viernes, 13 febrero 2026

Miriam San José, experta en adicciones: “Dentro de casa era una adolescente pintando al óleo; fuera era una yonqui”

Miriam San José relata cómo una adolescente llevó una doble vida marcada por la heroína hasta tocar fondo. Hoy, convertida en experta en adicciones, transforma su experiencia en prevención y educación para familias y jóvenes.

Miriam San José, experta en adicciones, tenía 15 años cuando la heroína entró en su vida. No llegó desde un entorno marginal ni desde una infancia rota, llegó tras una llamada telefónica en un internado de Zamora. Al otro lado, su madre le comunicaba que el chico del que estaba enamorada había muerto por sobredosis.

Aquel impacto partió su adolescencia en dos. Lo que comenzó como una pregunta —“¿qué es la droga y cómo ha podido llevarse a la persona que yo más quiero?”— terminó convirtiéndose en una de esas historias que explican, con crudeza, cómo funcionan las adicciones cuando nadie ha enseñado a mirarlas de frente.

Publicidad

Adicciones: Una doble vida que nadie supo ver

Adicciones: Una doble vida que nadie supo ver
Fuente: agencias

Miriam creció en Benavente, en el seno de una familia joven y estructurada. Era buena estudiante, hija querida, apasionada por la pintura. No había carencias materiales ni conflictos graves. Sin embargo, hoy reconoce que desde niña sentía una sensación difícil de explicar: la de no encajar del todo. Esa vulnerabilidad silenciosa, sumada al duelo no gestionado por la muerte de su pareja, actuó como detonante.

La primera vez que fumó heroína lo hizo desde la ignorancia. Antes había probado alcohol y cocaína, pero no encontró en ellas lo que buscaba. “Necesitaba algo que anestesiara el dolor”, ha explicado en varias ocasiones. La heroína lo hizo. Y ese alivio inmediato es uno de los grandes engaños de las adicciones.

El consumo avanzó rápido. Su cerebro adolescente aún no estaba completamente desarrollado. La emoción dominaba al razonamiento. En apenas semanas comenzó a necesitar dinero, a mentir, a ocultar. Dentro de casa seguía siendo la adolescente que pintaba al óleo y soñaba con su futuro. Fuera, buscaba desesperadamente la siguiente dosis.

La doble vida fue el desgaste más profundo. “Ya no existía yo, solo existía conseguir dinero o que no se notara”, recuerda. Fumaba en los baños del instituto, desaparecía el dinero que recaudaba como delegada de clase y llegó a vender objetos de su propia casa. Las adicciones, cuando se instalan, reorganizan prioridades y erosionan la identidad.

Nada de aquello encajaba con el estereotipo que su entorno tenía sobre el consumo. En los años noventa, en un pueblo pequeño, la heroína se asociaba a otra imagen. El estigma y la falta de información jugaban en contra. Nadie imaginaba que aquella chica aplicada pudiera estar desarrollando una dependencia severa.

El momento de ruptura llegó con el síndrome de abstinencia. Insomnio, sudoración, ansiedad extrema. “Algo me está pasando”, pensaba. La conciencia del problema apareció cuando ya no podía sostener la normalidad cotidiana. Las adicciones habían tomado el control.

De la heroína a la prevención: transformar el dolor en propósito

YouTube video

Miriam no pidió ayuda. Se la ofrecieron. Una alerta desde el instituto llegó a su madre, que contactó con una asociación especializada en adicciones en Castilla y León. Acompañada, sin expectativas claras y físicamente muy deteriorada, dio el primer paso. Pesaba apenas 40 kilos.

Recuerda con nitidez a la trabajadora social que la atendió. “Hay personas que pasan por tu vida y la cambian”, suele decir. A partir de ahí comenzó un proceso largo, con recaídas emocionales, culpa y reconstrucción personal. La recuperación no fue inmediata ni sencilla, pero fue posible.

Hoy, décadas después, Miriam San José es experta en adicciones y trabaja en prevención y acompañamiento. Su discurso desmonta mitos. Insiste en que no todas las adicciones nacen de familias desestructuradas. Habla de predisposición, de patrones familiares previos, de factores genéticos y de detonantes traumáticos. Y, sobre todo, de desconocimiento.

“La falta de información fue tremenda”, sostiene. Por eso centra buena parte de su labor en educar a padres y adolescentes. Defiende que la prevención no puede basarse únicamente en el castigo o el miedo. Propone escucha activa, ausencia de juicio y espacios seguros donde un hijo pueda reconocer que ha probado una sustancia sin temor a ser expulsado emocionalmente del hogar.

En su experiencia, muchas adicciones podrían detectarse antes si existiera formación específica para las familias. Comprender cómo se desarrolla la dependencia, cómo actúa el cerebro ante el refuerzo inmediato y qué señales tempranas observar puede marcar la diferencia.

También insiste en la importancia de renunciar a ciertas expectativas cuando la vida está en juego. “Afortunadamente no terminé aquel curso”, reflexiona. A veces, preservar estudios o apariencias retrasa decisiones urgentes. En materia de adicciones, el tiempo es un factor decisivo.

Su historia no busca dramatizar. Busca prevenir. Miriam habla sin victimismo y sin eufemismos. Sabe que las adicciones no distinguen clase social ni género. Y que detrás de cada caso hay una combinación única de vulnerabilidad, circunstancias y silencio.


Publicidad