La realidad en el frente de batalla de Ucrania ha dado un giro drástico tras casi cuatro años de conflicto ininterrumpido. Lo que comenzó como un estallido de fervor patriótico y solidaridad internacional se ha transformado hoy en un escenario de desgaste profundo, donde la fatiga y las dificultades logísticas marcan el día a día de la guerra.
Fermín Torrano, quien ha recorrido el terreno en 2024 y 2025, explica las grietas de una resistencia que enfrenta su invierno más duro. Desde la desilusión de los combatientes extranjeros hasta el agotamiento de la población civil, el panorama actual de la guerra revela una complejidad humana que va mucho más allá de los titulares estratégicos.
El fenómeno de los combatientes latinos en la guerra

Al inicio del conflicto entre Rusia y Ucrania, el mundo observó una oleada de voluntarios internacionales que acudieron a la llamada de Kiev. Entre ellos se mezclaban exmilitares de élite, como los Navy Seals, con perfiles menos preparados que buscaban una experiencia casi cinematográfica. Sin embargo, con el paso del tiempo, la composición de estas brigadas ha cambiado radicalmente. Según relata Torrano, el 40% de los extranjeros que combaten hoy en las filas ucranianas son latinoamericanos, principalmente colombianos.
Lo que empuja a un soldado a viajar miles de kilómetros hacia una guerra que no pertenece a su esfera geopolítica no es, en la mayoría de los casos, la ideología. «La gran mayoría es por dinero», señala el reportero. Mientras que en Colombia un militar puede percibir unos 400 dólares, en el frente ucraniano la promesa alcanza los 4.000. No obstante, la realidad es mucho más cruda: para acceder a esos bonos, los soldados deben integrarse en grupos de asalto de altísimo riesgo.
La gestión de estos voluntarios ha pasado de ser una cuestión de relaciones públicas a una necesidad táctica desesperada, evidenciando que Ucrania tiene problemas serios para movilizar a su propia gente.
Entre la deserción y el agotamiento en el frente
La guerra no solo consume recursos, sino también la esperanza de quienes están en la primera línea. Fermín Torrano destaca que la moral de las tropas se encuentra en uno de sus puntos más críticos. Este bajío anímico coincide con el recrudecimiento de las condiciones de vida, tanto para militares como para civiles, quienes sufren cortes de luz masivos de hasta 12 horas. La gente ve que esto no acaba», explica el periodista, subrayando que la promesa de apoyo incondicional de Occidente se siente cada vez más lejana y frágil.
Esta caída en el ánimo ha derivado en situaciones de deserción que antes eran impensables. Torrano recuerda el caso de un ucraniano que vivió en Madrid y regresó para luchar por su país, pero que al cumplir los 59 años y verse destinado a cavar trincheras en los puntos más peligrosos, decidió que su sacrificio ya no tenía sentido.
A pesar de este agotamiento, existe un consenso tácito entre los soldados: no están dispuestos a entregar el Donbás. Para muchos, ceder ese territorio significaría invalidar la muerte de sus compañeros y perder la región más fortificada del país, lo que dejaría la puerta abierta a una invasión aún más profunda. Es una dualidad trágica donde el deseo de que termine el infierno de la guerra choca frontalmente con el peso simbólico de los caídos.
La situación actual en Ucrania es un recordatorio de que la guerra es, ante todo, un proceso de desgaste humano. Las brigadas ya no solo luchan contra el enemigo, sino contra el frío, la falta de suministros y la sensación de olvido mediático. Mientras el foco del mundo se desplaza hacia otros conflictos, los soldados en el frente intentan mantener una posición defensiva en una guerra que parece haberse estancado en el barro y la incertidumbre.
A pesar de las campañas de reclutamiento específicas para atraer a más latinoamericanos y las mejoras en las condiciones de pago, la realidad estructural no cambia. La guerra sigue exigiendo un precio altísimo que muchos ya no están seguros de poder pagar. La resiliencia ucraniana, aunque histórica, se enfrenta hoy a su prueba de fuego definitiva bajo la sombra de un invierno que amenaza con ser el más oscuro desde que comenzó la guerra.
La guerra ha transformado la fisonomía de ciudades como Kiev, donde los homenajes en el Maidán se llenan de banderas colombianas, un testimonio silencioso de cómo este conflicto ha globalizado el dolor. Al final del día, sea por principios o por necesidad económica, quienes caen en el frente dejan tras de sí un vacío que ninguna compensación económica puede llenar.









