año 1980. Con la publicación del DSM-III, el manual de diagnóstico de los trastornos mentales, se impuso una nueva manera de entender la salud mental. A partir de entonces, explica, se empezó a mirar más la lista de síntomas que el contexto vital de las personas.

Hasta ese momento, la ansiedad era interpretada como lo que realmente es: un aviso de que algo importante está ocurriendo. Un mecanismo natural frente al conflicto, parecido a la fiebre en medicina general. Pero desde entonces pasó a ser considerada un trastorno con principio y final, desligada de las circunstancias que la provocan.

“El problema no es el manual en sí”, aclara Marín, “sino el uso que se le dio”. Lo que nació como una herramienta estadística terminó convirtiéndose en la guía principal para decidir tratamientos. Así, la ansiedad comenzó a abordarse como un problema químico que debía resolverse con medicación, en lugar de entenderse como una reacción humana ante experiencias difíciles.

El cambio tuvo consecuencias profundas. Según el psiquiatra, los profesionales dejaron de preguntar “qué te ha pasado” para limitarse a “qué te pasa”. Una diferencia aparentemente sutil que transformó por completo la relación entre médico y paciente.

La medicalización del sufrimiento

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Marín insiste en una idea central: sufrir no es una enfermedad mental. La ansiedad, la tristeza o el miedo forman parte de la vida desde siempre. Lo novedoso, dice, es la tendencia actual a prohibir cualquier forma de malestar y a convertirlo de inmediato en un problema clínico.

En su opinión, vivimos en una cultura que niega el sufrimiento y lo reemplaza por soluciones rápidas. Si aparece la ansiedad, se busca un ansiolítico. Si surge la tristeza, se receta un antidepresivo. Y cuando no hay fármacos de por medio, se ofrecen otros remedios de consumo inmediato: viajes, compras o promesas de felicidad instantánea.

No niega que los medicamentos puedan ser útiles. De hecho, reconoce haber recetado psicofármacos durante años. Pero remarca que son un recurso, no el tratamiento definitivo. Utilizarlos sin atender a las causas profundas de la ansiedad puede aliviar temporalmente, aunque rara vez resuelve el problema de fondo.

El psiquiatra también cuestiona la idea de que exista una epidemia real de trastornos mentales. A su juicio, lo que ha crecido de forma desmesurada es el número de diagnósticos. Hoy se etiqueta como patológica cualquier manifestación de ansiedad, incluso cuando responde a preocupaciones perfectamente normales.

Un ejemplo claro es la llamada “ecoansiedad”. Para Marín, preocuparse por el cambio climático o por el futuro del planeta no debería considerarse un trastorno. Sin embargo, ya se están diseñando escalas para medir esa ansiedad y tratamientos específicos para combatirla.

Detrás de este fenómeno ve intereses económicos evidentes, aunque no responsabiliza únicamente a la industria farmacéutica. También señala a los propios médicos, que durante años aceptaron sin demasiadas preguntas un modelo que simplificaba en exceso la complejidad humana.

Para él, la clave está en volver a escuchar. Entender que la ansiedad casi siempre tiene raíces emocionales y biográficas. Que detrás de cada síntoma hay una historia de pérdidas, miedos o experiencias traumáticas. Y que el tratamiento comienza cuando alguien se sienta a preguntar con verdadera curiosidad: “¿qué te ha pasado?”.

Marín defiende que madurar implica aprender a convivir con el dolor. La vida, recuerda, es una sucesión de duelos y frustraciones. Pretender eliminar cualquier rastro de ansiedad es, en el fondo, infantilizar a la sociedad.


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