sábado, 14 febrero 2026

Sufría picos de ansiedad de ansiedad a menudo y desde que aplico este método los elimino rápido

- Especialistas explican por qué la ansiedad en adultos se vive como un “exceso de futuro” y cómo aprender a gestionarla.

Hay algo curioso con la ansiedad: no siempre se ve, pero se siente en todas partes. En el pecho, en el estómago, en la cabeza que no para. En esa sensación de estar siempre un paso por delante de lo que ocurre, como si la mente se hubiera acostumbrado a vivir en el mañana.

Cada vez más especialistas coinciden en que la ansiedad en adultos se ha vuelto casi una compañera silenciosa de vida. No porque sea nueva, sino porque ahora se habla más de ella. Aun así, sigue rodeada de mitos. De frases hechas. De esa idea equivocada de que basta con “relajarse” o “poner de tu parte”. Como si fuera un interruptor. Como si se pudiera apagar con voluntad.

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La describen de una forma que me parece muy gráfica: la ansiedad es un exceso de futuro. Pensar en lo que puede salir mal. En lo que quizá ocurra. En escenarios que no existen, pero que el cuerpo vive como reales. Y mientras tanto, el presente queda en segundo plano, casi borroso.

El cuerpo también habla, y a veces grita

ansiedad
La ansiedad puede sentirse en el cuerpo incluso cuando no hay peligro real. Fuente: IA

Cuando el miedo se instala demasiado tiempo, el cuerpo entra en modo alerta. Como si estuviera preparado para huir o defenderse… aunque no haya peligro delante. Ahí aparece el cortisol, esa hormona que nos activa para reaccionar. El problema es cuando no se apaga.

Entonces llegan las señales. El estómago revuelto. La mandíbula tensa. El cuello rígido. El pecho apretado. La ansiedad no se queda solo en la cabeza, baja al cuerpo y se instala. Hay quien siente que no puede respirar bien. Quien se despierta cansado. Quien vive con una inquietud constante sin saber exactamente por qué.

Conozco a personas que han acabado en urgencias pensando que sufrían un infarto y era ansiedad. No es exagerado. El cuerpo reacciona con intensidad real a un peligro imaginado. Y eso desgasta. Mucho.

El problema de no sentirse entendido

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Respirar y volver al presente ayuda a romper el bucle de pensamiento. Fuente: IA

Quizá una de las partes más difíciles no sea la ansiedad en sí, sino lo que viene alrededor. Comentarios bienintencionados que duelen. “No es para tanto”. “Relájate”. “Tienes que ser más fuerte”.

La realidad es que la ansiedad no es una elección. No se activa porque alguien quiera. Y no desaparece porque alguien lo ordene. Por eso se insiste tanto en la educación emocional desde pequeños. En aprender a reconocer lo que sentimos antes de que se convierta en una bola demasiado grande.

Imagino lo distinto que habría sido crecer sabiendo poner nombre a lo que pasa por dentro. Sin culpa. Sin vergüenza. Con herramientas.

Pequeños gestos que ayudan a volver al presente

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El estrés sostenido mantiene al cuerpo en alerta constante. Fuente: IA

No hay una fórmula única para gestionarla, pero sí pequeños anclajes que pueden ayudar. Algo tan simple como respirar despacio y profundo. Parece obvio, pero funciona. La respiración es una puerta directa al sistema nervioso. Cuando se calma, todo se calma un poco.

También sirve activar los sentidos. Mirar alrededor y nombrar lo que ves. Tocar algo frío o rugoso. Escuchar sonidos cercanos. Oler. Saborear. Es una forma de decirle al cerebro: estás aquí. Ahora. No en ese futuro imaginado.

A veces, lo que más ayuda es moverse. Caminar. Ordenar. Hacer algo manual. Algo repetitivo. El cuerpo necesita sentir que puede salir del bucle de pensamiento.

Y luego está la parte más difícil: aceptar que la ansiedad está ahí sin pelearse constantemente con ella. No significa rendirse. Significa dejar de añadir más tensión a la tensión. Aceptarla, observarla y, si hace falta, pedir ayuda.

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