A veces un cambio real empieza cuando ya no puedes seguir ignorando lo que ves en el espejo. La historia de Alex García, a quien muchos conocen como Alexcomunica, no es la típica de “me puse a dieta y listo”. Es más bien la de alguien que se cansó de verse desaparecer poco a poco. Con 42 años y casi 130 kilos encima, decidió que no podía seguir viviendo en ese cuerpo que ya no reconocía. Poco más de un año después había perdido 53 kilos. Pero, si le preguntas, te dirá que lo importante no fue el peso. Fue recuperar el mando.
Porque, seamos sinceros, todos sabemos más o menos qué hay que hacer para adelgazar. Comer mejor. Moverse más. Dormir bien. El problema casi nunca es la información. Es la razón por la que decides cambiar. En su caso, esa razón fue incómoda. Dolorosa. Una de esas que no te deja mirar hacia otro lado.
Todo empezó en un momento cualquiera, jugando con su hijo Eloy. Se quedó sin aire, con las rodillas quejándose, agotado. Y entonces pensó en su madre. Obesidad mórbida. Silla de ruedas. Una muerte demasiado temprana. “No quería repetir esa historia ni que mi hijo tuviera que cargar con la mía”, ha contado alguna vez. Ahí apareció lo que él llama la “motivación que duele”. Esa que no te deja escapatoria. O cambias o cambias.
Cambiar el cuerpo empieza por la cabeza

Rechazó la cirugía. Nada de atajos médicos. Lo suyo fue una reestructuración completa: hábitos, alimentación, mentalidad. De esas que incomodan al principio (y bastante). Empezó con ayuno intermitente desde el primer día, 18 horas sin comer. Con el tiempo alargó ayunos puntuales. Eliminó azúcares, harinas, ultraprocesados. Simplificó. Proteína, verduras, alimentos reales. Y cuando el antojo dulce aparecía —porque aparece, claro— buscaba alternativas menos dañinas: cacao puro, boniato, calabaza.
No fue un camino perfecto. Ni fácil. Ni lineal. Pero fue sostenido. Y eso lo cambia todo.
Moverse cuando el cuerpo pesa demasiado

Al principio, el médico le prohibió el gimnasio. Demasiado peso para las rodillas. Así que empezó por lo básico: caminar. Mucho. Caminar hasta tres horas al día. Nadar. Lo que el cuerpo permitiera. En esa primera fase perdió entre 20 y 30 kilos. Luego llegó el temido estancamiento. Ese momento en el que la báscula se queda quieta y la cabeza empieza a sabotear. ¿Te suena?
Ahí introdujo la fuerza. Poco a poco. Y el cuerpo empezó a cambiar de forma, no solo de peso. También sumó algo que parece menor pero no lo es: moverse más en el día a día. Escaleras en vez de ascensor. Paseos en vez de coche. 10.000 pasos. 12.000. Lo que hiciera falta.
Porque, al final, no se trata solo de entrenar una hora. Se trata de cómo vives el resto del día.
Pequeñas incomodidades que fortalecen

Alex también incorporó lo que se conoce como hormesis: pequeños estreses controlados que fortalecen el cuerpo. Duchas frías. Baños en el mar. Respiración nasal. Cosas que, dicho así, suenan intensas. Pero que para él se convirtieron en rituales. Formas de recordarle al cuerpo que puede adaptarse. Que puede resistir. Que puede volver a empezar.
No es tanto la técnica como el mensaje: si te expones a pequeñas incomodidades voluntarias, te haces más fuerte para las involuntarias.
La mentalidad que lo sostiene todo
Si hay algo que repite es esto: sin mentalidad no hay cambio que dure. Aunque su transformación fue radical por el punto en el que se encontraba, no recomienda a todo el mundo hacerlo así. Habla de la filosofía Kaizen. Pasos pequeños. Promesas que sí puedes cumplir. Confianza que se construye poco a poco. Porque cada vez que te cumples a ti mismo, algo cambia por dentro.
Dice que hoy no persigue dinero ni validación. Que persigue paz. Tiempo. Libertad. Suena simple, pero no lo es tanto. Cuando el cuerpo deja de ser una carga, la vida pesa menos.









