Entrenar la mente para vivir mejor ya no es una promesa lejana ni una teoría académica. La neurociencia aplicada demuestra que es posible modificar hábitos, emociones y conductas mediante ejercicios concretos. Según la especialista española Ana Ibáñez, el cambio personal no depende del azar, sino de comprender cómo funciona el cerebro y aprender a trabajarlo de manera consciente.
Ibáñez, neurocientífica e ingeniera química, dedica su carrera a enseñar a las personas a sacar provecho del conocimiento científico disponible. Sostiene que muchas de las inseguridades, miedos y bloqueos cotidianos tienen una explicación biológica clara. “Nuestro cerebro se entrena y podemos cambiar nuestras conexiones neuronales”, afirma. Para ella, vivir mejor es ante todo un proceso de aprendizaje.
El miedo como punto de partida del cerebro

Uno de los ejes centrales de su trabajo es entender por qué las personas se boicotean a sí mismas. La experta explica que el cerebro humano evolucionó para priorizar la supervivencia. Su función principal ha sido siempre detectar peligros y reaccionar ante ellos. Esa programación primitiva sigue vigente y provoca que, frente a lo nuevo, aparezcan dudas e inseguridades.
“Todo lo novedoso supone un acto de confianza”, detalla. Cuando el cerebro no puede anticipar un resultado, activa mecanismos de alerta que se traducen en temor. Cambios laborales, exámenes, proyectos importantes o decisiones personales se interpretan como amenazas. De allí surge la sensación de bloqueo que muchas personas experimentan a diario.
Ibáñez aclara que este proceso no es un defecto, sino una respuesta natural. Sin embargo, también asegura que es posible reeducarlo. La clave está en ofrecerle seguridad a través de imágenes, pensamientos y experiencias positivas que le permitan asociar lo nuevo con un final favorable. De esta manera se logra reducir el boicot interno.
Para la especialista, no se trata de eliminar el miedo sino de atravesarlo. Su propia experiencia como piloto de helicóptero le permitió comprobarlo. Aprendió que el cerebro puede acostumbrarse a la incomodidad y generar una neuroquímica que facilite avanzar a pesar del temor. “El miedo no se vence, se traspasa”, asegura.
La plasticidad que transforma vidas
Otro de los grandes descubrimientos que Ibáñez destaca es la plasticidad cerebral. Este concepto, anticipado hace décadas por Santiago Ramón y Cajal, demuestra que el cerebro tiene la capacidad de reorganizarse a lo largo de toda la vida. No se trata de una estructura rígida, sino de un sistema dinámico que responde a los estímulos.
Según la neurocientífica, el momento de mayor transformación ocurre cuando se cometen errores. Fallar genera una respuesta química que pone al organismo en alerta y lo prepara para aprender. Sustancias como la epinefrina, la acetilcolina y la dopamina actúan como motores del cambio. Gracias a ellas, el cerebro incorpora nuevas habilidades y modifica viejos patrones.
Este mecanismo es el que se utiliza en los entrenamientos cerebrales que ella desarrolla con deportistas, directivos y profesionales. El objetivo es enseñar a aprovechar la frustración en lugar de huir de ella. Cuando una persona logra mantenerse enfocada en medio de la incomodidad, su cerebro empieza a abrir ventanas de aprendizaje que antes parecían imposibles.
La concentración es otro aspecto fundamental de su método. En un mundo lleno de estímulos, entrenar la atención se vuelve imprescindible. Ibáñez recomienda combinar momentos de calma con picos de energía para crear lo que llama una burbuja de concentración. Música, ejercicio breve y rutinas repetidas ayudan a que el cerebro entre en un estado propicio para el enfoque.
El manejo de la ansiedad ocupa también un lugar central en su discurso. La especialista explica que este problema no es más que un mecanismo cerebral mal interpretado. El organismo envía señales de alerta aun cuando no existe un peligro real. Aprender a calmarlo mediante la respiración y el trabajo sensorial permite recuperar el equilibrio.
Ana Ibáñez insiste en diferenciar estrés de ansiedad. El estrés, cuando es limitado y tiene un propósito, puede ser positivo. Empuja a superarse y a desarrollar capacidades. La ansiedad, en cambio, aparece sin un motivo concreto y se instala como una respuesta automática del cerebro. Comprender esta diferencia es esencial para no confundir reacciones normales con problemas mayores.
Su mensaje final es optimista. La ciencia actual demuestra que cualquier persona puede mejorar su manera de pensar y de sentir. No se necesitan talentos especiales, sino constancia y método. Conocer cómo funciona el cerebro permite tomar decisiones más libres y construir una vida con menos miedo y más oportunidades.









