El plato que repites cada día acaba moldeando tu salud. Hay debates que parecen eternos. Carne o plantas. Proteína animal o vegetal. Lo vemos en redes, en consultas, en la mesa de cualquier comida familiar. Pero, curiosamente, en medio de tanta discusión, hay un punto en el que casi todos se dan la mano: el gran problema no es la carne ni las verduras, son los ultraprocesados.
Y eso, cuando lo escuchas por primera vez, te hace fruncir el ceño. Porque durante años nos dijeron que el enemigo estaba en la grasa, luego en los carbohidratos, después en el azúcar… y al final parece que el verdadero villano se ha colado silenciosamente en forma de galleta industrial, cereales de caja o pan blanco de bolsa. Cosas pequeñas. Cotidianas. Normales. Demasiado normales.
Ambos expertos lo tienen claro. La forma de comer que se ha promovido durante las últimas décadas —esa que nos parecía equilibrada— ha llenado la despensa de harinas refinadas, azúcares añadidos y productos que apenas alimentan. Desayunos que parecen inocentes, como un bol de cereales con leche y un zumo, pueden convertirse en una montaña rusa para la insulina. Subes rápido, bajas rápido… y el cuerpo, mientras tanto, intentando seguir el ritmo.
La mirada hacia atrás: comer como antes

El Dr. Lodiguiani lo plantea desde una idea sencilla, casi primitiva. Durante millones de años fuimos cazadores-recolectores. Comíamos lo que encontrábamos: animales, insectos, plantas silvestres. Nada de paquetes con fecha de caducidad. Nada de productos con veinte ingredientes.
Desde ese enfoque, defiende que nuestro cuerpo sigue funcionando mejor con proteínas animales como base. Cree que los granos y los carbohidratos en exceso —aunque sean “de toda la vida”— son relativamente nuevos en nuestra historia y que el organismo no siempre los gestiona bien. Cuando la dieta se centra en azúcares y harinas, la insulina se dispara y el cuerpo almacena grasa como si se preparara para un invierno que nunca llega.
Es una visión que conecta con algo muy intuitivo: volver a lo simple. A lo que se reconoce como comida de verdad.
La otra orilla: cuidar el corazón y el intestino

Medsin Acosta, en cambio, mira el asunto desde otro ángulo. No niega el daño de los ultraprocesados —ahí coincide plenamente—, pero advierte sobre el exceso de grasas saturadas de origen animal. Recuerda que las enfermedades cardiovasculares siguen siendo una de las principales causas de muerte y que lo que ponemos en el plato tiene mucho que ver.
Defiende las legumbres con pasión. Frijoles, lentejas, garbanzos. Alimentos humildes que, sin hacer ruido, alimentan al cuerpo y a la microbiota intestinal. Esa comunidad de bacterias que vive en nosotros y que, cada vez se sabe más, influye en todo: en la digestión, en el metabolismo, incluso en el estado de ánimo.
Según su planteamiento, la fibra de las plantas es una pieza que falta cuando la dieta se basa demasiado en proteína animal. Y sin esa fibra, el equilibrio interno se resiente. El cuerpo no funciona igual.
A veces me hace gracia pensar que lo que ahora llaman “superalimentos” son, en realidad, los mismos platos de cuchara que comían nuestros abuelos. (Quizá no íbamos tan mal encaminados.)
La imagen que no convence a nadie

Lo curioso es que, pese a sus diferencias, ambos expertos coinciden en criticar la nueva imagen del famoso “plato saludable” que se ha difundido recientemente. Uno dice que muestra demasiada carne. El otro, que no refleja bien el mensaje real del texto. Nadie parece del todo satisfecho con ese dibujo que intenta resumir lo que deberíamos comer.
Y quizá ahí está el problema: simplificar algo tan complejo como la alimentación en un solo gráfico. Comer no es solo nutrirse. Es cultura, hábito, emoción, tiempo. Es lo que hay en la nevera y lo que te apetece cuando llegas cansado a casa.









