sábado, 14 febrero 2026

Por qué tu cerebro podría estar funcionando en “modo recompensa” todo el día

- Una reflexión íntima sobre cómo las adicciones invisibles moldean nuestra identidad sin que nos demos cuenta.

El cerebro busca placer rápido, pero anhela calma duradera. Hay preguntas que te pillan desprevenido. Esta es una de ellas. ¿Quién eres sin tu adicción?
No hablo solo de las grandes palabras que solemos asociar a las dependencias. También de lo pequeño. De lo cotidiano. Del café que “necesitas” para ser persona por la mañana, del móvil que consultas sin darte cuenta, de ese chute de aprobación cuando alguien te aplaude o te escribe. A veces no es una sustancia. Es una costumbre que se ha colado en la identidad.

Y es curioso, porque casi todos vamos por la vida creyendo que somos lo que hacemos. Nuestro trabajo. Nuestros logros. Nuestra imagen. El personaje que hemos construido con paciencia y algo de miedo. El ego —ese narrador interno que no se calla nunca— se agarra a todo eso como si fuera un salvavidas. Pero ¿qué pasa cuando ese salvavidas desaparece?
Ahí aparece el vértigo. La sensación de vacío. Como si al quitar una pieza se desmontara todo el puzzle.

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No es un fallo personal. Es algo bastante humano, en realidad. Nos identificamos con lo externo porque da seguridad. Lo complicado llega cuando dejamos de tener hábitos… y empezamos a ser esos hábitos. Entonces, si se van, parece que nos vamos nosotros también.

Adicciones visibles, adicciones silenciosas

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Cuando el hábito se vuelve identidad, aparece el vértigo. Fuente: IA

No todas las dependencias son igual de evidentes. Algunas son ruidosas y otras se esconden en la normalidad. Puedes ser adicto a una sustancia, sí, pero también al reconocimiento, al control, al ritmo frenético de vida. Incluso a la sensación de estar ocupado (que también engancha, por cierto).

La clave no está en el hábito en sí, sino en lo que ocurre cuando falta. Si al desaparecer el estímulo sientes que tu vida pierde sentido, algo está pasando.
No recibir “likes”. No viajar. No tener ese plan que te hace sentir importante. Pequeñas ausencias que, de pronto, pesan demasiado.

El primer paso no es dramatizar. Es reconocer. Todos, absolutamente todos, buscamos nuestras dosis de bienestar de alguna manera. La diferencia está en si elegimos esas dosis o si ellas nos eligen a nosotros.

La química que nos mueve sin pedir permiso

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El cerebro busca placer rápido, pero el equilibrio llega despacio. Fuente: IA

Detrás de todo esto hay un baile silencioso dentro del cuerpo. Un cóctel de sensaciones que nos empuja a repetir lo que nos hace sentir bien.
La dopamina, por ejemplo, es la reina de la inmediatez. Llega rápido, brilla fuerte y se va pronto. Es ese subidón que te hace querer más. Y más.
La serotonina es otra historia. Más tranquila. Más profunda. No explota, pero sostiene. Es como esa música de fondo que no notas hasta que falta.
Y luego está la oxitocina, que aparece en lo más sencillo: un abrazo, una conversación sincera, una risa compartida. El cuerpo entiende de vínculos mucho mejor que de pantallas.

A veces pensamos que buscamos placer, pero en realidad buscamos calma. O pertenencia. O descanso. (O todo a la vez, seamos honestos).

Aprender a esperar, aprender a elegir

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No todas las adicciones se ven, algunas se sienten por dentro. Fuente: IA

Una de las herramientas más simples —y más difíciles— es la gratificación retardada. Traducido: no darte siempre lo que te pide el impulso en el momento exacto en que lo pide.
Retrasar el café unos minutos. No mirar el móvil al instante. Dejar que el deseo exista sin obedecerlo automáticamente. Parece poca cosa, pero cambia mucho. El sistema nervioso se recoloca. La mente se serena. Y aparece algo que habíamos olvidado: la capacidad de elegir.

No se trata de eliminar los placeres. Sería absurdo. Se trata de no vivir encadenados a ellos. De poder tomarlos o dejarlos sin que eso defina quién eres.

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