jueves, 12 febrero 2026

Juan Díaz Rodríguez, enfermero: “El miedo imaginario genera síntomas reales en el cuerpo y ansiedad”

- Cuando el miedo no es real, pero el cuerpo lo vive como si lo fuera, la salud emocional empieza a resentirse.

NLa ansiedad a veces no viene de lo que ocurre, sino de lo que imaginamos que podría pasar. o siempre hace falta un gran drama para que la salud emocional se resquebraje. A veces basta con el desgaste lento. Con esa tensión que se acumula sin que sepamos muy bien por qué. Con miedos que no han pasado, pero que el cuerpo siente como si ya estuvieran ocurriendo.
Juan Díaz Rodríguez, enfermero con más de cuarenta años de experiencia, lo ha visto de cerca demasiadas veces. En urgencias, en consultas, en pasillos de hospital. Y su conclusión es clara: gran parte del malestar que hoy arrastramos nace de lo que él llama “trampas mentales”. Historias que nos contamos. Anticipaciones. Suposiciones.

Desde la fenomenología —esa palabra que suena académica pero que en el fondo habla de observar lo que sentimos— propone algo simple y radical: mirar lo que aparece en la conciencia tal y como es. Pensamientos, emociones, sensaciones. Sin adornos. Sin suposiciones. Porque el problema, dice, empieza cuando la mente imagina peligros que no están ahí.
El cerebro no distingue demasiado entre lo real y lo imaginado. Si anticipa una amenaza, el cuerpo reacciona. Acelera el pulso, sube el cortisol, aparece la ansiedad. Y ahí estamos nosotros, en urgencias, con el corazón disparado por un tigre que no existe.
“Si el tigre no está delante, entonces no es real”, repite Díaz Rodríguez con una sencillez que desarma.

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Emociones prestadas que pesan demasiado

ansiedad
La mente puede crear peligros que el cuerpo vive como reales. Fuente: IA

Otra de sus ideas es incómoda, pero reveladora. Muchas de las emociones que cargamos no son del todo nuestras. O al menos no nacieron en el presente. Culpa, remordimiento, sensación de no ser suficiente… emociones aprendidas que se pegan como parches. Sirven para sobrevivir, para encajar, para no molestar. Pero con el tiempo pasan factura.

El cuerpo, cuando ya no puede más, habla. Dolor de cabeza. Nudo en el estómago. Contracturas que no se van. No siempre es solo físico. A veces es un aviso. Una señal de que algo dentro pide atención.
Díaz Rodríguez insiste en que la sanación empieza al identificar la emoción auténtica que hay debajo de todo eso. La que sí es propia. La que se quedó sin espacio.
“Cualquier enfermedad puede mejorar si encontramos la emoción auténtica que la sostiene”, dice. No como una promesa mágica, sino como una invitación a mirar más hondo.

La necesidad de afecto que nadie reconoce

El miedo imaginario 1 Merca2.es
Reconocer lo que sentimos es el primer paso para aliviar la carga. Fuente: IA

Hay algo más que aparece una y otra vez en su discurso: la falta de reconocimiento. La caricia emocional que no llega.
Cuenta historias de antiguos orfanatos donde los bebés que sobrevivían no eran necesariamente los que recibían mejor atención médica, sino los que recibían un gesto de cariño espontáneo. Un contacto. Una mirada. Un mínimo de calor humano.
Porque el afecto no es un extra. Es una necesidad básica. Como el agua. Como la comida.
“Las caricias no se acaban. Cuantas más das, más hay”, repite.

Aquí se detiene especialmente en las mujeres que cuidan. Las que sostienen familias, trabajos, vidas ajenas. Las que dan sin recibir demasiado. La falta de reconocimiento, dice, enferma. Genera tristeza, agotamiento, esa sensación de estar vacía después de haber dado tanto.
Reconocer el cuidado, agradecerlo, nombrarlo… parece un gesto pequeño, pero puede cambiar mucho.

Entre la cabeza y el corazón

El miedo imaginario 2 Merca2.es

Díaz Rodríguez habla también del equilibrio entre inteligencia y amor. La inteligencia sin afecto se vuelve rígida. El amor sin claridad puede convertirse en control. Encontrar el punto medio es un arte. Escucharse. Decir lo que se necesita. Escuchar al otro sin perderse.
No es fácil. Nadie dijo que lo fuera.

En su reflexión final, cuenta una pequeña leyenda. El amor, dice, se escondió en el corazón humano porque era el último lugar donde alguien pensaría buscarlo. Y ahí sigue. Esperando a que alguien mire hacia dentro.
A veces buscamos fuera lo que solo se encuentra dentro.


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